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Notas

¿Facebook promueve el odio y el racismo?

El mundo está encontrando un nuevo chivo expiatorio y, esta vez, lo ha personificado en un medio que permite la rebeldía, que canaliza lo que los otros medios domados no hacen y que, por sobre todo, es un espejo de la sociedad en que vivimos (¿o no?).
Foto: WEB
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Vivimos en un mundo complicado, pero es el único que tenemos. Hasta hace unos años, comunicarse era una odisea: lograr que dos personas se saludaran a miles de kilómetros de distancia una de la otra, hace cien años, resultaba una fiesta. Abrir un sobre resultaba un ritual que reunía a la familia, cuando el nivel de privacidad del texto esperado así lo admitía, claro.

Hoy podría decirse que todo es más fácil: el que quiere, se comunica. Un email, un SMS, un tubazo. Pero en realidad, conviven –como si se tratase de capas geológicas, una sobre otra- sociedades hipercomunicadas con sectores que viven, en este tema (y en muchos otros) en la prehistoria. A veces, incluso, dentro del ejido de una misma ciudad.

En este marco ha surgido aquí, en Mendoza, una polémica de la que no hablaremos por lo menos en esta columna: la sincola o rateada masiva; la convocatoria de un joven dirigida al boleo hacia otros miles a no concurrir a la escuela. Fue un éxito.

Fracasados en la tarea de convocar y reunir gente para obras bien vistas, los adultos nos lanzamos sobre los jóvenes primero, descuartizándolos de inmediato y luego, contra el medio, Facebook, hasta el extremo de creerlo horroroso.

Equivocados, pensamos que es el medio lo execrable y no las personas que lo usan.

“No fueron los militares, sino las picanas”, sería la lógica resultante de una tan superficial evaluación condenatoria.

Así, una entidad de prestigio internacional indiscutible como el Instituto Simón Wiesenthal se sumó, insólitamente, al coro de censuradores señalado que esa red social –que no es ni santo ni demonio: es sólo lo que es- señalándola como promotora “del odio y del racismo”.

Repasando lo que pasa en el mundo –tal el objetivo de esta columna semanal- encontramos, sin embargo, algunas cuestiones que merecen más atención, condenas mayores y acciones consecuentemente sanadoras. Por ejemplo:

Líderes elegidos para gobernar mediante el voto popular sostienen que no todas las personas son iguales. De tal manera, en Arizona, EE UU, pretenden que quienes conforman la ola migratoria de los últimos años, latinos y asiáticos, fundamentalmente, no son dignas de vivir bajo el resguardo de las mismas leyes que otros que son el resultado de la reproducción de otras olas migratorias, pero que llegaron primero y, por lo tanto, se creen con autoridad de cerrar el grifo de los derechos a “los otros”.

Sin embargo, estamos más concentrados en el medio que en quienes crean el mensaje, lo invocan y le dan vida.

Así, en Francia, el Gobierno ya está evaluando controlar las fiestas que se organizan a través de Facebook que, ahora, es la culpable de la muerte de un joven de 21 años que murió alcoholizado, tras responder a la convocatoria de la red social que incitaba (pero no obligaba a punta de pistola a nadie) a ser parte de un desenfrenado saraos de alcohol.

En definitiva, el mundo está encontrando un nuevo chivo expiatorio y, esta vez, lo ha personificado en un medio que permite la rebeldía, que canaliza lo que los otros medios domados no hacen y que, por sobre todo, es un espejo de la sociedad en que vivimos (¿o no?).

Lo que sucede es que nos devuelve una imagen a la que nos negamos a mirar a los ojos. Pero, tal vez, lo que debamos hacer es, en lugar de romper ese espejo virtual, enfocarnos en cambiar la sociedad desde otros ámbitos.

 

Gabriel Conte es editor de MDZ (en Twitter @gabriel_conte)