Notas
Nos despertaron con un zamarrón y... era sólo un sueño
Esta no es mi sección, pero la que perdió ayer por goleada, sí es mi Selección. Por eso, en el Día Nacional de la Tristeza cabe pararse, mirar un poco hacia atrás, hacia esa Sudáfrica que estamos dejando "de prepo" e intentar enderezar -con el mentón hacia arriba- la cabeza, y mirar hacia adelante.
Como en la propaganda de Rexona, el Mundial nos coptó hasta a los más reactivos a los nacinalismos exacerbados. No hubo ácrata que no haya sentido ganas de gritar con fuerza goles ganadores y que no haya pensado en la alegría tremenda que hubiese sido ganar el Mundial.
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Un minuto después de la derrota, empezamos a despabilarnos. Cuando mis hijos mayores se volvieron intratables, y los más chicos se largaron a llorar, desperté del sopor mundialista dándome cuenta que no es gratis llenarlos de merchandising albiceleste: nadie avisó de las contraindicaciones exitistas y cómo eso podía afectar a los chicos.
Segundos después, "El Gordo", ese al que le compré las cornetas en la avenida Las Heras, lloraba en duplicado. Había perdido la Selección. Pero además, me dijo, había perdido "la chata", su auto, de cuya comercialización sacó los recursos para instalar el puesto de venta de cotillón mundialista que ahora se tendría que comer. "Si fuera yo solo, bue. Pero toda la familia pensaba salir a flote con esto", dice y no alcanza a maldecir al equipo, ni a Maradona.
Los que si lo hacen, tres segundos después, son muchos entre los 40 millones de técnicos que tiene este país y que, en medio de la debacle que se veía venir, a los 10 minutos del segundo tiempo no atinamos a acordar los cambios necesarios en la formación. Terminó el partido y una marabunta de analistas recién levantados del largo letargo futbolero comenzaron a buscar y encontrar culpas.
Una hora después, dos horas, tal vez, miles de mendocinos estaban de nuevo en las calles. Todavía somnolientos, trataban de recordar -como nos pasa con los sueños, pero con los sueños lindos- cada instante pasado. Con la mirtada extraviada, salimos a la vereda, en donde los niños jugaban al fútbol con la camiseta argentina puesta todavía. Impresionante.
Y fuimos al supermercado. Algunos, en el Jumbo, anoche, tenían la celeste y blanca debajo de un pulóver, pero se les veía asomar por abajo. Otros y otras, desafiantes, argentinos, la lucían orgullosos y caminaban orondos entre los pasillos buscando a quién se les animara a cuestionarlos.
En fin. Todo terminó. Y ahora, todos intentarán robarnos la alegría que nos unió durante los últimos días. Como pasa siempre con los sueños, ¿no?
