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Notas

La máquina de guerra y la ansiedad fundamental

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La ansiedad fundamental tiene rostro, tiene sangre y tiene manos; carga penas, laureles y una sonrisa a medio dibujar; la mirada perdida, la voz temblorosa. El verbo ignorado, en modo, ni indicativo, ni subjuntivo, ni imperativo, sino implicativo. Los sentidos que conducen el compromiso con el otro mueren desconectados, o extenuados por la invasión emocional sin anestesia y la invitación a la conexión. Somos parte del anonimato y en el anonimato vemos caer la tarde. La gran broma final del modernismo de la segunda posguerra fue la avanzada de imágenes que se suceden sin coincidir con la voz que las anuncia. Una broma que se convirtió en modus operandi, en principio generador de prácticas, en operación final. Entonces, la teoría se empezó a emocionar escribiendo "loquero" y "disciplina", al mismo tiempo otros de los mismos protestaban al grito de "desmanicomialización". Para entonces, ya era tarde y el mundo giraba con el mundo y la ansiedad fundamental nos invitaba a consumir; había que alimentar la máquina de guerra de la aldea global, la industria farmacéutica con sus mágicas soluciones a los problemas de estructura que estructuraban la mismísima imperfección, constituyente de la subjetividad humana.

Somos legítimos herederos de la incertidumbre en el origen de las cosas, y portadores de su idéntico material genético. Al poder fabricarnos a medida un carácter, una idea, una voz, perdimos el sentido perfectible de afirmación en el otro, de aceptación en el otro, su reconocimiento y necesidad de completitud. La industria de muerte global reconduce nuestra necesidad de reconocimiento del otro, el sentido mismo de comunidad, a la esfera cerrada y narcisista del yo. El giño que antes recibíamos del ojo ajeno, ahora nos lo devuelve el espejo, cada vez más sádico y exigente. La ciencia ficción no es ficcional y si ya no podemos hablar de alienación debemos gritar "aislamiento". Si antes nos mataban las guerras y el "enemigo", ahora todo convive o coincide con el ego; ya no recordamos cómo se escribe alter. Pero cada día, más confundidos, sabemos menos qué queremos, porque proliferan las opciones y los estímulos. No nos culpen por tal abandono, nadie se ha preocupado por enseñarnos cómo lidiar con nosotros, sino aplacar el deseo y la pregunta por lo propio, cargando fe ciega a la repetición de fórmulas matemáticas que nos reducen a un número y nos deshumanizan.

Tolerar no es reconocer. Hasta los carteros más nobles se rehúsan a llevar cartas de amistad, amor y postales de la comunión del nosotros en tiempo anti-instantáneo, de recepción paciente que discrimina por huso horario y latitud. No tenemos ánimo para celebrar la libertad del otro. No nos queda aliento para conocer la vida implicada en los cuerpos que se mueven como un cuerpo entre otros cuerpos. El espíritu humano es complejo, profundo y suicida. Ingenuos, despreocupados o nihilistas, no podemos más que mirarnos los ombligos, con mucha suerte si somos dos. Antropófagos, dedicamos incansables horas a practicar la impaciencia y la pasión. Tristes, escuchamos la emergencia de un nuevo invierno; creyendo que nos llega por sorpresa y abusamos de los puntos suspensivos. Pero optimistas, lanzamos algo de compasión y entrega al mundo, nos reconocemos hablando diferente idioma al interior de la misma lengua. Mi cuerpo como grado cero de coordenada tiene un norte que no se puede anestesiar y convive con tu ser, del que hablan los artistas, o mejor, el Ser que habla a los artistas. Y me emociono al verte perdida, drogada, sangrando por la cuarta herida narcisista que diez pisos más abajo se abre entre el mar de yos que no soy yo, de egos que son alter-egos. Algunos que nos interpelan e interactuamos; algunos que seguirán alimentando el misterio que encierra la ciudad, el anonimato, la discreción y la insuficiencia, ávidas de mayor confort. Algunas mujeres sin maquillar dicen que diez pisos más abajo estaba estipulada la emergencia de la nueva hora en que conviven la utopía y su hermana frívola o perversa, la distopía. Nosotros, diez pisos más arriba, somos los efectos de superficie de la lucha entre ambas. Estamos cerca de los libros pero lejos de la literatura, cerca de la obra pero lejos de la belleza, hermanados en el fetiche de juntar "cosas" y renunciar a toda experiencia, descomprometidos de creer que hicimos algo al dejar caer el sustantivo por la escalera, o el verbo por la ventana.