Notas
La historia de una mujer que representa una parte de la historia
¿Cuándo llegó a San Rafael?
“Yo soy de Buenos Aires y me vine con mi familia hace 11 años a vivir a San Rafael por cuestiones de trabajo en su momento. Después nos quedamos y nos fuimos adaptando. Hace dos años podríamos habernos vuelto a Buenos Aires porque tengo dos hijos que viven allá. Todos los meses voy a la “gran ciudad”, me encanta ir a ver a mis nietos pero vivir, no. Además tenemos una hija que vivió casi toda su vida acá y difícilmente la podamos llevar a Buenos Aires definitivamente”.
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¿Cómo se compone su familia?
“Tenemos cuatro hijos. La mayor tiene 30 años, es bióloga marina, está casada y tiene un hijo de 8 meses.
Después viene un varón que tiene 28 años, que también vive en pareja desde hace un tiempo con una chica que tiene un hijo de una relación anterior, así que también somos “abuelos del alma” de un niño de 3 años.
Sigue José Luis que es un jugador de voley profesional que vive de ese deporte desde hace 7 años mas o menos. Ha jugado por todo el país y la última campaña la hizo en Chipre.
La más chica tiene 19 años y estudio historia y es la que ha salido con más vocación de militante.
Mi marido trabaja en lo que antes era el COMFER y lo que ahora es la Unidad de aplicación de la nueva ley de Medios Audiovisuales”.
¿Cómo fueron los ’70 en su vida?
“Los ’70 los viví con mi marido con mucha intensidad. Hasta el ’76 fueron años gloriosos, con muchos trabajos políticos, pero no del tipo ‘partidarios’, sino en el amplio concepto de la política: la política social, la gremial… cada uno encauzaba su vocación por donde podía. Toda la generación tuvo un compromiso muy importante por el cambio, o por modificar ciertas condiciones económicas y sociales que se daban en la Argentina y que a la luz de los años se vio que si algunas de esas cosas se hubiesen escuchado no hubiésemos llegado al ‘2001’.
La segunda parte de los ’70 se viven con mucho dolor, con mucho temor. La verdad es que vivimos exiliados, pero en el ámbito nacional. No fue necesario irnos al exterior pero tuvimos que tomar recaudos que duraron varios años. Con mi marido éramos militantes comprometidos. Los dos trabajábamos en una militancia territorial en el barrio que me vio nacer. Perdimos muchos amigos y muchos afectos. Tuvimos una gran suerte y fue conocer seres humanos sumamente valiosos que hoy, después de los ’80 y ’90 con tanto individualismo, a veces cuesta encontrar. Eran generosos en conocimiento, generosos de corazón.
Teníamos ansias de leer, de investigar, de buscar nuevos caminos para cambiar la realidad, que me parece que recién ahora los jóvenes están retomando ese proceso. Es lógico que sea recién ahora porque el terrorismo de estado no es solamente el hecho de que nos persiguieran a algunos sectores sino que fue implementar el miedo y el ‘no te metás’. Lo veo en mi hijos, donde la visión del mundo de los mayores no es la misma que la que tienen los más chicos. Es como que la democracia les dio la posibilidad de no sentirse mal al ser solidarios”.
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¿Alguna vez estuvo detenida?
“Sí, pero sólo algunas horas. Es una anécdota graciosa. Yo caí detenida en el ’72 con 17 años. Fue porque nos encontraron pintando en el Bº de Belgrano en Buenos Aires. Caímos presos 5 o 6 personas y un abogado logró que nos liberaran sin sacar huellas digitales y todo ese tipo de cosas. Ese abogado era el sobrino de Cámpora, del en ese entonces, candidato a Presidente. Me llevó a mi casa y cuando llegué le comenté a mi madre y ella se rió mucho y dijo ‘por lo menos el honor de la familia está salvado porque yo estuve presa ahí también’”.
¿Qué significan los juicios que se están llevando a cabo en San Rafael?
“Es el comenzar a sentir justicia en una provincia que es la última en comenzar con los juicios, donde la sociedad es muy conservadora, sobre todo en el sur. Es la posibilidad que se conozca la verdad de los desaparecidos en Mendoza y de darle justicia a sus familiares. Me parece que es la posibilidad de que la sociedad hable de un tema que durante muchos años se calló.
A nosotros que participamos de este espacio de Memoria, Verdad y Justicia, lo que más nos llama la atención es que quienes mas se acercan son los jóvenes. Los juicios dan esa posibilidad.
Hace poco una persona me preguntaba por qué yo me sentía comprometida con los juicios de acá, cuando yo no soy de acá. Yo pensaba en la universalidad de los juicios y de la militancia de los compañeros que están desaparecidos. Los cuatro desaparecidos de acá, eran obreros o empleados que seguramente tenían con sus particularidades el mismo pensamiento de transformación que teníamos en otro lugar del país, o sea que yo no los conocí pero siento que estoy trabajando para de darle justicia a cualquiera de los compañeros. El compromiso uno lo tiene con un proceso y no con una localidad”.
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¿Había presenciado juicios como este antes?
“Sí. El año pasado participé del juicio por “la masacre de Fátima”. Fue muy especial porque yo perdí amigos en ella.
Al otro que fui es al de la ESMA. Fui el día que Astiz levanta un libro que estaba leyendo llamado “Volver a matar” de Tata Yofré y lo mostró a donde estaban familiares y militantes de Derechos Humanos expresando lo que algunos represores dicen en los juicios convencidos de que hicieron bien”.
¿Qué sensación de genera ver a los acusados?
“La sensación que da es otro beneficio de los juicios. Uno le pone nombre al terrorismo de estado. Uno le pone nombre a los que tanto daño le hicieron a la sociedad. Ya no es ‘el represor’, ya es “Guevara Molina”. Clarifica para ellos y para nosotros. Tripiana no es el “número 28” de los desaparecidos en el sur de la provincia, es ‘Tripiana’ que tenía su vida, su mujer y su hijo”.
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“A la generación del ’70 que estuvimos comprometidos, nos cuesta pensar en individualidad. Yo puedo nombrar una canción que a mi me conmueve por lo que dice y que es “Honrar la vida” (Eladia Blázquez).
Yo le digo muchas veces a mis hijos que “vivir”, viven millones de personas, la diferencia es si uno decide ser sujeto de la historia. La historia no la hacen solamente los próceres, sino que la hacen esos millones de personas que hacen algo todos los días. Eso es honrar la vida”.
María Luján refleja en sus palabras el espíritu de una mujer que desde su militancia pero más que nada desde un corazón altruista sin bandera política, está comprometida por mejorar la realidad argentina. La dictadura se llevó mucha gente, entre quienes seguramente hubo algunos como ella, afortunadamente, no se llevó a todos.
Ojala que lo que se llevó la historia lo devuelva la justicia.