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Notas

Los malditos

Ensayo sobre el nomadismo, el deambular nocturno y la mala vida. Una puta y un prostituto.
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Hasta tu aparición la poesía vivía bella-mente en un mundo abstracto. Y como todo lo que tocás lo rompés o alterás con ese hipnotismo que camina con tu paso, sacudiste el estante de una biblioteca en que habitaban los malditos, los Verlaine, los Lautréamont, los Artaud, los Rimbaud, pero desafiando el siglo calendario los Lamborghini. En honor a Osvaldo, movilizados por el baile y comprometidos con la ginebra, colgaban nuestros pies en los bordes de la fuente y nos hermanaba poner entre paréntesis el mundo,  el vértigo, la urbanidad y el ascenso social de clase. Luego volaron por el balcón del sexto piso nivel del mar, los libros que hacía instantes habías expulsado de tu vida; el peronismo caía en borbotones a la vereda; te enjuagamos los cabellos rubios de niña educada, cual coiffeurs de la maleza, en el agua podrida de la fuente de la plaza. El cielo gris y el tiempo pesado. Pensamos la posibilidad de exiliarnos.

Un desfile de presencias. Cruzó la escena una joven más perdida que nosotros, menos eufórica, con más muerte encima; la invitamos a sentarse y contarnos su vida. Peregrina del deseo de otro, recorría la ciudad buscando una coartada para no ser acusada de deserción a la pequeña burguesía. Una bolsa llena de calzados maltratados, olvidados, descartados de algún armario, que llegaron a sus manos para recorrer las calles sin plan preciso, ni intenciones claras. Fue un instante, luego todo siguió por donde debía, la marcha continua y nuestro nomadismo se impusieron a sus ganas de descansar al lado nuestro. Todavía la buscamos en la fuente, en algún banco, en el cemento o el césped arruinado por los perros y los dueños, por los niños y sus juegos, por los estudiantes y sus desechos. Me contagiaste tu debilidad por los aviones.

Policías y carceleros, nómadas y sedentarios, luz y acción, hombres y ausencia. Los binarismos recorren la geografía del mundo de la vida y nos dividen en partes simétricas que cortan en dos la jornada. Depende del reloj. La mañana no funciona como la tarde; la noche nunca existe porque los seres nobles apagan las luces para saltar al estado más privado y, al mismo tiempo, más extraño, más “otro”. Soñar es no ser uno o al menos no hacerse cargo. Reunirse con la pura duración o la suspensión de todo correlato objetivo, alcanzar la inmadurez, abrir los ojos y encontrarnos uno al lado del otro, como cuerpos o inercias. Nos despertamos igualmente destrozados en la superficie como en la profundidad, pero seguíamos siendo dos, y San Pablo era más grande de lo que creímos, más peligroso también, leímos Perlongher cuando todo había ocurrido y no podíamos renunciar.

En Barcelona espantamos la soledad rodeados de negros, cervezas, bisexuales y turcos. Una vez te secuestraron y volviste rota, humillada. Pensamos en seguir hasta Estambul, motivados por el alcohol y las nuevas amistades. Llegamos más lejos que nuestro deseo. En cada parada perdimos una posibilidad de reducir el estado de alteración de nuestro sistema nervioso. Pero preferimos el nomadismo, ningún punto marcado en el territorio era nuestro destino ni determinaba nuestro deambular; a diferencia del sedentario que instaura los puntos como rutinas y repetición. Después de ganarnos la vida como la puta y el prostituto, en un bus de regreso a la oscuridad, pensamos dejar la autodestrucción al cabo de un último intento; nuevamente era tarde, ya no podíamos renunciar, porque todo lo que tocás lo rompés o alterás con ese hipnotismo que camina con tu paso.