Presenta:

Notas

La certidumbre de existir (Aldo Pellegrini)

Ejercicio surrealista usando como excusa el poema de Pellegrini.
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“Si
lo he visto todo;
todo lo que no existe destruir lo que existe”

Somos un montón de vidas que son dos. Siempre elegimos los caminos más largos y nocivos. La polución del primer cordón urbano. Nos fugamos en busca de la experiencia auténtica. Te fascinaban los subterráneos. Sin rostros ni acción o proyecto, nos arrastraron las bocinas que ardían con el sol de la mañana. Tu despreciable sentido de la realidad ocupa un lugar en mi pared y me obliga a recordarte, o llevarte conmigo, sea en el asfalto o en el bolsillo del gabán; un esqueleto de hierros cubre el primer piso para separarnos de la planta baja y darnos una sensación de estabilidad. Nos insultamos en un ejercicio postal cruzado, en un arrebato en que fuimos tantos que a la larga éramos muchos y nunca llegamos a protegernos.

“la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio”

Tardamos dos mil quinientas treinta y seis semanas en recuperar la inversión libidinal que inició esta mentira. Una tarde caminamos abrazados por la vía, en puntas de pies, y atravesamos la muchedumbre, te asustaste. Esa tarde armamos las valijas, nos llevamos la calma y una cámara de fotos Minolta AL-F. Todo lo perdimos. Cada imagen, cada momento fueron arrastrados, en lenta pero constantemente agonía; en todos estos siglos aprendimos a  empantanamos o hundirnos en el cinismo de vivir por error o mala costumbre.

“el día sangra”

No respiramos hace días. Nos aplaudieron, aunque fuimos obligados. Había que detenerse con los planetas y curiosear lo circundante, las fechas, las lentes empañadas por el frío y la calefacción. Dejar de respirar es como vivir al límite en una cámara lenta suspendida en tiempo. Cerramos las ventanas antes de salir y envolvimos los mejores lugares que alguna vez visitamos, las ciudades de moda, por si acaso regresaban o algún transeúnte los levantaba, ignórate de su verdadero contenido.

“unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo”
 
Hombres perdidos que lo hemos perdido todo. Nos resta cruzar sin mirar las avenidas, la orilla y el mar, los automóviles; la espuma y el fluir de su combustión que todo lo invade, el aire, las paredes, las ventas, las prendas de vestir, los viejos vestidos rosa, la necesidad de hablarte al oído con tanta violencia sonora. Entre tanta miseria, nos despiertan las bocinas para recordarnos que aunque lo hayamos perdido todo no podemos soñar cruzando las calles, menos con la dictadura de los motores en marcha y los nervios de punta clavándonos la mirada, para hundirnos en nuestra miserable culpa de perdedores.

“En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un límite inalcanzable para el deseo
pero tu y yo existimos
tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos”

Aunque nos desintegremos con las mañanas, la nieve, los almendros, las latas de conserva, las lunas en lana y esperas amarillas de fondo imperturbable. Dejaremos un día de envejecer y no nos veremos jamás