Notas
Cristina, Cobos y la mentira de la "Concertación"
El modelo político que los chilenos mantuvieron durante veinte años, en Argentina duró apenas unos meses. La traición electoral de 2007 y el compromiso, aún subsistente, de honrar aquellos votos a favor de la "transversalidad".
Entre tantos análisis que permite la tortuosa relación entre Cristina Kirchner y Julio Cobos (todos negativos, por cierto), bien vale recordar a esta altura el inicio de este vínculo: la mentirosa “Concertación”.
Aunque hayan pecado de ingenuos, muchos ciudadanos creyeron el mensaje de Cobos y Néstor Kirchner en 2007, cuando formalizaron una alianza política de centroizquierda inspirada en el virtuoso modelo chileno. La cercanía política entre Néstor y Julio era un gesto que invitaba a creer en la unión de los distintos, a favor del país. La dupla asomaba como lo nuevo, en contraposición a la “vieja política”, que continuaba acuartelada en los comités de los partidos tradicionales.
El elector que creyó en este proyecto se dio cuenta muy rápido de que le habían metido el dedo en la boca. Cobos no era la expresión de la UCR en este gobierno de coalición, sino tan solo un dirigente rebelde subido al carro del kirchnerismo y sospechado de especular con la política para sacar réditos personales.
Ni una mínima cuota de poder o de decisión le dieron al mendocino en el gobierno de Cristina: estaba condenado a acatar, a callar.
Pero quizás lo peor de todo es que dos meses después de los comicios, Néstor Kirchner ya le daba la espalda a la Concertación tan proclamada para las elecciones de 2007 y se volvía a recostar en la estructura del peronismo, cacheteando la buena fe de los electores que creyeron en su “transversalidad”.
Cobos lo dilató un poco más, hasta su primer acto contundente de rebeldía (voto de las retenciones), pero pronto recuperó la mística “radical” y hoy busca denodadamente volver al partido. Fortalecer y liderar a la UCR es la idea, mientras mantiene en un limbo a los socios extrapartidarios que se subieron al “proyecto” concertador.
A no dudarlo: la transversalidad fue traicionada por ambas partes (Cobos y el matrimonio kirchnerista); la idea de unirse por el bien del país y en base a un grupo de ideas comunes se hundió en la nada. La culpa, como los votos de la victoria electoral de 2007, es compartida por los dos.
La ruptura ha dado lugar ahora a un show patético que se plasma en los diarios de todo el mundo y que amaga con generar una crisis institucional y política innecesaria. Una crisis a destiempo, cuando en el mundo de la economía da indicios de mejoría. Cuando sería necesario, efectivamente, unión y sensatez para mejorar la vida de los argentinos.
Porque estamos como país muy lejos de vivir los traumáticos días de 2001.
Ni Cristina ni Cobos tienen el derecho de convertir el destino de la Argentina en un culebrón de desencuentros ridículos. A los dos les cabe todavía la responsabilidad de honrar los votos a la Concertación de 2007.
Cristina es la presidenta del país, no una dama despechada que, emperrada, ahora no quiere viajar a China, temerosa de acciones que Cobos no se animaría a ejecutar.
Y Cobos tiene que dejar de mirar exclusivamente sus chances electorales en 2011. Porque todavía tiene una deuda con los que lo votaron en 2007 y las chances de diálogo con el kirchnerismo no puede darlas por acabadas nunca.
El pueblo argentino, finalmente, no tiene que perder la memoría y debe exigirles a sus políticos en general que terminen de venderle espejitos de colores. Porque la Concertación que le metieron como buzón en 2007 duró apenas unos meses, mientras que la original chilena, rindió sus frutos durante…¡veinte años!
Que esa Concertación haya perdido las elecciones el domingo a manos de la derecha trasandina, después de tantos logros y tantos años de gobierno, a nadie le sirve ni siquiera de consuelo.
Cobos lo dilató un poco más, hasta su primer acto contundente de rebeldía (voto de las retenciones), pero pronto recuperó la mística “radical” y hoy busca denodadamente volver al partido. Fortalecer y liderar a la UCR es la idea, mientras mantiene en un limbo a los socios extrapartidarios que se subieron al “proyecto” concertador.
A no dudarlo: la transversalidad fue traicionada por ambas partes (Cobos y el matrimonio kirchnerista); la idea de unirse por el bien del país y en base a un grupo de ideas comunes se hundió en la nada. La culpa, como los votos de la victoria electoral de 2007, es compartida por los dos.
La ruptura ha dado lugar ahora a un show patético que se plasma en los diarios de todo el mundo y que amaga con generar una crisis institucional y política innecesaria. Una crisis a destiempo, cuando en el mundo de la economía da indicios de mejoría. Cuando sería necesario, efectivamente, unión y sensatez para mejorar la vida de los argentinos.
Porque estamos como país muy lejos de vivir los traumáticos días de 2001.
Ni Cristina ni Cobos tienen el derecho de convertir el destino de la Argentina en un culebrón de desencuentros ridículos. A los dos les cabe todavía la responsabilidad de honrar los votos a la Concertación de 2007.
Cristina es la presidenta del país, no una dama despechada que, emperrada, ahora no quiere viajar a China, temerosa de acciones que Cobos no se animaría a ejecutar.
Y Cobos tiene que dejar de mirar exclusivamente sus chances electorales en 2011. Porque todavía tiene una deuda con los que lo votaron en 2007 y las chances de diálogo con el kirchnerismo no puede darlas por acabadas nunca.
El pueblo argentino, finalmente, no tiene que perder la memoría y debe exigirles a sus políticos en general que terminen de venderle espejitos de colores. Porque la Concertación que le metieron como buzón en 2007 duró apenas unos meses, mientras que la original chilena, rindió sus frutos durante…¡veinte años!
Que esa Concertación haya perdido las elecciones el domingo a manos de la derecha trasandina, después de tantos logros y tantos años de gobierno, a nadie le sirve ni siquiera de consuelo.