Notas
El Reverso de la Luz, Sartre y la emoción.
La propuesta original para este instante era extraviarnos. Llegar a direcciones incorrectas en las peores horas. Meternos entre las sábanas de los amantes que no nos esperan o no nos merecen -eso dependerá del ego de cada uno. Todos tenemos derecho a actuar como principiantes cada vez que un ningún comienzo nos obligue a trascendernos. Colgar la buena voluntad, la sonrisa obligada, las ganas de llorar, el pie derecho, el barro de la historia. Relampaguear con la tormenta que nos atemoriza, que nos disminuye y conforma. Repartir indicaciones imprecisas sin pensar en el destino. Encontrar la lucha entre tus manos, la amargura y la tristeza. Todos merecemos días incompletos, días en estado procesual, en pasado discontinuo, días sin triunfos, ni cuentas, ni perdón. Días en que dejen de llover mis piedras en tu ventana. Días de pendiente incomprensión, de prudente lejanía. Días de actualidad, sólo aptos para corazones lábiles y labios débiles -olvido exegético de la virtualidad y lo común. Días actuales entre las nubes de tu almohada, potencias plus-cuán-perfectas. Improperios en el arte de emocionar -lo que ya es redundante.
Recuerdos que no atormenten, pero provoquen; que no vayan ni revuelvan, pero desnuden fragilidades; que no devuelvan el fatalismo de encontrarse perdido en la congruencia del derecho a réplica no devuelto y las súplicas incontestables. Todos tenemos necesidades sin derechos. Ese momento fugaz de destrucción se llama lucha y es una obligación. En ese arrebato, la luz apaga los días, las sombras y los cuerpos. Dejar morir la sombra en el reverso de la luz. Ante esa negación subsiste un ego-subjetividad-radical en busca de respuesta a la pregunta ausente. Porque como heideggerianos, escapamos de la mundaneidad por angustia, y caímos en el mundo para perdernos en el uno. Esa reunión del ser que ya no somos al perderse en lo múltiple, hundirse en la impropiedad y la remisión de útiles; donde el "otro" es una herramienta cuando "yo" soy una mano. El uno como esa masa despreocupada e irresponsable, profundamente enlazada a mi escaso apego a la vida y tus falsas ganas de sonreír. El uno del "fuimos todos" porque "fue nadie".
El mundo de la actitud natural, el de la repetición, es cualitativamente difícil. En este mundo del ser-con, el arte se manifiesta con el poder embriagador de la hipnosis, por eso nos fascina. La labor del artista es hacernos experimentar lo que no podemos entender, lo que consume las buenas intenciones de la ciencia. Más que labor es militancia. Nos arranca de la rutina. Ese momento que invade la percepción es original y nos sentimos arrastrados al centro desnudo de la humanidad y la ficción se detiene como la caricatura de todo espíritu individual. Volvemos a la unidad y renunciamos al uno. Pero no hay renuncia autotrasparente, la obra nos envuelve en el mundo mágico de la emoción. ¿Nos remonta? No. Nos empuja. Y es una nueva caída, pero en sentido inverso. Como el sueño. El sueño y su camino regrediente. La diferencia es que el sueño cuando se acerca al polo percepción retorna violento, violentado al mundo que lo desprecia pero en que se siente tranquilo, perdido en la humanidad. Alcanzar la percepción original es no volver a encontrar el camino de vuelta, o volver a todo retorno, es dejarse ganar en la angustia. La angustia que reclama el origen de la vida y la humanidad, tanto en Heidegger como en Freud. Pero es Sartre, el despreciado Sartre, quién nos da el concepto para entender el día que hoy demando. Un día en que mi relación con el mundo sea mágica y todo lo aprendido sucumba en delicada amnesia, y sea renuncia, desprecio, borrar con el codo. No hay peor droga para un cuerpo que un espíritu disconforme. Todos tenemos derecho a recordar que no tenemos hogar fuera del mundo como presencia y la humanidad como propiedad privada.
La emoción es una forma particular de darse, de apropiarse, el mundo. Es agotar el determinismo, neutralizar la trampa del destino, es precipitarse en el sueño inconcluso pero efectivo de cambiar de realidad. La emoción es una trasformación mágica del mundo; un mundo nuevo, terrible y alegre; como el sueño o la locura; parecido al arte, embriagador y sombrío. Deja de ser una necesidad para volverse una obligación, en el preciso instante en que se cierran las ventanas antes que las puertas, los caminos y los atajos; cuando no podemos seguir detenidos en la urgencia y perversión del mundo. Pero como el movimiento nos mantiene vivos, resistir es actuar. Y es la magia, la potencia original que nos arranca y producimos realidad para combatirla. Es emoción como crueldad, revelarse al positivismo y sus leyes generales que nos enajenan la posibilidad de exploración. Todos merecemos olvidar las respuestas programadas y vivir por un rato como si el mundo se desplegara ciego sobre m’ y la magia invadiera todos mis actos. La emotividad es desbordarse de vida para trascenderse, romper la cadena que nos aferra a experiencia cotidiana. Por fin... la merecida intuición de lo absoluto.