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Notas

La política y su necesidad de evitar víctimas absurdas

La campaña sucia ha derivado en una brutal agresión a dos chicos de 16 años que pegaban carteles para el cobismo en Guaymallén. Todos se preocuparon por el caso, pero las especulaciones electorales y el objetivo de no perder el comicio parecen poder más. ¿Nuestros líderes políticos sabrán evitar hechos peores?
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A sólo 15 días de las elecciones, la campaña electoral mendocina tuvo un punto de inflexión. Y no fue ninguna estadística, denuncia o propuesta de los candidatos lo que lo marcó. Fue, desagradablemente, una golpiza a dos adolescentes que pegaban carteles para el cobismo en Guaymallén.

A uno de los pibes de 16 años le partieron la nariz. Al otro le tajearon la remera. Les dejaron claro los agresores: “Ustedes son cobistas, por eso los vamos a hacer cagar”. Las primeras versiones apuntaron a que los atacantes fueron militantes justicialistas, incluso empleados de la comuna, aunque todavía no haya nada claro ni definitivo al respecto.

De todos modos, hubo reacciones inmediatas en los cuarteles políticos. Al jefe de campaña del justicialismo, Rubén Miranda, le sonó el teléfono celular en pleno acto del PJ en el auditorio Angel Bustelo, donde el viernes a la noche presentaron a los candidatos oficialistas. El que hablaba del otro lado era nada menos que el vicepresidente Julio Cobos, la llamada más inesperada en medio de la “fiesta peronista” de Adolfo Bermejo, Omar Félix y Celso Jaque.

En medio del ruiderío, Cobos le contó al intendente de Las Heras lo ocurrido y lo invitó a una conferencia de prensa conjunta para llamar a la paz en la campaña y evitar que la contienda electoral haga correr más sangre. Nadie en el PJ se hizo el distraído por lo ocurrido, pero la invitación no fue aceptada.

La llamada de Cobos generó, básicamente, desconfianza en el PJ. Analizaron el cuadro así los peronistas: si los popes del PJ acudían a la invitación de Cobos, de inmediato estaban aceptando que los agresores habían sido, efectivamente, militantes de su bando.  “Si estaban todos los partidos sí íbamos a ir, pero si estábamos sólo nosotros y el cobismo, ellos iban a quedar como las víctimas y nosotros como los victimarios”, explicó anoche un intendente del PJ.

“De Cobos se puede esperar cualquier cosa, hace lo que sea para conseguir un voto, es un traidor. Desconfío hasta del aire que respira”, agregó la fuente, con extrema acidez.

Desde el cobismo, de todos modos emitieron un comunicado que, con buena suerte, puede ayudar a que situaciones como la que ocurrió en Guaymallén no se repitan en los días que faltan hasta las elecciones. Pero la desconfianza visceral entre los dos partidos principales no es un buen síntoma en ese sentido.

Más si algunos se animan a no descartar un auto-ataque del cobismo a los chicos de su propio partido para victimizarse y ganar la elección en el departamento más poblado de la provincia. Esta teoría es esbozada por algunos dirigentes peronistas importantes.

Muy perverso debe ser un político para emplear semejante mecanismo en búsqueda de votos. ¿Pero si no es así? ¿Si el vandalismo que sufren los carteles partidarios termina en fenomenales peleas callejeras y hay vidas en peligro? ¿Si en la calle, la campaña sucia tiene efectivamente un correlato violento que los líderes partidarios no pueden controlar?

“Cuando los grandes dicen barbaridades, los más chicos se pelean”, razonó en este sentido un político veterano, que casi como todos los que se encuentran en actividad, recorrían en la tarde de este sábado las calles de los departamentos haciendo campaña para conseguir votos.

Para la polémica: hasta uno de los adolescentes cobistas que agredieron en Guaymallén fue sumado este sábado a una caminata de Cleto en Maipú, quien desde el minuto posterior a la agresión está muy atento a lo que le pasó al chico, pero que quizás debería haber preservado un poco más al joven en estas horas tensas.

Demoliendo carteles

¿No era de esperar el arribo de la violencia a la campaña? Desde hace semanas, la “campaña sucia” asoma en todas las calles de Mendoza. Y está encarnada en ámbitos institucionales, como la propia Legislatura.

