La nueva película de Sebastián De Caro es una comedia con espíritu pop y lógica de cuento de hadas.
“Nosotros decimos que es una de John Hughes con chistes de Rejtman, y en una buena medida me siento muy cerca de esa definición”, dice Sebastián De Caro respecto de su sentida, pop y coming of age 20.000 besos. De Caro es un nombre que ha devenido sinónimo, frente a ojos yuppies y otros más amables, de consumo pop. Pero es más: es un Kevin Smith más amable y menos verborrágico que ha sabido, tranquilo, pisar terrenos que no suelen visitarse. Mejor dicho, ha bailado en ellos libre y desfachatado, sin ninguna presión y, mejor, haciendo de nuestra idiosincrasia materia prima para relatos más sencillos de generar en los Estados Unidos (entiende que le perdonamos cosas aApatow que no le perdonaríamos a Campanella): su próximo libro será de aventuras, su historieta Doméstico es la Kick-Ass (pre Kick-Ass, ojo) y se animó al género (comedia y terror principalmente) absorbiendo y procesando y no simplemente imitando modos del doblaje que veíamos en Sábados de súper acción.
20.000 besos no solo es su mejor película: es la película provechito pop que necesitaba una generación. La generación, si quieren, Big Bang Theory. La que pelea entre recordar a Hughes y a Matthew Broderick creando la felicidad instantánea o a Tinelli cuando suena “Twist and Shout”; o, mejor dicho, la que puede crear un recuerdo híbrido de ese combo. La que posee un sentido arácnido tan autocomplaciente como sincero para citar, como pasa en 20.000 besos, a Dagobah y a Yoda, a Voltrón, al DeLorean, al Morrissey de Leo García. Pero no por pop se es sabio (no en la era donde Wikipedia se traga y escupe años de Parque Rivadavia en unas horitas). De Caro entiende que en 20.000 besos necesita de John Hughes, aunque se vaya de joda a Banfield. O, al revés, principalmente por eso. De Caro lo dice más claro: “Respecto del mundo reconocible de la peli, para que no quede una postal u otra cosa, tratamos de aplicar con detalles la lógica del cuento de hadas incluso a situaciones que parecían mega reconocibles”.
El acierto de De Caro no es el jenga pop, son las piezas: Walter Cornás (de la escuderíaFarsa) es el antioxidante que un mundo con demasiado Daniel Hendler necesitaba, yCarla Quevedo, la compañera de trabajo que enamora al recién separado personaje de Cornás, es dueña de una energía digna de caligrafía Emma Watson. Y, la mejor lección aprendida de los Ferrell, los Apatow y los Stillers es, no solo la dinámica masculina como pozo de vergüenzas y también absurdos salvavidas, sino los secundarios Pong; es decir, capaces de devolver cualquier pelota por más cuadrada que sea (inmensos Gastón Paulsen plan Lebowski y un Allan Sabbagh á la John C Reilly). De Caro: “Me parece que la clave está en entender la afinación actoral que queríamos que la película transite”.
De Caro y su guionista Sebastián Rotstein (Casados con hijos) crearon un relato honesto, que fluye donde cada rostro genera una energía (en lugar de solo escupir un chiste): saben tocar sensibilidades nuestras (cierta sensibilidad de chica de provincia y cierta petulancia argento-pop –que a veces, en su peor modo, inclina el relato al modo altar metatextual–) sin renunciar a la caballería Apatow. 20.000 besos es la comedia que muestra que el cariño y la mirada microscópica de De Caro son un gran lugar para el cine argentino. Quizás hasta uno feliz y tímidamente nuevo.
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20.000 besos
De Sebastián De Caro
Con Walter Cornás y Carla Quevedo.