Notas
Una escarapela, divide o une
Los chiquitos del Jardin de Infantes "Corazones del Atuel" vivieron una circunstancia especial, al momento de repartir en los negocios céntricos sus trabajos sobre la Escarapela Nacional. Una experiencia para ellos y un intento de razones, para los adultos. Y una galeria de imágenes, que señalan y reclaman
Dicen los que saben que la vida de los personas puede sintetizarse en momentos: nacer, crecer, trascender. Idénticamente, los pueblos trazan un paralelismo entre esos tres momentos.
Allá por 1810, en la húmeda Buenos Aires virreinal, aunque no con absoluta certeza, algunos (en verdad, la Historia señala a muy pocos) comenzaron a escribir uno de esos momentos: nacer. Sostenían que había llegado el momento de tomar decisiones y marchar por sí. Intuitivamente, estaban diseñando, esos "algunos", límites, estilos, formas, objetivos.
Con los años, las vicisitudes, los gestos (heroicos, muchos; otros, quien sabe!) aquel momento de nacer en 1810 determinó fronteras, capacidades, desarrollos. Aciertos y errores. Casi el paralelismo de las personas, para una Nación.
Nacieron símbolos, que el tiempo significaron identidad, traspasando los límites de esas fronteras. El Himno, cuyas estrofas hablan de libertad y dignidad; la Bandera, que fundiéndose en los colores del firmamento, nos envuelve desde sus orígenes hacia el porvenir; la Escarapela, que es, significativamente, la forma de llevar aquella hermana mayor que ondea, unida al sentimiento. Porque se prende al pecho y desde ahí proclama quienes somos.
Esa pequeña insignia nos marca, también, en el crecimiento y en la generosidad. Cuando esa Nación incipiente de 1810 fue creciendo, abrió sus fronteras y sus puertos. Y llegaron a afincarse, para escribir su propia historia y aportar su esfuerzo a la Historia Grande hijos de tierras lejanas, que asentaron sus anhelos y tomaron parte de ese segundo momento humano-pueblo: crecer.
De esos llegados de la Europa agotada y vencida por guerras y desencuentros, nacieron generaciones que sin olvidar orígenes, entendieron que "·patria es la tierra donde habitan los hijos, donde crecen los sueños, donde la sangre late proyectándose". Adoptaron costumbres, tradiciones, símbolos.Y la Bandera blanca y celeste flameó orgullosa y hermanada a las multicolores. Pero en el pecho de esos hijos de la tierra nueva, latía la Escarapela.
En los tiempos, y desde otros lares, llegaron voces nuevas, rostros distintos, lenguajes extraños. Y la Nación, ya crecida, pero siempre generosa, les dio cabida. Les permitió desarrollarse, expandirse, fusionarse. Todos esos permisos que sólo puede otorgar alguien (persona-pueblo) que sabe que la suma de manos trabajadoras genera futuros.
De esos nuevos inmigrantes no todos captaron la generosidad de su nuevo sitio. No todos han advertido que personas-pueblo los han sumado sin preguntas, sin dudas, sin resquemores. Por alguna razón que no han explicado, no han integrado su historia, sus proyectos, sus sueños, a quienes no se fijan en colores ni rostros.
Y entonces, ese segundo momento en la vida de las personas-pueblo se fractura. Ese "crecer" no deviene en el necesario "trascender". Esos hijos de tierras orientales, contrariamente a los descendientes europeos, no reconocen en el sencillo símbolo de una Escarapela, que su lugar en el mundo, en esta geografía, aquí y ahora, se llama Argentina
Los gestos que no tengan, las acciones que no impulsen les impedirá, a ellos, el fin último de este paralelo que hemos intentado reseñar: trascender.
Queda, para quienes somos y nos sentimos hijos de esta Argentina y que nos identificamos con sus símbolos como una forma de indicar que queremos crecer y trascender, continuar la tarea. Con la generosidad de los orígenes. Con la grandeza que nos propongamos, para trascender
De esos llegados de la Europa agotada y vencida por guerras y desencuentros, nacieron generaciones que sin olvidar orígenes, entendieron que "·patria es la tierra donde habitan los hijos, donde crecen los sueños, donde la sangre late proyectándose". Adoptaron costumbres, tradiciones, símbolos.Y la Bandera blanca y celeste flameó orgullosa y hermanada a las multicolores. Pero en el pecho de esos hijos de la tierra nueva, latía la Escarapela.
En los tiempos, y desde otros lares, llegaron voces nuevas, rostros distintos, lenguajes extraños. Y la Nación, ya crecida, pero siempre generosa, les dio cabida. Les permitió desarrollarse, expandirse, fusionarse. Todos esos permisos que sólo puede otorgar alguien (persona-pueblo) que sabe que la suma de manos trabajadoras genera futuros.
De esos nuevos inmigrantes no todos captaron la generosidad de su nuevo sitio. No todos han advertido que personas-pueblo los han sumado sin preguntas, sin dudas, sin resquemores. Por alguna razón que no han explicado, no han integrado su historia, sus proyectos, sus sueños, a quienes no se fijan en colores ni rostros.
Y entonces, ese segundo momento en la vida de las personas-pueblo se fractura. Ese "crecer" no deviene en el necesario "trascender". Esos hijos de tierras orientales, contrariamente a los descendientes europeos, no reconocen en el sencillo símbolo de una Escarapela, que su lugar en el mundo, en esta geografía, aquí y ahora, se llama Argentina
Los gestos que no tengan, las acciones que no impulsen les impedirá, a ellos, el fin último de este paralelo que hemos intentado reseñar: trascender.
Queda, para quienes somos y nos sentimos hijos de esta Argentina y que nos identificamos con sus símbolos como una forma de indicar que queremos crecer y trascender, continuar la tarea. Con la generosidad de los orígenes. Con la grandeza que nos propongamos, para trascender
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