Notas
Reñaca a full: Sol, 27 grados, brisa marina y mucha piel
Muchos primero fueron a misa en la Iglesia de San Expedito, el santo de las causas urgentes. Antes del mediodía, casi los mismos personajes que durante la tarde fríen sus pieles bajo el sol de Reñaca, antes participaron del ritual religioso tal vez con la intención de descargar culpas asumidas en las últimas horas.
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Vilma de Vila, Marcela Sinatra de Pérez y Adriana Vila, tres hermosas mujeres bajo los efectos del Sol.
Muchas poses, posiciones provocativas de esbeltas señoritas, son el principal blanco de los fisgones de alto cuño que merodean grupos de mujeres solas. No importa la edad. Sí la intención de ser deseable y de saciar la sed de alguna conquista.
En el medio, familias enteras se divierten con el show gratuito al que asisten. Hasta los niños se dan cuenta en su inocencia que algo está pasando. El aire está cubierto de “chamullo” y todos aceptan las reglas del verano. Un levante por aquí, un rebote por allá, un compromiso para la noche que tal vez –o no- se cumpla en la disco de moda.
Mientras algún padre juega con sus hijos, mira de reojo. La madre no se pierde nada, mira lo que ve su marido sin que se de cuenta y de paso repasa los músculos del muchacho que pasa por enfrente. El muchacho sube los anteojos y la mira. La señora inmediatamente quita la mirada y se retira del juego. No da para tanto.
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Eduardo Vila, Tomasito Vila y un impostergable juego de paleta.
Cerveza. Muchos toman cerveza en la playa. ¿Quién dijo que en Chile está prohibido beber alcohol bajo la mirada austera de los Carabineros? Serán cosas del pasado. En Reñaca 2009 parece estar todo permitido, menos la desnudez y la droga, todo vale para pasarla bien.
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Los chicos, los niños, son el placer para quien mira con atención. Se mueven y juegan con tanta gracilidad que da envidia. Corren y se entretienen con unos centímetros de arena y con poco agua. Ríen sólo porque se miran y gritan cuando viene la ola. Castillos, rutas imaginarias, pendientes y colinas, algunos juegan al Dakar y son ganadores. Todos ganan, hasta el que salió perdiendo. El premio, unos helados que reparte una chiquilla rubia, con la nariz colorada a más no poder.
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Del lado de la no inocencia, el sexo está presente y las caricias suben de volumen como la música que han dispuesto las discos que ordenaron acercar los parlantes hasta la playa, con el fin de seguir seduciendo con imbatibles promociones. Lo demás, es casi todo real. Al menos el gran salto que en el aire da un adolescente que grita: “Campeón mundial, soy el campeón mundial”.



