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Notas

Memoria, verdad, justicia y mi profesor Egea

Un aporte de nuestros lectores, en relación a lo ocurrido dias pasados, y que marca un hito en la historia sanrafaelina. Fueron leídas las sentencias condenatorias para tres de los inculpados, en tanto que el cuarto, un profesional del derecho, deberá cumplir ocho años de prisión en cárcel común.
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Un aporte de nuestros lectores, en relación a lo ocurrido dias pasados, y que marca un hito en la historia sanrafaelina. Fueron leídas las sentencias condenatorias para tres de los inculpados, en tanto que el cuarto, un profesional del derecho, deberá cumplir ocho años de reclusión en cárcel común.

Esta nota es, en síntesis, el pensamiento de muchos, quizás llevado al papel por un intérprete de la realidad. Estos son sus conceptos:

Memoria, verdad, justicia y mi profesor Egea

San Rafael acaba de terminar de hacer un ejercicio sano y obligatorio. Bien por Mendoza por haber pasado a ser una de las provincias en las que la verdad, aunque tarde, llega. Bien por la justicia federal de nuestra provincia que se puso a la altura de las circunstancias y enjuició a quienes persiguieron, torturaron y desaparecieron a varios mendocinos en la última dictadura militar.

Raúl Egea, uno de los condenados en el juicio por delitos de lesa humanidad cometidos entre el ’76 y el ’83 que acaba de terminar en San Rafael, fue profesor mío en la escuela Nacional de Comercio Número 2 de San Rafael en los ‘90. Era un docente correcto que disimulaba muy bien que había falsificado documentación pública para justificar y apañar a quienes torturaban. Su pena fue inmensamente menor que la de los
torturadores condenados a prisión perpetua, ocho años. Pero para un hombre que promedia los 70, esos ocho años pueden ser también perpetuos.

Cosas de la vida: Egea pagará su pena en la cárcel de San Rafael, en Mitre y La Pampa, como decimos los sanranfaelinos para indicar donde pagarán sus penas los reos, allí el director del penal es el abogado Ricardo Gatica, un compañero de la secundaria y amigo mío de toda la vida que también lo tuvo a Egea como profesor. Seguramente no habrá prebendas ni concesiones por eso, pero me imaginaba al ‘Ricky’ recibiendo a
Egea en la que será por los próximos años su casa. No sé muy bien porqué me tenté a imaginarme esa foto.

Egea era un profesor excéntrico en sus comentarios y en sus formas de dar las clases y tomar exámenes. Pero nunca fue un hombre autoritario ni nada parecido. Más, recuerdo perfectamente que apoyó la creación del centro de estudiantes cuando la Democracia amanecía a mediados de los ’80. ¿Qué lo habrá llevado a ese letrado común de un pequeño pueblo mendocino a falsificar documentación para proteger torturadores y asesinos? Esa es una pregunta que también me he hecho recurrentemente para tratar de entender lo que para mí fue una sorpresa: ver sentado en el banquillo de los acusados al profesor Egea, un hombre que si bien no torturó ni asesinó fue funcional a ese sistema
perverso que violó libertades y que excedió cualquier límite en cumplimiento de fines oscuros que terminaron en el peor genocidio que recuerde la historia argentina. Y Egea por eso es claramente culpable y merece una pena.

Su mujer no llegó a verlo en la cárcel. Una de las últimas noticias que tuve de él, quien solía caminar por las calles del centro sanrafaelino, ya retirado de su profesión, fue que había enviudado y que estaba algo deprimido por eso. ¿Cuál habrá sido el beneficio que recibió por falsificar documentos y permitir violaciones un hombre que siente dolor ante la muerte de un ser que quiere? No creo que haya desconocido o ignorado lo que hacía, era un hombre de las leyes e hizo un uso violatorio de ellas. Si las leyes de obediencia debida y punto final hubieran estado vigentes, el profesor Egea podría haber caminado libre, viudo y deprimido por las calles del centro de su pueblo hasta el último de sus días.

Esas leyes, por suerte, fueron derogadas y gracias a eso hombres temibles están siendo procesados o ya están pagando sus penas. No sé si Egea entra en la calificación de hombre temible pero le dio una mano a los temibles para que puedan infundir temor con impunidad y debe pagarlo. Egea caminaba desde la sala de profesores del comercial 2 con un cigarrillo encendido. Atravesaba un largo patio que lo llevaba hasta la puerta del curso donde nosotros lo esperábamos. Siempre me llamó la atención la mirada perdida y a la vez tensa con la que fumaba ese cigarrillo que apagaba en el umbral de la puerta del aula.Como si cada cigarrillo fuera un poco de antídoto para lo que quiso callar para siempre
y no pudo.