Notas
Carta a una señorita en París
El cuento termina con un salto, una caída, una eternidad que dura poco y caduca en la avenida. Tan poco dura que ni los escolares deben tropezar con tal desesperanza, cronopia forma de morir. Una vez le conté mi hipótesis sobre la afición/obsesión de Cortázar a las cornisas, los vacíos y los suicidios que acaban estrellando. Pero robarme ese título no tiene que ver con la literatura más que con la literalidad. Porque la encuentro a miles de kilómetros, mágicamente en París, a esta altura, su ciudad.
Tengo entre mis manos su postal escrita en “chez Karole”; el bar con acento afgano y “les prix les plus bas de París”, ubicado en la esquina “de la rue Liancourt et de la rue Boulard”. Uso este medio como forma de responderle, ya que injustamente usted tiene mi dirección mas yo no la suya.
La sorpresa invade dulcemente, al momento que la encargada sube de dos en dos los escalones que separan la planta baja del primer piso y sin detener su marcha, ni vacilar, golpea la puerta (romanticismo puro aquel de no pulsar el molesto timbre que altera cualquier mañana). Con la calidad de los entendidos, o los ladrones, o los emisarios de vocación, se fuga nuevamente por la escalera, dejando reconocer solamente su espalda. Pero ya descansa en mi puerta su voz desfigurada por la caligrafía, las horas de vuelo, y el trato en las oficinas postales a ambos lados del Atlántico. Abuso de este medio, un poco como el cuento “porque me gusta escribir cartas y tal vez porque llueve”, más que lluvia, anuncian sudestada.
Miro la postal como si la viera a usted. La veo fumar y me sorprendo al no recordarla de esa forma. Casi no reconozco su perfil; no es grave, realmente, sino una cuestión de punto de vista. Lo puedo anticipar de forma más o menos vacía, aunque cambie el paisaje, aunque la distancia cuente de a miles los kilómetros y un vuelo transatlántico nos agote. La veo entregada a la contemplación de Montmartre. Quizás no llegue a darse cuenta pero me pierdo observando su complicidad con la ciudad. La cúpula de la basílica del Sacré Couer, el humo de alguna usina, los campanarios, los ventanales, el cielo abierto. Fuma en el silencio que sólo completa Michel Petrucciani con su versión de “so what”, apoyada en la baranda del balcón, acodada en la baranda, mejor dicho. El color gris de sus guantes se confunde con el gris residuo industrial que surca el cielo y, algo que llaman nostalgia, abraza el negro de su “blouson”.
Quisiera enterarla, a su vez, que cuento con infinidad de postales y palabras para continuar ese canal que ha abierto la tarde del 4 de septiembre a las 18h30 en el café cercano a su domicilio. Le ruego, si la fortuna logra que estas líneas lleguen a usted, tenga a bien compartir su dirección postal puesto sería una pena que la magia se extinga por un error humano, francamente evitable.
Sinceramente,
……………………………………………….
Sinceramente,
……………………………………………….