Notas
Correr está de moda, Flaubert y la idiotez
La disposición espiritual de moda, correr, correr y correr. La ansiedad de correr rápido; la paciencia de correr mucho. Un trotamundos recorre, a su forma, también "corre"; aunque crea que no lo haga; aunque se crea desertor de las ciudades, con su invasión rítmica y su paso alterado. Porque correr parece un vicio urbano, metropolitano, megalo-politano. Los cronopios, los famas, los mercaderes, los bonistas, los publicistas, los intelectuales, los mozos, las azafatas, todos corren. Las audio cartas, las cuentas telefónicas, las transferencias bancarias, los .pdf, todos corren y anulan la necesidad de coincidir en idénticas coordenadas espacio- tiempo; anulan la necesidad de ver juntos envejecer el presente y envejecer con él.
Emma Bovary corría. Si bien no siempre lo hizo, su carrera lanzó una maldición que aún perdura en la literatura. La maldita mujer que vive en fuga, la muerte femenina más sufrida, la ruina material, la peligrosidad de hacer caso al espíritu, la peor de las mujeres en el reino de los penes. Conmueve y duele, cobarde o burlona, no falta alguno que grite "bien muerta está". Empezó a correr cuando cayó a cuenta de la ansiedad fundamental. Temía a la muerte, como todos, y en un momento quiso usarlo a su favor. Cuando la mortalidad dejó de ser un secreto, cuando la realidad efectiva declaró que nos olvidaría un día, Emma se lanzó al canibalismo. Si la modernidad se caracteriza por la secularización de la existencia, la literatura moderna sabe que muere y teme morir, por eso vive y muere, por eso Emma Bovary, por eso correr.
Federico Moreau corría. La ansiedad juvenil lo provocaba, la inmadurez, la ausencia de recursos emocionales para dominar los fantasmas de su ensueño. Se movía, se escapaba, corría por no saber cómo realizar su idilio con Madame Arnoux. Todo lo contrario a Emma, Federico corría para sobrevivir al proceso interno que sufría sin saber manejar. Como todo idiota enamorado, en su fuga atentaba contra sí. La voz siniestra de su conciencia lo agobiaba, le inventaba los fracasos, que era uno: el rechazo de Madame Arnoux. Corría contra el clima parisino de la segunda mitad del siglo XIX, contra los propios demonios juveniles de Flaubert. Pero estaba solo, no lograba salir de su mundo privado. Torpe carrera la de Federico. El poder de la fantasía lo obligaba a correr porque ya no había espacio entre los pliegues de su propia moral para el amor que se nubla con la persona amada; lejos quedaba la realidad, lejos, neutralizada.
"El idiota de la familia", Flaubert según Sartre. Vos y yo sumamos dos, dos idiotas. Una noche de provincia, de invierno con disfraz de primavera, con el box que demanda atención, que grita en la televisión, que sangra en la televisión; sentados en el patio de esta casa que no es nuestra, ni prestada, que no sabe qué se está gestando; vos y yo, Camus y Sartre, vos con tu pipa yo con la mía; Sartre y Camus, existencialistas de patio, con marihuana y fernet, vestidos con nuestras peores ropas y nuestros mejores parientes, nos reímos como idiotas porque el encierro más cruel y sedentario fue la ilusión de libertad, pero correr está de moda.