El clima general da para lo que ocurrió y para que pasen cosas peores aún.

La innovación de las pegatinas sobre los carteles de los candidatos con leyendas del tipo “Jaque miente” o “Cobos traidor” fue uno de las muestras. Después vino la destrucción lisa y llana de la cartelería partidaria en varios lugares.

Esta semana, el cobismo salió a denunciar que la rotura de carteles es apañada por la cúpula del PJ. “En Las Heras, de donde es el jefe de la campaña, arrasaron con todos nuestros carteles. Una cosa así no puede pasar sin que el partido lo sepa”, dijo un hombre de Cobos.

Pero, al parecer, la oposición también ha hecho cosas parecidas. El intendente de Guaymallén, Alejandro Abraham, le reprochó en estos días a un concejal radical la vandalización de cientos de carteles del peronismo en el Acceso Este. “Teníamos carteles en los postes desde la bajada del Carrefour hasta la Costanera, pero nos han quedado nada más que hasta el Cóndor”, señaló Abraham.

El ataque contra los carteles de los candidatos resulta una afrenta mayor en una campaña dominada por la imagen y muda respecto de propuestas e ideas. Por eso está allí, en el supremo valor de la imagen, el germen de la violencia física entre las personas. Y por eso, quizás, el ataque a los chicos en Guaymallén finalizó con una remera del cobismo tajeada y en manos del "enemigo", como si se tratara de un trofeo de guerra.

Más allá de que los preocupantes síntomas de lo que está ocurriendo en Mendoza sean sociales y obliguen a todos los políticos a reflexionar, el intendente de Guaymallén sabe que está en el foco de la tormenta por el caso de los chicos cobistas y por ahora no esconde el cuerpo.

“Si los que hicieron esto son empleados de la comuna, los voy a echar a patadas”, le dijo Abraham al padre de uno de los adolescentes el viernes a la noche, apenas se enteró del hecho y de las especulaciones que se tejían.

“Pero ojo –aclaró al día siguiente, en conversación con este periodista-, que en Guaymallén hay tantos empleados del peronismo, como del radicalismo y los gansos”.

Continuó Abraham: “No tengo información precisa todavía de lo que pasó. Si de la investigación policial resulta que es un empleado municipal, seguro que le voy a hacer un sumario. Pero de lo que hemos averiguado, no surge que (los agresores) sean militantes del PJ. No es normal lo que ha pasado. Nunca ha ocurrido un hecho así, aún en campañas más duras que esta”.

En este punto, hubo que decirle al intendente que la campaña actual es bastante belicosa. Pero Abraham insistió: “Aquí, en Guaymallén, no ha habido campaña sucia y la convivencia es bastante sana. Ni "Jaque miente", ni ninguna de esas cosas han ocurrido. Esto me sorprende mucho. Me llama la atención, porque nos conocemos todos”, afirmó, abriendo paso a todo tipo de especulaciones.

El estado de las cosas

Ahí han quedado las cosas. Que la violencia haya pasado a ser la estrella de la campaña es lo único que le faltaba a un proceso electoral frío para el ciudadano común, que no levanta, a pesar de la cercanía del comicio.

Parecía que el desinterés ciudadano y el vacío de propuestas de los candidatos era lo peor que podía pasar camino a las elecciones. Pero, lamentablemente, cosas más graves pueden ocurrir.

Habría sido bueno para este columnista haber abordado el análisis de hechos políticos relevantes y polémicos de la semana, como la fuerte embestida del intendente de la Capital, Víctor Fayad, contra Julio Cobos; y la respuesta del cobismo, que ya acusa sin rodeos al Viti de haber acordado este ataque con el jaquismo a cambio de fondos frescos para su comuna.

También, la sutil forma de acercarse a la campaña de Jaque en los últimos días y ciertos sondeos esperanzadores para el gobernador, que hablan de un pequeño repunte de su imagen.

Si no fuera que por estas horas conviene dejar esos asuntos de lado y pedir desde estas líneas, antes que nada, que de aquí al 28 de junio no haya que contar absurdas víctimas de una contienda política más.