Notas
Mendoza, 30 de Marzo, reflexiones en torno al género epistolar
La intención literaria es latencia. Emerge en diferido, se apresenta a una mirada aguda y tercera que, en la presencia atomizada del autor y su interlocutor -presencia efectiva y metafórica en cada "tú"-, imagen y semejanza, puede reconocer y producir obra; recuerdo y teatro; cartografía de posiciones intercambiables en el juego remitente-destinatario. "Por estos días en que convivo con tu ausencia, desearía abandonarme a la fuerza primordial que en todos coincide por el hecho de ser, entonces, podría dedicarte mi mejor versión y mis mejores líneas. No me hagas caso, seriamente, el tiempo cambiará con las estaciones." Hablo del maldito género epistolar. Maldito o canalla, pues, pocos podrían creer digna la publicidad de su intimidad, en la artificialidad del formato. Literatura de segundo orden, ésta, ya que la intención original es invisible en relación a la obra, aunque absoluta respecto de sí misma, y relativa en tanto motivada –por otra carta, o motivante –de una eventual respuesta.
La correspondencia catectiza el vacío, desencadena una reacción, echa a andar una máquina que puede ser difícil detener, la pasión humana; debo decir, que es uno de mis géneros favoritos. "No sé si es falta de imaginación o exceso de rutina, pero no me acostumbro a la noche, a la nieve, a la culpa..." Una fórmula de literatura a posteriori, motivada por la intención productora de un editor que puede ver obra donde otros ven retazos fragmentarios de personalidad; o de los herederos, motivados por minar la intimidad de los grandes hombres; aunque tal vez, de alguno de los interesados/participantes -nunca de los dos y siempre de quien gozar de menor prestigio. Si ambos participantes del intercambio epistolar estuviesen de acuerdo en la conformación de la obra, el intercambio sería una farsa, una puesta en escena de la intención comercial.
Un género menor que coincide perfectamente con la carrera exhibicionista de los tiempos híper-modernos, cuyo contrapeso, el voyerismo –discrecional o pornográfico, permite cierto equilibrio cromático de época –perversa pero moderada, eso sí. "Aún guardo tu libro de Flaubert, de hecho no lo miro, ni lo toco… por no mirarte, ni tocarte." No obstante, expresa cierto romanticismo, develar las confesiones cotidianas de personajes dignos de ser explorados. Pero… ¿es legítimo justificar tal invasión a la privacidad, con la idea de lograr mayor empatía, compromiso, o como forma de reivindicación histórica del autor?
El formato carta posee una dignidad comunicativa única. Conduce un ritual que incluye café y tiempo, para ir y venir entre las líneas. En nuestros días de impaciencia, es la fórmula anacrónica y nostálgica, en tinta y papel, de echar a andar las dudas y complicidades; todas con fecha y lugar, para dotar de realismo y credibilidad a la ficción. Pero como sucesores, abusamos del poder que nos confiere el tiempo presente. Creemos legítima, y a veces necesaria, la práctica de inmiscuirnos entre las líneas de nuestros anteriores, fetichizar sus nombres, incluso, enterarnos o sospechar de la energía caótica que recorría sus cuerpos. Construir, publicar y gozar los epistolarios, es una forma de pretensión de superioridad moral de la posmodernidad. "Perdón por tanto pesimismo, es que al vernos, entiendo el sentido de lo prematuro, lo problemático y lo provisional. Tuyo…"