Notas
Libro de viaje de cinco argentinas en Viña del Mar
Tres cordobesas y dos mendocinas salieron de vacaciones. Sufrieron vicisitudes, gozaron de la buena gastronomía, recorrieron la vida nocturna y hasta compararon al hombre chileno con el argentino. "Reñaca no es sólo un lugar para adolescentes", criticaron.
Ana, Belén y Silvia, viven en la provincia de Córdoba y Fernanda e Ivana en Mendoza. La primeras tres son de “Córdoba Capital”, aclaran. Las mendocinas, una es de la Ciudad de Mendoza y la que luce un rostro aniñado es oriunda de San Martín: “Trabajo en el Hospital Perrupato”, dice mientras le brillan los ojos por el orgullo que siente al prestar servicios hacia la comunidad.
Fernanda, también trabaja en “en el área de Acción Social, pero de la Municipalidad de la Capital”, aclara la “casi sicóloga”. Ivana ya es sicóloga y atiende a sus pacientes en el hospital regional que se encarga de los casos de los departamentos de La Paz, Santa Rosa, Rivadavia, Junín y San Martín.
Llevan seis días en Reñaca y las mendocinas parten hoy viernes rumbo a Mendoza. La cordobesas, de profesión abogadas, seguirán el periplo turístico por Santiago de Chile. “Queremos seguir conociendo Chile, yo ya lo conocía, ellas es la primera vez que vienen”, dice señalando a Belén y Silvia.
Ana es la vocera natural del grupo y quien más se juega con los comentarios. Las mendocinas acompañan los comentarios de Ana aunque, como todas las mendocinas, miden cada palabra que emiten, sobre todo ante un periodista que recién conocen. A diferencia de las cordobesas, ellas miran el detalle, cómo este cronista mueve las manos, qué hace con la cámara de fotos, qué tipo de preguntas les hace y hasta en la forma en que mira a cada una. Lo que no tienen de extrovertidas lo tienen de analistas que son.
Fernanda es un poco más seria que Ivana. Si bien todas ríen, quien pone freno a los comentarios de Ana es Fernanda: “No hablés mal del hotel, por lo menos hasta que nos vayamos”, dice y Ana toma el consejo y ríe, como buena cordobesa, simpática, aunque no le gusta que la maltraten, sobre todo cuando ha pagado por anticipado con un servicio.
“El 27 de enero nos vamos para Santiago de Chile. Queremos seguir haciendo un poco más de turismo cultural”, dice mientras mira de reojo a sus compañeras. Silvia, de minifaldas, tapa su boca y no evita la sonrisa marcada, bien marcada, por los comentarios en todo desafiante que entrega Ana.
“Bueno, hemos tenido algunos inconvenientes con los servicios que esperábamos”, dice Ana. La queja está fundada en algo que muchos turistas argentinos han sufrido debido a la gran demanda de servicios de esta temporada y por el ansia de seguir vendiendo de los chilenos. Por caso, las cinco chicas, muertas de risa, cuentan lo que vivieron los dos primeros días en Reñaca.
“A nosotras nos habían mostrado una habitación que cuando llegamos no era tal. Te imaginás la cara que teníamos. Estuvimos dos días llendo y viniendo de habitación en habitación”, informa Silvia.
“El problema es que quienes estaban ya en la habitación que nos correspondía, decidieron quedarse dos días más y a nosotras nos quisieron, en principio, acomodar en un lugar que no era el esperado. Era feo y nos quejamos”, completa Belén.
“El asunto fue que cuando les dijimos que éramos abogadas todo cambió porque hasta ese momento el encargado nos decía que la habitación que nos había tocado era la única que tenía para nosotras. Mirá, después de que le dijimos que éramos abogadas, el tipo empezó a buscar soluciones y afortunadamente, dos días después, nos dio lo prometido”, cuenta Ana muy animada ante la mirada atenta del resto del grupo.
Sin embargo no todo fue una mala experiencia para las argentinas: “Ah, eso sí, la gastronomía es muy, muy buena. La verdad es que se las aconsejo a cualquiera. Platos muy abundantes y ricos. Y el vino chileno es de primera”, confiesa.
A la hora de disfrutar vinos, las chicas aprovecharon la experiencia de país vitivinícola de la República de Chile, y gozaron sensorialmente “un Chardonnay, un Sauvignon Blanc y varios tintos”, ventila orgullosa de sus conocimientos sobre la milenaria bebida.
Pero la crítica volvió a estar presente en la entrevista cuando repasaron lo vivido durante sus salidas nocturnas.
“Acá el chileno sigue muy pegado con la música vieja, viejísima”, analiza mientras mueve la mano haciendo rulos en el aire hacia atrás. Se arquea en la silla y prosigue: “Mucho Leonardo Fabio, mucho Leo Dan, mucho de Sandro. Está bueno pero, por favor, muchachos actualícense y pongan algo con un poquito más de onda”, reclama dulcemente mientras algunas de sus amigas casi lloran de la risa.
“Porque, o es un extremo o el otro. Reñaca parece que en la noche es sólo para los pibes. ¿Y para nosotras de treinta qué? Nosotras también queremos bailar y divertirnos. Sino, puro karaoke, puro karaoke”, se queja ante la mirada casi atónida de Silvia que no deja de sonreír.
