Notas
Bienvenidos a Chile, si es que trae monedas
En el paso Los Libertadores el baño no es público, según un funcionario de la Aduana de Chile. Mejor dicho, es público pero hay que pagar en forma obligatoria. Cuidado, si no tiene monedas y busca un lugar discreto en la montaña, puede ir preso.
Dos y cuarenta de la mañana ya del día sábado 17 de enero. En el paso fronterizo Los Libertadores, entrada desde Mendoza a la República de Chile, se disfruta de una temperatura muy agradable y el ánimo de los pasajeros mendocinos y sanjuaninos cuyo destino final era Viña del Mar era el típico de un reciente trabajador transformado en turista.
Apuntando a la gran entrada de vehículos de la Aduana chilena, se habían formado dos grandes filas de motores en marcha. Unos diez colectivos de doble piso esperaban el turno para comenzar el trámite e ingresar al país trasandino. La segunda cola era la correspondiente a los autos, desde donde descendían los tripulantes para estirar las piernas y respirar un poco el aire nocturno de la Cordillera de Los Andes.
El atento auxiliar del colectivo subió hasta el piso superior y les habló a los pasajeros: “Por favor, vamos a bajar unos minutos con el fin de que vayan al baño y les pido por favor que regresen al instante para que no nos demoremos cuando nos toque ingresar a hacer aduana”.
Uno a uno los pasajeros fueron descendiendo, en orden, con la consigna presente de no demorarse demasiado.
Ya en la calzada de la ruta internacional, los viajeros rodearon el colectivo por su parte derecha y cruzaron frente a las luces de posición encendidas a esa hora de la noche.
En dirección Sur, a unos 15 metros, se erigía una curiosa y raída construcción sobre la cual, en uno de sus paredones, el que apunta hacia la Argentina, lucía el urgente mensaje: “Baños”.
Hacia allí los recién despabilados se dirigieron como hormigas y tras sortear algunas piedras grandes sueltas que se encontraban en el camino comenzaron a ingresar, siempre en orden, en la construcción que ya desde su entrada olía mal.
Flechas indicando el lugar de los baños de varones y de mujeres dividieron a la concurrencia en dos nuevas filas. A la derecha ellas, a la izquierda los hombres.
Antes de ingresar se encontraron una señora que de muy mal humor cobraba a los visitantes unos 200 pesos chilenos, algo más que un peso. Lo curioso es que el cobro era realizado en forma compulsiva, no había un plan B. No era un asunto de colaboración, como dicen en la Terminal de Ómnibus de Mendoza.
“Joven, tiene que pagar. Para usar el baño tiene que pagar”, gritó la señora que flanqueaba el pasillo de entrada a ambos baños.
El joven, que a esa hora de la noche no deseaba discutir con la señora, salió de la sucia construcción y buscó un lugar discreto al amparo de la cordillera para orinar bajo las estrellas.
Ya fuera del espantoso lugar para evacuar necesidades inmediatas o en muchos casos urgentes, sobre el costado izquierdo del colectivo de línea, a la altura de la cabina de los conductores, un animado funcionario de la Aduana de Chile conversaba con los choferes y la pregunta no se hizo esperar.
-¿Señor, los baños son públicos?, preguntó el joven con ánimo de informarse.
-Si señor, contestó el personal de aduana.
-Pero cobran..., completó el viajero.
-Es que aquí en Chile todos pagamos, dijo en un tono que casi rayó la xenofobia.
-Pero entonces no son públicos, remarcó el muchacho.
-¿Usted acaso cuando tiene ganas de orinar se mete en el baño del vecino?, repreguntó ya molesto el aduanero.
-Pero no existe una alternativa más que buscar un lugar entre la montaña, dijo desanimado el mendocino.
-Ustedes en Argentina están acostumbrados a hacer lo que quieren. Aquí en Chile se paga por todo y si lo encuentran orinando por ahí lo van a meter preso porque es una ofensa de carácter público, impeló finalmente el funcionario chileno.
En dirección Sur, a unos 15 metros, se erigía una curiosa y raída construcción sobre la cual, en uno de sus paredones, el que apunta hacia la Argentina, lucía el urgente mensaje: “Baños”.
Hacia allí los recién despabilados se dirigieron como hormigas y tras sortear algunas piedras grandes sueltas que se encontraban en el camino comenzaron a ingresar, siempre en orden, en la construcción que ya desde su entrada olía mal.
Flechas indicando el lugar de los baños de varones y de mujeres dividieron a la concurrencia en dos nuevas filas. A la derecha ellas, a la izquierda los hombres.
Antes de ingresar se encontraron una señora que de muy mal humor cobraba a los visitantes unos 200 pesos chilenos, algo más que un peso. Lo curioso es que el cobro era realizado en forma compulsiva, no había un plan B. No era un asunto de colaboración, como dicen en la Terminal de Ómnibus de Mendoza.
“Joven, tiene que pagar. Para usar el baño tiene que pagar”, gritó la señora que flanqueaba el pasillo de entrada a ambos baños.
El joven, que a esa hora de la noche no deseaba discutir con la señora, salió de la sucia construcción y buscó un lugar discreto al amparo de la cordillera para orinar bajo las estrellas.
Ya fuera del espantoso lugar para evacuar necesidades inmediatas o en muchos casos urgentes, sobre el costado izquierdo del colectivo de línea, a la altura de la cabina de los conductores, un animado funcionario de la Aduana de Chile conversaba con los choferes y la pregunta no se hizo esperar.
-¿Señor, los baños son públicos?, preguntó el joven con ánimo de informarse.
-Si señor, contestó el personal de aduana.
-Pero cobran..., completó el viajero.
-Es que aquí en Chile todos pagamos, dijo en un tono que casi rayó la xenofobia.
-Pero entonces no son públicos, remarcó el muchacho.
-¿Usted acaso cuando tiene ganas de orinar se mete en el baño del vecino?, repreguntó ya molesto el aduanero.
-Pero no existe una alternativa más que buscar un lugar entre la montaña, dijo desanimado el mendocino.
-Ustedes en Argentina están acostumbrados a hacer lo que quieren. Aquí en Chile se paga por todo y si lo encuentran orinando por ahí lo van a meter preso porque es una ofensa de carácter público, impeló finalmente el funcionario chileno.