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Notas

The Master, de Paul Thomas Anderson

Paul Thomas Anderson  lo hizo de nuevo: el director de Magnolia y Boogie Nights volvió con The Master, un film que indaga con belleza y profundidad en la relación entre dos hombres y los oscuros territorios de la mente humana.
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No quisiera sonar nostálgica –ni fatalista- pero hoy por hoy las películas como The Master no existen más.

Para empezar, fue filmada en 65 mm, un formato que, en épocas de HD, parece obsoleto. Sin embargo, cuando estamos en el cine vemos que lo obsoleto sea tal vez lo digital, que nunca la imagen analógica tuvo tanta fuerza, definición y brillantez como la que supo imprimirle el DF -insólitamente no nominado al Oscar-Mihai Malaimare Jr. The Master nos hace ver azules que no sabíamos que existían, barbas multicolores que creíamos monocromáticas, mugre donde suponíamos limpieza y mucho más. Durante lo que dura la película estamos sometidos a una sobreinformación visual (y auditiva) que nos obliga a recordar con cada plano que el cine era esto.

Pero no es solamente su fotografía (ni su banda de sonido, compuesta por el gran Jonny Greenwood, quien ya había hecho un trabajo similar con Paul Thomas Anderson en There will be blood, y que en este caso toma la forma caótica, desprolija y ensordecedora que tiene la película, sin nunca acompañar a la imagen, sino más bien contradiciéndola, o como mínimo, confundiéndola) en lo que nos basamos para decir que ya no hay películas así.

Es verdad que Paul Thomas Anderson es un director muy valorado por la crítica. También es cierto que a medida que avanza su filmografía se vuelve más y más perfeccionista (y las comparaciones con Kubrick no están de más: hay algo calculador, geométrico pero nunca frío, no en The Master al menos) y más y más prolijo, obsesivo. Pero también más enfermo. There will be blood y The Master parecen ser dos películas sobre la enfermedad mental, sobre la inestabilidad emocional, sobre la adicción. Y sobre cómo es imposible salir de eso.

 Y si Daniel Plainview era un adicto al poder y al petróleo, y Daniel Day-Lewis estaba (o eso pensábamos, hasta Lincoln) haciendo el papel de su vida interpretándolo, Joaquin Phoenix hace lo propio con el extraño, adorable, conflictuado y sobre todo desequilibrado Freddie Quell, un hombre averiado por la Segunda Guerra Mundial, adicto a las bebidas alcohólicas mezcladas con líquido de frenos. Y a la violencia. Un hombre que solo puede tranquilizarse si le cantan Don't Sit Under the Apple Tree-vieja canción popular que las Andrews Sisters entonaban a los soldados para levantar la moral en las bases militares-.

Es llamativo que se haya hecho referencia a la “poca empatía” que generó un personaje como el de Quell. Esa violencia difusa desaparece por completo cuando asegura no haber tenido un ataque de llanto sino de “nostalgia”. Es una violencia que grita por todos lados que solo necesita un poco de amor. Y ese amor vendrá en forma de amistad, de la mano del cuestionable Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman, también en uno de sus mejores trabajos) principal predicador de “La Causa” – libremente inspirado en Ron Hubbard, fundador de esa ‘religión’ llamada Cienciología- que entablará con Freddie una relación inentendible para todos, salvo para ellos, basada en una extraña mezcla de abuso de poder, amor y confianza.

Mientras Freddie se preste a los ‘experimentos’ de Dodd y le brinde sus pócimas en base a cualquier tipo de bebida alcohólica –y no alcohólica también- Dodd le dará cobijo y lo “salvará”. Ese es el trato.

Los “experimentos” de Dodd y Quell son momentos extremos, confusos, impecablemente interpretados y con una cuota de intriga y tensión impensadas. (¿Alguna vez se vio que nos asuste y nos ponga tan nerviosos un hombre caminando por una habitación, de una pared a la otra, una y otra vez?).

The Master es la historia de ese vínculo entre un hombre que está perdido, y otro un poco mejor posicionado, pero igualmente perdido. Y es la historia del aprendizaje que genera en ambos ese vínculo. No tienen mucho más que a ellos mismos, aunque Dodd cuenta con la gélida Peggy-interpretada por Amy Adams, quien por fin hace un papel acorde a su frialdad y poco carisma- pero eso,  a nivel amor, es casi lo mismo que nada.

Y se trata  también sobre la interioridad de dos seres producto de su Historia (la guerra siempre está: en forma de flashback, como canción o mujer de arena) que no pueden escapar de su sombra ni siquiera en base a su cariño. Se hermanó el universo de The Master con Pynchon, Steinbeck y DeLillo, con John Ford, Nicholas Ray y John Huston. Con las pinturas de Edward Hopper y de Norman Rockwell. Todos  estos artistas -que representaron las vicisitudes de la Norteamérica moderna- se perciben en la película. Pero Paul Thomas Anderson es un director particular, y lo que más encontramos son similitudes con sus otras películas: personajes adictos, enfermos, con  arranques de violencia (como los que tenía Barry Egan, de Punch-Drunk love) y una extraña sensación en los finales (sobre todo desde There will be blood para acá): es como si estuviéramos sometidos durante un largo período de tiempo a la oscuridad más total y absoluta, y las películas se volviera -y generaran-  ese estado mental enfermo, violento y contradictorio que tienen sus protagonistas. The master es aún más extrema en este sentido, ya que no sigue un hilo narrativo convencional. Está construida en base a recuerdos difusos y a estados ¿oníricos?, histeria y agresividad. Como Freddie Quell. Una película deforme, sí, pero encantadora. Da ganas de mirarla para siempre.