Notas
Cobos, nuevamente “justo allí”
Su "buena estrella" lo acomoda cuando venía en baja. La crisis por las reservas y la expulsión de Redrado lo puso "justo ahí" para su mejor juego, el individual. Justo, lo que enerva tanto a sus enemigos, como a los aliados.
Ya sea por intuición, o por su “estrella”, suerte, oportunismo, capacidad o “culo”, Julio Cobos está nuevamente en el centro de la consideración pública.
Lo hace, tras la decisión presidencial de actuar bajo la figura de un decreto de necesidad y urgencia, luego de que la persona que Néstor Kirchner designó al frente del Banco Central, hace cinco años y medio, se negara a acatar las instrucciones en torno a la utilización de reservas del Tesoro para pagar deuda.
Este acto de rebeldía en las entrañas K le abrió espacio a numerosos sectores y tiñó el verano vacacional de política y sospechas de conspiración. No sólo Cobos optó por ponerse en el centro de la escena, retornando antes de lo previsto de sus vacaciones en Chile para “reabrir el Congreso”. El hecho le sirvió al propio Redrado para instalarse políticamente, en una situación similar a la vivida por Montoya en la provincia de Buenos Aires cuando se negó a ser candidato testimonial y fue expulsado del poder.
Al sindicalista Moyano le vino como anillo al dedo para desempolvar un discurso anti neoliberalismo que le está sirviendo a Kirchner para reagrupar a su alrededor a los sectores no peronistas de izquierda que se estaban distanciando, desencantados. Claro que, durante 5 años y medio, Redrado fue, para el discurso oficial, poco menos que la reencarnación del Che, bajando de Sierra Maestra.
Cobos, un Caballo de Troya chúcaro
A lo largo de su no tan extensa vida política, Julio Cobos se ha ido configurando como una especie de Caballo de Troya. Sectores que no habían accedido al poder político, lo hicieron con él, en Mendoza. Su sintonía con la gente permitió que la opinión de una señora, cualquiera, en un canal de TV fuera puesta al mismo nivel –cuando no en una escala superior- a la de alguno de sus ministros. Más de una vez la temática de sus reuniones de Gabinete la fijó la sociedad, a fuerza de gritos o bien de llamadas a las líneas abiertas de las radios mendocinas.
Pero no se trata de un caballo estándar, domado por el sistema político. Cobos sigue cayendo “raro” hasta para su propio entorno, sus seguidores y asesores. Ni pensar, entonces, qué pueden opinar de él sus adversarios o críticos. “Es inasible”, dicen algunos. Los más amigos le atribuyen “un amplio desarrollo del hemisferio derecho” y “gran sensibilidad”. Los enemigos no desconcertados no lo dudan: “cínico”, “pragmático”, “oportunista” son algunos de los calificativos que con frecuencia anteceden a la palabra que más acompaña a su apellido en boca de sus detractores, “traidor”.
Con la crisis del campo, y a pesar de lo que desde el oficialismo ahora se diga, Cobos intentó ocupar un lugar de apoyo al Gobierno. La Presidenta Cristina Fernández le encargó que encabezara las negociaciones con los sectores en pugna, a quienes él tenía una llegada diferente que cualquier miembro del Poder Ejecutivo. Así, Cobos cumpliría con éxito un rol de equilibrio como segundo en la fórmula presidencial.
Pero ya lo hemos contado antes: la intromisión de Néstor Kirchner lo empujó al abismo, condenándolo a transformarse en “nadie”, un rol que, no hay dudas, a Cobos no le interesó jamás para sí. De hecho, cada vez que ocupó el centro de la escena, lo único que calculó –para bien o para mal, depende de quien lo analice- es cómo quedaría él mismo parado. Y poco más.
En aquella crisis, la popularidad de Cobos se disparó a niveles increíbles. Mientras más lo insultaban desde el kirchnerismo, más crecía. Su “no positivo”, en medio de un país que parecía que estaba al borde de una guerra civil debido a una conjunción de tozudeces, trajo un bálsamo incalculado. El vicepresidente coronó su independencia, dando una “vuelta olímpica” al país, al retornar a Mendoza en automóvil.
Luego, sus vueltas lo ubicaron como un político más: al Caballo de Troya se subieron muchos, con la prematura idea de desembarcar en el poder, pero el caballo siempre se retobó, dejando a pie a más de uno. Pasó con los sectores más progresistas que lo acompañaron en Mendoza y que ahora reniegan de él. Pasó con la dirigencia del campo, con radicales, peronistas, socialistas, seguidores de Carrió y hasta con la gente del PRO de Macri, como Gabriela Michetti.
Cobos se deja montar y acompañar en un tramo de su camino al poder, pero en algún relincho pierde la carga, hasta que otros –algunos, demasiado “otros”- logran escalar nuevamente y así, dar un par de pasos más hacia 2011.
Sueño con serpientes
El oficialismo, mientras tanto, sufre de la peor enfermedad que le puede dar a un argentino: la sublimación de la soberbia que provoca el saberse poderosos. Los principales síntomas están en creer que todo se puede y decretar que todos deben amar a sus protagonistas. La derrota electoral, para los afiebrados, no es más que un espejismo. Piensan: “esto no nos puede estar pasando justamente a nosotros”.
Así, lo que nació como un gesto de ejercicio de poder (la remoción trunca del ex amigo Redrado) se tradujo en la realidad como una recaída grave.
En ese contexto, Cobos volvió de sus vacaciones “para ayudar”. Reabrió el Congreso, convocó a los legisladores, se prestó al juego de los intereses mediáticos (otros que se suben al “caballo” de vez en cuando, y lo acicalan y endulzan) y volvió a dar una señal de equilibrio institucional en un momento en que todos denunciaban la existencia de una crisis.
