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Notas

Cuatro formas de morir en el Ganges

Reflexiones sobre lo uno y lo múltiple. Cuatro biografías y un río. Monroe, Hepburn, Kelly, Seberg, el Ganges y la vida onírica como hilo conductor.
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Marilyn Monroe. Soñé que nos ahogábamos en el río Ganges, que nos absorbía; temía mucho en ese momento -o que ese momento llegara algún día, pero no me desperté. Seguí el guión de toda lucha; había cuerpos que flotaban, otros que se hundían, pero a diferencia nuestra, ninguno desesperaba, ninguno daba batalla. Como si se hubiera impreso en mí, el olor nauseabundo aún me invade. Eso, más que una pelea era una invasión y había que defender los sentidos atacados. Luchaba tanto que el mismo cansancio me sumergía. Entonces, la contienda parecía resistencia; evitar que esas aguas sagradas lleguen a mi torrente sanguíneo, que no se mezclen con mi falta de fe. Una respuesta primitiva que obligaba a correr; pisaba cuerpos que se dejaban caminar, como si fueran piezas inertes de ese vivo río antropófago.

Audrey Hepburn. Era el Ganges y su miseria, no el Sena y su "rive gauche", o el Hudson y su estatua, o el Támesis y su James Bond. Desde el viernes, y durante todo el sábado y domingo, la idea de un río me inquietó. Un psicoanalista diría algo de "resto diurno" y nos vomitaría toda su perorata de manual (del siglo XIX). Pero no importa el río, importa el fuego. Porque el domingo vimos el fuego asomar por el río, treparse por la tierra que dormía en el agua, para después recorrer el cielo, imprudente. El viernes era inundación, la necesidad de estar unidos, el hambre y ese angustiante olor a humedad que tanto nos duele. El poder destructor que todo lo arrastra. Caímos frente a los nuestros, la amenaza nos puso de rodillas. En la inundación, la lucha nace de la espontánea solidaridad que genera el sufrimiento colectivo.

Grace Kelly. Caíamos por la parte más honda. Pero era una intimidad que nada escondía, la superficie lo era todo. Al inventar la profundidad, alimentamos el encanto del río. Lo "hondo" era la proliferación de fantasmas, no en el sentido lacaniano, sino en el sentido ritual. Convocamos a todos nuestros miedos y nos ahogamos con ellos; nuestra única forma de exorcizarnos, caducar con ellos. De sobrevivir, volveríamos a la tierra firme de la vida diurna, a escribir de un tirón la mezcla del sueño y la belleza. La playa, el tiempo y los botes agonizantes que invitan a una relación profiláctica con el río. Vivir tranquilo en la orilla antes que ridiculizar mis noches al no haber sufrido por mi herencia higienista, ilustrada, burguesa, malcriada, rosa; estrellarse y no despertar jamás.

Jean Seberg. "Cuidado con el alma, se puede romper". Oriente es un lujo exótico; un ejercicio contemplativo de la pulsión de consumo; compulsiva, bajo la forma de viaje interior se ramifica en tierras lejanas, desconocidas, mitificadas, sagradas, extrañas. La dulce experiencia de lo horrible, definido desde una moral gestada entre las avenidas, las oficinas inteligentes, los autos polarizados y los fríos claustros marmolados. La aerolínea, el tren, el río y los otros no son "míos", como este estado de perturbación y atrofia cotidianas, como estos bajos niveles de conciencia sobreexcitados por tanta fealdad onírica. Porque era marrón, como se espera que sea todo río, aleonado para ser cromáticamente preciso; sagrado, para justificar su horrible misterio; barbitúrico, como el último de los sueños.