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Notas

Un dominó estético: tres referencias a Cortázar

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Ceguera. Las calles están minadas, rige el toque de queda. El mapa humano es una geografía del olvido en que nos desplazamos a tientas. Afuera ya no existe el cielo, seriamente, no existe más. Hay un cuerpo que recoger antes de que pasen los escolares. Hay sombras atemorizadas que chocan en fatídico ritual; todas buscan consuelo, ni menos, ni más. Hay luces artificiales que en lo inminente harán arder el mundo; no es cuestión de paciencia, sino cuestión de instantes. La velocidad sigue la fórmula de la relatividad, crece en términos cuadráticos, o sea, por cada unidad que aumenta, se multiplica por sí misma: onanismo de la velocidad, hedonismo de la velocidad, egoísmo de la velocidad, narcisismo de la velocidad.

Evasión. Una terraza, avistajes, hiperconexión, erotismo zen, un alter cualquiera en mesa contigua leyendo "sobre polímeros sintéticos". Una foto de la playa de piedras, en la ciudad de piedra que basa su hegemonía en la velocidad por la velocidad misma y redirige la velocidad a un tiempo menos rígido; que asimila la muerte en las aceras, que siente descomponerse los cuerpos en el aire y los incorpora en un círculo vicioso de irrelevancia e inercia; entonces, sólo entonces, la escena cobra su carácter evasivo. En la reconstrucción del contexto, el ambiente se actualiza y la acción contemplativa en la playa de piedra se convierte en un lujo burgués cuando, afuera, el mundo manipula, ebrio de poder, el fuego y el combustible. El problema en esta suerte de cobardía se llama síntoma; el aire que envuelve, acaricia y acompaña doce pisos.

Clausura. La respiración se altera por el peso de los días y el perfume de la lluvia. El encierro apaga tus ojos como la amenaza de bomba, allá afuera, enloquece las almas; y la quinesia es hiperquinesia; y la locura, la alteridad negativa, el límite de lo posible, la oscuridad y la ausencia, las piedras, el muelle, el río, tu cuerpo desnudo, los zapatos y las voces, abrazarte fuerte; y tus ojos, esos ojos que nunca fueron tan transparentes, cristalinos como ahora; tu mirada, tan perversa como entonces. Tus armas siguen siendo tus armas, y elogio, elogio de la locura.

El destino no muestra sus cartas, pero a veces se deja anticipar. Apurados por llegar a cualquier lado, en el camino liberamos una potencia que no podremos controlar, que marcha en una especie de dominó estético que le dicen hora pico; todo a falta de cielo y, al final de cuentas, por necesidad. Si hubiera intuido la presencia del fantasma entre tus dudas, del dictador en tu silencio, del ladrón en tus demandas; si tu previsibilidad hubiera permitido abrazar la luz que apaga los días, dejaría de sonar María Callas y el goce no sería encierro, ni playa de piedras, ni cuenta regresiva. El mundo cabría en la fórmula del sistema cerrado de Lavoiser -y la suma de la masa de los reactivos sería igual a la suma de la masa de los productos-, y la playa, la avenida y el loquero, cabrían todos en una confesión.