Notas
Tras la huella de Bohemia
En realidad, la escena transcurre en Praga. Sueño, fantasía o experiencia.
El fotógrafo no dejaba de disparar. Tenía un carácter algo inestable, algo irascible, bastante incoherente, a veces no reconocía la diferencia entre la fantasía y la mera realidad; no podía distinguir muy bien entre uno de esos mundos del arte y el dejarse llevar por lo que aparece en tanto aparece, y no se discute; perderse en el vacío, hacernos olvidar las materialidades, dejarnos en las puertas de algo nuevo que siempre se nos escapa y el dar crédito a la realidad eminente, a lo que se presenta por el sólo hecho de presentarse. Dónde se sostendría la realidad sino en creencia que las cosas son como se presentan. La realidad sería la creencia a crédito que las cosas son como se manifiestan, por el hecho de manifestarse, al menos hasta que se demuestre lo contrario. Por lo menos así lo piensa William James, o mi adaptación malintencionada.
Aquel fotógrafo cumplía con estas preposiciones a la perfección. Para él, la fantasía era una realidad, por lo tanto, la soportaba mientras duraba la creencia. Porque realmente se entregaba al mundo en construcción que viajaba del escenario a su lente y luego a su memoria. Porque no tenía motivos para sospechar que el paisaje soñado no traspasaba los límites de su fantasear. La vivencia del paisaje, los cuerpos doblándose sobre sí mismos, cada cuerpo intentado absorber su propio espejo y la sombra que enfrentaba; las luces y la ciudad un día de furia; el montón de excusas para detenerse a curiosear. El mundo de los otros, los anónimos, que pasaban por esa esquina de Praga, adornaba la escena del fotógrafo y sus cuerpos; incluso modificaba la rutina de algunos que empezaban a perder minutos de clase, minutos de trabajo, minutos bancarios, minutos en fin. La mayor victoria del mundo actual, el tiempo. Lo que todos ansiaban acumular, ganar, invertir, aquí se malgastaba.
La humanidad se olvidaba por un instante, que vaya a saber uno cuánto habrá durado, de las obligaciones urbanas, metropolitanas, checo-parlantes. Intuyo que si la escena que hacía coincidir el mundo de los anónimos y ese mundo a medio hacer del fotógrafo inestable, hubiera transcurrido en New York, la comunidad temporal gestada en Praga, no hubiera florecido. Por el simple hecho que NY no se detiene, no le interesa. Porque la ciudad es como se vive y NY se devora, se desborda, se aniquila a cada instante y todo es tan fugaz que no podría resistir el nacimiento de una nueva temporalidad, una nueva solidaridad que trascienda el tiempo estándar. La magia pasa por otros rincones. Poder ser, dejar ser, liberarse, aunque todos lo miren y nadie lo vea, aunque estemos sumamente controlados. La ciudad más convulsionada es la más anestesiada y la que más se arriesga a vivir.
De vuelta en Praga, bastó un despertar para que todo se acabara, bastó el grito, bastó un silbato. “No hay nada más por ver”. La escena no se tocaría hasta que peritaran, los cuerpos habían sido retirados. Faltaba recolectar huellas, calcular frenadas, velocidades, cruces, testimonios. Las extravagancias del artista que abraza de forma lineal, la locura y la muerte. Ya nos habíamos estrellado juntos, ya habíamos saltado de un mundo a otro. Entonces, el acento de realidad volvió a la escuela, la oficina, el correo, el banco. Los anónimos dudarían por el resto del día, quizás de la semana, o del año, si habían sido testigos de algo exacto e indubitable, si lo inventaron las noticias, si despertamos o hubieran podido morir a toda velocidad, como mueren los fotógrafos que no distinguen el fantaseo de la obra y la tragedia de la realidad.