Notas
Se agotaron las tangentes, todo Don Quijote merece una Dulcinea
Todos los días tienen esa hora en que cada uno habla un idioma diferente. Quizás no sea por mero gusto o placer ermitaño, sino una condena, una protesta, una broma no tan fatal aunque perversa. Sin importar el motivo, la ciudad oscura y tirana olvida su nombre y se convierte en la ciudad de Babel. Todos corren. Entonces, ciertos propagandistas de la emotividad aprenden a hacer de la calma una virtud, otros emprenden la recuperación del erotismo como potencia primordial. Hay fiesta en las aceras, vacío en las cornisas, y sin embargo no falta aquel que intenta al infinito un suicidio fracasado.
La vida se resume en ese paréntesis y deja de importar. La literalidad, el cálculo, los intereses, las motivaciones y las intenciones se evaporan. Todo es un juego y no hay invitación a jugar. La entrega a lo momentáneo rompe con la (in)coherencia de la vida toda, y si no la rompe por lo más la desconecta. Cuesta menos sentir la totalidad embriagadora del instante que la fragmentaria lucidez de la rutina. Estamos entregados. Vivimos arrojados a la experiencia del nuevo comienzo, sin norma ni progreso, retorno a la libertad y al pro-yecto. Los sentidos vuelven a aprender. Pura experiencia, torpe experiencia, lujo original.
Lejos del modelo cognitivo tradicional del lenguaje oral y escrito, perdemos en tranquilidad-previsibilidad, pero ganamos desorden y riesgo. Somos movimiento, performance, intuición. Y nos encontramos en la simultaneidad del aquí y ahora, nos gustamos o damos la vuelta. Pero el sentir de los cuerpos que desconocen término medio, que han olvidado la comprensión media del lenguaje, se dinamita para multiplicarse. Se condensa el sentido total de la existencia, para explotar en cada cuerpo. Es un momento en que se derrumba la certeza y no queda tangente por donde escapar.
Todos los días tienen ésta hora en que nos arriesgamos y coqueteamos con la eternidad. Esa hora en somos Don Quijote con su yelmo de Mambrino. Don Quijote con Dulcinea del Toboso. Goce o locura, goce o delirio. Pero de repente, los ojos de la masa hablante con afanes injuriosos se hacen labios, se hacen boca, se hacen verbo. Si antes desconocían un código común ahora constituyen comunidad para desestimar nuestro buen juicio, y se encuentran y acuerdan que si era yelmo es bacía de barbero, si era Dulcinea es Aldonza.
Ya en la superficie nos desentendemos y la alteridad se despliega como ajenidad y simple propiedad o compleja impropiedad. Queda descartada, en un ejercicio escéptico, la presencia de algún tipo de fraternidad u entendimiento, si aceptáramos como verosímil la existencia de la tan postulada “profundidad”. Los que se unen y comprenden, siempre son los ojos que juzgan y completan, los que construyen los modelos normativos y pasan a llamarse normales en un acto fundacional, material y simbólico. En ese acto nace la comunidad y sus fronteras, y le sobra crédito para producir realidad a su cuenta. Del otro lado, los indeseables. Neutralizar todo tipo de potencia que pueda subvertir los márgenes de realidad. Todo cambio pasa a ser programado y en la medida que pueda ser absorbido por la comunidad normal, normalizada y normalizante.
Todos los días tienen esa hora en que serás eterna Dulcinea. Todos los días tienen esa hora en que buscamos revelarnos contra la mirada de la norma y su ejercicio estadístico. A esa hora que coincide con “mi ahora”, que en diferido será “entonces”, declaro que no existe lo normal y que la realidad siempre será alternativa o “alternatividad”. La hora en que acariciarte deja de ser un milagro para convertirse en un peligro. En que volver a casa es no encontrar el camino de vuelta, y vivir, mirarte un poco en el espejo de lo que no querés ser.
Todos los días tienen esa hora en que serás eterna Dulcinea. Todos los días tienen esa hora en que buscamos revelarnos contra la mirada de la norma y su ejercicio estadístico. A esa hora que coincide con “mi ahora”, que en diferido será “entonces”, declaro que no existe lo normal y que la realidad siempre será alternativa o “alternatividad”. La hora en que acariciarte deja de ser un milagro para convertirse en un peligro. En que volver a casa es no encontrar el camino de vuelta, y vivir, mirarte un poco en el espejo de lo que no querés ser.