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Notas

El rincón donde la abeja escribe "complejidad"

Sobre el principio, el fin y la fragilidad impresa en los cuerpos y las estrellas o cuando el fin y el origen se escriben en simultáneo.
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La noche parece una caja gris que tiembla cuando el viento la intenta sacudir. Algunos rincones de la madrugada conservan las huellas, los restos, incluso los testigos de nuestra presencia clandestina. Las tristes ruinas de una ciudad que no sabe si dormir o despertarse, pero que indefectiblemente, como el verbo infinitivo, se lanzará hacia los dos polos de la dualidad que la atraviesa. Será el dormir que duerme suspendiendo el problema del deber-despertar en un tiempo paralelo; será el despertar que despierta soñando la recuperación del sueño perdido.

Los amantes se devoran y perforan sus venas; este caos en presente vivido seguirá siendo la síntesis que incluye una ciudad, una radio, seres humanos que cruzan las avenidas asumiendo la noble tarea de divulgar las novedades, los chistes, el clima, la tabla de goleadores; seguirá siendo la senda de botellas gastadas, maltratadas, doblemente despreciadas, como los cuerpos que disfrutaste alguna vez y luego rechazaste, sin culpa, sin remordimiento, sin preguntarte por esa mónada cerrada que en un instante fugitivo se prestó al canibalismo de tus emociones más tiranas y más epidérmicas -como Heidegger con Hanna Arendt.

Nos atrajimos hasta ser absorbidos por la misma energía que nos mantenía estables. Atentamos contra nuestra vida como la tierna y distante estrella que, cansada de brillar, emprende su lento e irreversible ocaso. Pero casi siempre algo sale mal y consumada su extinción, vivirá eternamente en un espacio perforado, arrastrando hacia su centro todo cuanto pueda hipnotizar; y todo lo puede, salvo que sea más veloz que la luz y tal cosa parece no haber nacido aún. Sin saberlo Stephen Hawking hablaba de nosotros.

Nos abrazamos hasta que la fuerza gravitatoria que nos sostenía fue la misma que nos aplastó; sin piedad pero sin rencor, simplemente por deber pero sin convencimiento reflexivo: el mal banal, según Arendt. Como resultado, la vida nos arroja a ese montón de perforaciones de sentido, de agujeros negros, de la repetición y la rutina. Nuestro horizonte de sucesos termina siendo este lado del mostrador, pero también el tiempo y la inocencia que Dalí pintaba sobre Gala, el desierto y el miedo a despertar; a diferencia de Dalí yo no sé de tu inocencia, ni precisión, te conozco explosiva, delirante y burlona; conozco el rincón de tu espalda donde una abeja solía escribir "complejidad".

El motor del tiempo, para este modelo de mundo, y en grotesca paradoja, será el fin. Y los procesos de perfeccionamiento, de individuación, de multiplicación, nacieron de un fallido intento de destrucción definitiva. Nacimos como efecto colateral del suicidio fracasado del cosmos, por eso somos tan frágiles. La fragilidad está escrita en todos los espejos que se fija tu tristeza, tu melancólica distancia del presente y tu nula perspectiva futura. Todos los reflejos significan vacío y son la copia infiel de lo que nunca fuimos. Y recordando ese intento fallido original, cada miles de millones de años, una estrella se vuelve agujero negro y arrastra todo cuanto puede.