“Una noche salimos a Viña a bailar”, introduce Ana y las demás se miran como censurando la parte que viene. “Fuimos a bailar y sólo dos de nosotras salieron a bailar con chicos”. En ese momento todas llevan sus manos al rostro y Fernanda mira a través de los dedos de su mano derecha. “Una bailó con un chileno y otra con un argentino”, dice sin identificar.
“Lo que me impresionó es que el chileno es muy caballero”, confiesa Silvia y se manda al frente solita. Aunque no lo revelan, es evidente que Silvia es quien bailo con el chileno, pero nunca se supo quién bailó con el argentino.
“El argentino es muy mentiroso”, considera Ana al momento de comparar chilenos con argentinos. “Pero para divertirse seguramente elijo a un argentino”, dispara y la compañía femenina rompe en una carcajada. Ana ríe y no se pone colorada. Claro, es cordobesa y la personalidad jocosa no la abandona nunca.
“El chileno no es tan histriónico”, completa luciendo su inteligencia la aniñada Ivana, la sicóloga vestida con vestidito sutil y sencillo color rosa viejo que le sienta muy bien.
Para el ritual rítmico que celebraron en Viña, las chicas elijieron “Tutix”, según Ana.
“El 27 de enero nos vamos para Santiago de Chile. Queremos seguir haciendo un poco más de turismo cultural”, dice mientras mira de reojo a sus compañeras. Silvia, de minifaldas, tapa su boca y no evita la sonrisa marcada, bien marcada, por los comentarios en todo desafiante que entrega Ana.
“Bueno, hemos tenido algunos inconvenientes con los servicios que esperábamos”, dice Ana. La queja está fundada en algo que muchos turistas argentinos han sufrido debido a la gran demanda de servicios de esta temporada y por el ansia de seguir vendiendo de los chilenos. Por caso, las cinco chicas, muertas de risa, cuentan lo que vivieron los dos primeros días en Reñaca.
“A nosotras nos habían mostrado una habitación que cuando llegamos no era tal. Te imaginás la cara que teníamos. Estuvimos dos días llendo y viniendo de habitación en habitación”, informa Silvia.
“El problema es que quienes estaban ya en la habitación que nos correspondía, decidieron quedarse dos días más y a nosotras nos quisieron, en principio, acomodar en un lugar que no era el esperado. Era feo y nos quejamos”, completa Belén.
“El asunto fue que cuando les dijimos que éramos abogadas todo cambió porque hasta ese momento el encargado nos decía que la habitación que nos había tocado era la única que tenía para nosotras. Mirá, después de que le dijimos que éramos abogadas, el tipo empezó a buscar soluciones y afortunadamente, dos días después, nos dio lo prometido”, cuenta Ana muy animada ante la mirada atenta del resto del grupo.
Sin embargo no todo fue una mala experiencia para las argentinas: “Ah, eso sí, la gastronomía es muy, muy buena. La verdad es que se las aconsejo a cualquiera. Platos muy abundantes y ricos. Y el vino chileno es de primera”, confiesa.
A la hora de disfrutar vinos, las chicas aprovecharon la experiencia de país vitivinícola de la República de Chile, y gozaron sensorialmente “un Chardonnay, un Sauvignon Blanc y varios tintos”, ventila orgullosa de sus conocimientos sobre la milenaria bebida.
Pero la crítica volvió a estar presente en la entrevista cuando repasaron lo vivido durante sus salidas nocturnas.
“Acá el chileno sigue muy pegado con la música vieja, viejísima”, analiza mientras mueve la mano haciendo rulos en el aire hacia atrás. Se arquea en la silla y prosigue: “Mucho Leonardo Fabio, mucho Leo Dan, mucho de Sandro. Está bueno pero, por favor, muchachos actualícense y pongan algo con un poquito más de onda”, reclama dulcemente mientras algunas de sus amigas casi lloran de la risa.
“Porque, o es un extremo o el otro. Reñaca parece que en la noche es sólo para los pibes. ¿Y para nosotras de treinta qué? Nosotras también queremos bailar y divertirnos. Sino, puro karaoke, puro karaoke”, se queja ante la mirada casi atónida de Silvia que no deja de sonreír.
“Una noche salimos a Viña a bailar”, introduce Ana y las demás se miran como censurando la parte que viene. “Fuimos a bailar y sólo dos de nosotras salieron a bailar con chicos”. En ese momento todas llevan sus manos al rostro y Fernanda mira a través de los dedos de su mano derecha. “Una bailó con un chileno y otra con un argentino”, dice sin identificar.
“Lo que me impresionó es que el chileno es muy caballero”, confiesa Silvia y se manda al frente solita. Aunque no lo revelan, es evidente que Silvia es quien bailo con el chileno, pero nunca se supo quién bailó con el argentino.
“El argentino es muy mentiroso”, considera Ana al momento de comparar chilenos con argentinos. “Pero para divertirse seguramente elijo a un argentino”, dispara y la compañía femenina rompe en una carcajada. Ana ríe y no se pone colorada. Claro, es cordobesa y la personalidad jocosa no la abandona nunca.
“El chileno no es tan histriónico”, completa luciendo su inteligencia la aniñada Ivana, la sicóloga vestida con vestidito sutil y sencillo color rosa viejo que le sienta muy bien.
Para el ritual rítmico que celebraron en Viña, las chicas elijieron “Tutix”, según Ana.