La provocación dio resultado. Esta vez no fueron “anibaladas” de Fernández contra Cobos. Los dueños de casa han reaccionado con fuerza. Cristina salió a criticarlo. Kirchner le dijo de todo. Hasta lo trató de “empleado de Clarín”.
Y Cobos, que llegó desde Chile para recibir consejos de asesores como Raúl Baglini, la persona a la que más está escuchando por estos días, sonríe de nuevo. Siente que no le hace falta ni éste consejero ni otros, aunque le guste tenerlo a mano. Los Kirchner han vuelto a ponerlo como referente de todo lo contrario a lo que es su gobierno. Y esta vez, el 2011 está más cerca que durante la crisis del campo.
A lo largo de su no tan extensa vida política, Julio Cobos se ha ido configurando como una especie de Caballo de Troya. Sectores que no habían accedido al poder político, lo hicieron con él, en Mendoza. Su sintonía con la gente permitió que la opinión de una señora, cualquiera, en un canal de TV fuera puesta al mismo nivel –cuando no en una escala superior- a la de alguno de sus ministros. Más de una vez la temática de sus reuniones de Gabinete la fijó la sociedad, a fuerza de gritos o bien de llamadas a las líneas abiertas de las radios mendocinas.
Pero no se trata de un caballo estándar, domado por el sistema político. Cobos sigue cayendo “raro” hasta para su propio entorno, sus seguidores y asesores. Ni pensar, entonces, qué pueden opinar de él sus adversarios o críticos. “Es inasible”, dicen algunos. Los más amigos le atribuyen “un amplio desarrollo del hemisferio derecho” y “gran sensibilidad”. Los enemigos no desconcertados no lo dudan: “cínico”, “pragmático”, “oportunista” son algunos de los calificativos que con frecuencia anteceden a la palabra que más acompaña a su apellido en boca de sus detractores, “traidor”.
Con la crisis del campo, y a pesar de lo que desde el oficialismo ahora se diga, Cobos intentó ocupar un lugar de apoyo al Gobierno. La Presidenta Cristina Fernández le encargó que encabezara las negociaciones con los sectores en pugna, a quienes él tenía una llegada diferente que cualquier miembro del Poder Ejecutivo. Así, Cobos cumpliría con éxito un rol de equilibrio como segundo en la fórmula presidencial.
Pero ya lo hemos contado antes: la intromisión de Néstor Kirchner lo empujó al abismo, condenándolo a transformarse en “nadie”, un rol que, no hay dudas, a Cobos no le interesó jamás para sí. De hecho, cada vez que ocupó el centro de la escena, lo único que calculó –para bien o para mal, depende de quien lo analice- es cómo quedaría él mismo parado. Y poco más.
En aquella crisis, la popularidad de Cobos se disparó a niveles increíbles. Mientras más lo insultaban desde el kirchnerismo, más crecía. Su “no positivo”, en medio de un país que parecía que estaba al borde de una guerra civil debido a una conjunción de tozudeces, trajo un bálsamo incalculado. El vicepresidente coronó su independencia, dando una “vuelta olímpica” al país, al retornar a Mendoza en automóvil.
Luego, sus vueltas lo ubicaron como un político más: al Caballo de Troya se subieron muchos, con la prematura idea de desembarcar en el poder, pero el caballo siempre se retobó, dejando a pie a más de uno. Pasó con los sectores más progresistas que lo acompañaron en Mendoza y que ahora reniegan de él. Pasó con la dirigencia del campo, con radicales, peronistas, socialistas, seguidores de Carrió y hasta con la gente del PRO de Macri, como Gabriela Michetti.
Cobos se deja montar y acompañar en un tramo de su camino al poder, pero en algún relincho pierde la carga, hasta que otros –algunos, demasiado “otros”- logran escalar nuevamente y así, dar un par de pasos más hacia 2011.
Sueño con serpientes
El oficialismo, mientras tanto, sufre de la peor enfermedad que le puede dar a un argentino: la sublimación de la soberbia que provoca el saberse poderosos. Los principales síntomas están en creer que todo se puede y decretar que todos deben amar a sus protagonistas. La derrota electoral, para los afiebrados, no es más que un espejismo. Piensan: “esto no nos puede estar pasando justamente a nosotros”.
Así, lo que nació como un gesto de ejercicio de poder (la remoción trunca del ex amigo Redrado) se tradujo en la realidad como una recaída grave.
En ese contexto, Cobos volvió de sus vacaciones “para ayudar”. Reabrió el Congreso, convocó a los legisladores, se prestó al juego de los intereses mediáticos (otros que se suben al “caballo” de vez en cuando, y lo acicalan y endulzan) y volvió a dar una señal de equilibrio institucional en un momento en que todos denunciaban la existencia de una crisis.
La provocación dio resultado. Esta vez no fueron “anibaladas” de Fernández contra Cobos. Los dueños de casa han reaccionado con fuerza. Cristina salió a criticarlo. Kirchner le dijo de todo. Hasta lo trató de “empleado de Clarín”.
Y Cobos, que llegó desde Chile para recibir consejos de asesores como Raúl Baglini, la persona a la que más está escuchando por estos días, sonríe de nuevo. Siente que no le hace falta ni éste consejero ni otros, aunque le guste tenerlo a mano. Los Kirchner han vuelto a ponerlo como referente de todo lo contrario a lo que es su gobierno. Y esta vez, el 2011 está más cerca que durante la crisis del campo.