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Notas

Canario Intersubjetivo: la fuga del elefante

Comprendo tu incomprensión y tu sorpresa, aunque no las comparta.
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Podría reconocerte en el horizonte como si en tu gorro de duende francoparlante existiera un imán que me atrae hasta tu espalda, y cuento hasta tres y te tapo los ojos. No es fácil comprender cómo llegué ahí, porque desde mi ubicación sería imposible verte doblar por el pasillo saliendo de la biblioteca. Más aun si tomamos en cuenta otros condicionantes ambientales, como la congestión del mediodía en el frío enero del hemisferio norte, muy cerca del polo, rodeado de todos los estudiantes que ejercen su derecho de recién llegados. No hace falta que pregunte, ni que diga la frase mágica, porque el roce de tu mano sobre mi mano deja en claro que entendiste quién soy, con todo y mis intenciones. Al darte vuelta y mirarme, me negaste el saludo con una vaga excusa que salía de tu boca y formaba en el aire la inentendible frase: “en nuestro caso los diccionarios son inútiles”.

Comprendo tu incomprensión y tu sorpresa, aunque no las comparta; es que yo creo en el imán que habita en tu gorro, o confío en tu Ser total de duende mágico que logra atraerme sin necesidad de llamarme. Pero ya sé donde apuntás. Quisiste decir que es  tan evidente nuestra capacidad de captar, y actualizar, la historia de cada signo cuando vuela entre tus manos, rosa tu nariz, o se inventa una onomatopeya, que no reflexionamos al respecto.

Antes que nada es preciso aclarar que sí coincidimos en el mundo de los significados objetivos del maravilloso diccionario, pero hemos podido barrer su objetividad para resignificarlos en nuestro microcosmos de intimidad. Hemos logrado que nuestra complicidad sea la garantía última de objetividad. Captamos el sentido más rígido y menos negociable de cada gesto, lo rodeamos del aura situacional del mundo privado y su definición de desdibuja para liberarse. A tal extremo los reinventamos, que se pervierten y trabajan para que cada uno deje su “yo” de lado y se entregue a la esfera pura del nosotros. Hemos alcanzado un nivel de sincronía donde toda explicación resultaría redundante, como si hiciera falta explicar los caminos de la electricidad para accionar el interruptor que dará luz a este cuarto; son muchos los procesos internos que ignoramos, de los cuales no podemos dar cuenta  cuando sólo nos dedicamos a devorarnos; son profundos  también, y funcionan generando, al mismo tiempo que sostienen, el  sistema en el cual nos conjugamos.

En este punto, sin que resulte del todo claro, reconozco lo que más me gusta de vos. Con sólo una frase desencadenás estas cosas, y encima te hacés la inocente cuando se fuga un elefante por tu risa. Creés que caigo en tu trampa y compro la presunta ingenuidad con que echás al mundo estos maleficios que más me atan a tu vida y menos quiero que te alejes. Cada una de las palabras llega para convertirse en pasado, y me desplaza como un plus-cuán-perfecto hacia la anterior, generando el  sentido global de todo lo que ocurre. Lo malo es que no se detiene allí. Ese desplazamiento interpretativo de nuestra vida, viaja como la electricidad que ilumina este cuarto, hacia la prehistoria de nuestra trama conceptual –por momentos indiferente, y te veo una mañana de abril hace tres años, el verde césped, el olor a lluvia, y me vuelvo a sentar enfrente tuyo, sin saber cómo se empieza una conversación.