Notas
La bestia juega con un cadáver
Réquiem para una amiga que no tuve el gusto de conocer: Gisela o Ramón “Rony” Galante. Porque el olvido no tiene perdón.
Podíamos pasarnos la noche contando las estrellas. Porque no teníamos apuro, todavía. Los instantes eran sencillamente partículas de tiempo que al volar nos hacían estornudar. Sostenías en tus manos las calles de París, en tu mirada se desvanecían las luces de Tokio, en el alcohol que derramabas moría la tristeza de una Guayana que no era ni de aquí ni de allí. Todo era un fantasear. Detenidos en la geografía, sin dinero, sin moléculas de oxigeno entre ambos, asfixiados por un amor que no era más que posesión cuando no se tiene nada. Era un peligro no explorarse y ser una lesbiana contigo, no deconstruir el deseo heteronormativo y ser una trans lesbiana. No nos aliviaba la pena peinarnos más de la cuenta, nunca enamorarnos de una sola persona a la vez. Era peligroso dejar las noches en blanco y no vivir los días sino hasta que las luces nos volvieran vampiros. Pero el mundo estaba lleno de gente como nosotros.
La primera vez que me violó me pidió perdón y lo perdoné. La segunda vez tuve tanto miedo de que me matara que solamente podía llorar mientras sangraba. Era sangre de verdad, no solamente la metáfora de la herida espiritual, esa que ataca la dignidad y bla; era sangre que corría por muchas perforaciones en mi cuerpo, incluso varias que hasta ese momento no habían existido. La tercera vez quise correr, corrí tanto que no supe como volver. Llamé a todos los que abandoné al encerrarme en el espejismo del amor comprensivo, decisivo, incisivo, o a fin de cuentas simplemente nocivo. Los llamé uno por uno, ninguno contestó salvo mi mamá. No pude contarle que estaba herido, que estaba muriendo, que la quería abrazar. Solo le pregunté cómo andaba todo. Como son las madres, sabía que me contenía en llanto, sabía que quería llorar y lloramos juntos. Pero no le dije que estaba sangrando y que había sangrado. Lloramos juntos y me decía que la hacía llorar. Porque cuando te violan te sentís sucio, te sentís menos que nada y cubrís la herida con llanto y el llanto es por otra cosa. No tenía otro camino que volver y volví; y a la cuarta violación, esta vez amenazado con un cuchillo, siguieron una quinta y una sexta. No pude contar hasta diez. Y parece entonces que la bestia juega con un cadáver. Todo parece real, porque más muerto estás y más juegan contigo. Pero si lo mataba, moriría del todo. Tenía que aprender a vivir.
No tuve suerte. Solamente escapé y nos encontramos un día contando estrellas, cuántas maricas cabían en ese tejado. Porque la calle es peligrosa o es un peligro. La diferencia entre la calidad y la sustancia, cuando no estamos juntos. La marginalidad sólo produce marginalidad y aprendí a desconfiar. Aprendí a contar toda una vida desde los tubos de ensayo de la basura. Aprendí a meterme en los peores lugares en las mejores horas, cuando todos piden una vuelta más y ya estamos todos mareados. Entonces me diste la oportunidad de aprender a contar estrellas, derramar alcohol, quedar fotografiado. Tener mil escaleras, lutos consentidos. Vimos cómo te desaparecían primero, te mataban después y nos devolvían “restos óseos”. Así podía terminar cualquiera, Rony*. Mezcla de marica con pobreza, desamparo, machismo, homofobia, violencia heteronormativa y de clase. Porque también fue la portación de clase, más el incumplimiento de las leyes de la moral. Es inmoral ser pobre y puto. Te extraño, Rony. Y todo lo que hoy escribo es como si te lo contara nuevamente, porque hace mucho te conté mi historia. Te escribo para no olvidarme de vos, como se olvidan uno por uno los amigos, los amores, las tristezas, o como cierran una por una las heridas. Y me niego al olvido porque el olvido es un capricho. Nunca habrá otra loca, otra marica como vos. Si hasta te extrañan los chicos del barrio, porque ahora cuando se enferman nadie los lleva al hospital.
*[https://www.laprensafederal.com.ar/despachos.asp?cod_des=72860&ID_Seccion=128]