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Notas

Insomnes, fanáticos y festejos

Una descripción lúdica de tres escenarios entre los infinitos disponibles: la calle y la fiesta, el hincha y su diez, el académico y su ponencia.
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La música sonaba fuerte, la orquesta moría jovial, el pueblo estaba de fiesta. El pronóstico meteorológico seguía equivocándose en contra nuestra. Las ciudades vecinas morían de envidia. La estrella de futbol del momento dejaba parados a los rivales como si fueran estatuas de yeso. Sin importar la latitud, se agotaban las pantallas, las cámaras lentas y los microscopios; la física, la neurología, las ciencias cognitivas y la medicina en general, se preguntaban por las cualidades técnicas, el talento y la inteligencia en los pies de aquel número diez. Las mesas de café, las paradas de colectivos, los recreos de colegio o facultad, los consultorios médicos, nadie hablaba de otra cosa. La multitud abandonaba su actividad por ver su gambeta aplastar la moral de los rivales que nunca podían anticipar los cálculos complejos que esa zurda desplegaba en el campo de juego y a velocidades astronómicas.

Aquella semana había dormido mal y soñado peor. Antes de acostarme pensaba repasar la ponencia que presentaría la mañana siguiente, rodeado de colegas y algunos curiosos que rondaban por la ciudad universitaria. La noche anterior había pasado por ese estado que no es sueño, descanso, ni vigilia; podría decirse, el verdadero insomnio, estar conciente de que no se duerme, hacer todo el esfuerzo, pero tampoco estar conciente del despliegue del mundo de las cosas o la realidad eminente; ya había sentido eso antes, pero generalmente iba acompañado de un nerviosismo puntual, que el encuentro filosófico no me generaba.

“Mundo de la vida, egología, alteridad y trascendencia. Eugen Fink y la herencia husserliana”. Teníamos que cruzar varias ciudades hasta llegar al encuentro. Para no pensar tanto, al terminar mi exposición pasearía por las mesas sobre semiótica, literatura y artes comparadas. Pero la orquesta no paraba de sonar, me distraía de mi tarea, de la ponencia. Con tanta algarabía en la acera parecía imposible entender el mundo desde el recóndito conjunto de enunciados que constituían la teoría de la intersubjetividad cuyo origen se encontraba en la esfera trascendental. Resultaba inentendible e injusto hablar del “retorno a las cosas” sin pensar en eventos como aquel, o en los números diez que conectan su cuerpo y la emoción del fanático en una comunidad de orden superior;  y simplemente focalizar en una esfera metafísica de la filosofía trascendental, cuando la calle muere en su entrega a la fugaz celebración.

La ciudad se fragmenta. Como si fuera poca cosa se cuela la lluvia por la ventana y tu voz se desdibuja entre las bocinas y los truenos. Los hinchas seguirán aferrados a los alambradas delirando con la estrella de futbol del momento y la tabla de posiciones; los elegantes con sus etiquetas; la avenida y su incomprensible necesidad de enloquecer. Vuelvo de las actividades que no compartimos y encuentro colegas que me ayudan a descubrir más de lo que no soy -ni hubiera sido. Las sesiones eternas de café y las promesas de colaboración esporádicas me reconcilian con el mundo académico. A su vez, nadie no nos escucha fuera de las aulas, el mundo de la vida no nos necesita para girar, marearse, levantarse, tomar carrera y saltar a un vacío tan cierto como el observatorio de medios que dirigís. Las lunas lejanas, la ciudad universitaria, la inoportuna tormenta que nos encuentra peregrinos de nuestro encuentro a setenta kilómetros de casa. El cielo al rojo vivo, otra tarde que se escapa, el remedio fue peor que la enfermedad, nuevamente el verdadero insomnio.