Notas
Alicia, el espejo y el discurso
Un resumen de lo aprendido al compartir los años de formación con una militante e intelectual feminista.
Te expresabas con tanta pasión que contagiabas a tu auditorio. Hacía tiempo habías renunciado a tu destino complaciente de dócil “Alicia” y te habías entregado a la militancia feminista. Bastó sólo un gesto para que cerca tuyo me sintiera polvo y pequeño, un ensayo malogrado de humanidad. Tu exposición, ese día, refería a la relación entre el cine, el lenguaje y el deseo, en la obra de Teresa de Lauretis, aunque de pasada nombraste a Luce Irigaray y a Monique Wittig. Hablaste de empoderamiento y de renunciar al lenguaje de los amos. Lo que entendí como invitación a adueñarse del lenguaje –androcéntrico y heterosexista-, generador de prácticas, que define y somete a las mujeres.
Empezamos nuestra relación por culpa de Lewis Carroll. Te propuse pensar el espejo como un terreno pleno de significado. Abandonar la idea de frontera entre la realidad y la fantasía. Dejar el mundo profundo y subterráneo de la imaginación para poder experimentarlo como superficie habitable, como territorio más que lugar de tránsito. Respondiste que no se puede revolucionar lo que no tiene nombre; que la caída de Alicia en el mundo “Espejo”, si bien no apresa su imagen especular de niña educada, tampoco es “el otro lado” de la realidad. Argumentaste que es el mundo del discurso y su juego de posiciones, categorías y melodramas. Ese mundo que produce el universal “mujer” que permite medir las conductas de las mujeres en una escala de corrección e iguala mujer a madre, esposa, sensibilidad, discreción, etc.
Durante los años que duró nuestra charla, te dedicaste a destrozar “Alicia” y “A través del espejo”, y me convenciste de que el artista también es el perverso. No sólo por los deseos eróticos que Lewis Carroll tenía sobre la niña a la cual dedicó “Alicia” y a la cual Humpty Dumty intimida con su “deberías haber dejado de crecer a los siete”, sino al postularse como el dueño del lenguaje. Porque a modo de confesión del autor, cuando el Ser habla al artista, según Humpty la cuestión es ser el amo, entonces los significados equivalen a la voluntad. Porque el lenguaje, fundamentalmente es arena de lucha y sangre derramada; porque el feminismo es como una Alicia en el laberinto del lenguaje que inventa “La mujer” como ficción normalizante. Todos esos años sostuviste que había que discutir, no callar por parecer correcta o bien educada, contradecir, definir “Jabberwocky” antes que pedir una explicación, para que “nuestras sucesoras no sufran lo mismo que nosotras” –textual. Renunciar a la idea de frontera especular que devuelve una imagen invertida de la mujer como “ausencia”.
Te insistí sobre la idea del espejo como lugar de los no lugares, de los infinitos, sin sustantivos, sin adjetivos, sin nombres propios. Por eso recuperar “Alicia”, por lo móvil de su identidad, porque inventa una grieta que absorbe la facticidad de lo dicho; donde caducan las identidades personales, los términos medios, los nombres y las huellas dactilares; donde pasamos a ser olvido del presente, lo imposible e inacabado del futuro y el pasado en simultaneidad. Entonces, me recordaste que la historia requiere nombres, sustancias, fundamentos, fechas, batallas y “Alicia” no las tiene; que “La mujer” es diferente a las mujeres; que el espejo no tiene reverso, ya es mucho solamente pararse enfrente a contemplar; que yo podía elegir ser ficticio, pero vos elegirías la realidad, ah… y que me fuera a la mierda, por imparcial.