Notas
Toda una vida sin escuchar
Ileana, Luis, Mariana y Manuel Alberto se sentaron conmigo en un aula de la escuela Pavón de Ciudad. Me miraban atentos esperando que yo iniciara la charla con algunas preguntas. Traté de hablar pausado y fundamentalmente traté de ser clara, entonces les expliqué el objetivo de mi nota. Los cuatro se acomodaron en sus sillas y asintieron.
Él me contó que a los 4 años dejó de escuchar y nunca pudieron saber bien porqué. Varios médicos lo revisaron pero poco le dijeron al respecto.
Tuvieron que pasar dos años hasta que pudiera tener (a préstamo) un audífono. “Ese día no pude ni siquiera dormir –dijo emocionado- fue hermoso, por fin lograba escuchar los sonidos ambientales, los pajaritos, la conversación de mis padres dejó de ser sólo una imagen. Pude unir por primera vez el sonido con la vista”.
El joven ama y admira a su padre, aunque afirma que no quiere trabajar como su padre, porque trabaja “a puro sol”, el joven quiere ser contador y estar en un lugar “más fresquito”.
-¿Qué es lo que más disfrutás al poder escuchar?
-Mi independencia, ahora tengo más control en mi vida.
El caso de Ileana Velázquez es más grave, ella padece una sordera profunda (no escucha nada de nada) debido a que cuando tenía 2 años padeció meningitis. Ahora con 36 años, está casada con Diego, que también es sordo y es profesora de plástica.
Recién a los 13 años se le hizo un implante coclear, fue la primera operación de ese tipo que se realizaba en Mendoza. Desde ese momento su vida cambió, “comencé a escuchar todo, los ruidos de la calle, los sonidos de mi casa…”. Hasta que un día, no hace mucho, fue víctima de la delincuencia y mientras caminaba por una calle le robaron el transmisor de su implante, los delincuentes confundieron el pequeño aparato con un MP3.
El día que Ileana vivió esta dramática experiencia fue terrible, “llamé a la policía, dijo con dificultad, no me entendían, quise explicarles y me miraban como si estuviera loca, estaba re nerviosa y no podía hacerme entender, (en ese momento Ileana se tiró de los pelos, para tratar de hacerme comprender su desesperación) hasta que me dieron un papel y les escribí todo lo que me había sucedido. Pero después de eso nada pasó”.
Por el costo del aparato, todavía no ha podido reemplazar el instrumento y hoy escucha con mucha dificultad.
La historia de Manuel Alberto González (24), es diferente, a penas llegamos a la escuela nos contó de sus trabajos. Primero armando cajas para paneles eléctricos en el cual sólo le pagaban $65 por semana y ahora, como técnico especialista en el arreglo de cintas para correr de los gimnasios.
Manuel se recibió de Técnico Electrónico con orientación en antenas en Mendoza, y se puede decir que su maestra integradora, Iris Maldonado, hizo su carrera con él.
Iris ayudó a Manuel y a otros dos compañeros hipoacúsicos a integrarse en las clases del Instituto Capitán Daniel Manzotti. Habló con los profesores y les indicó cómo hacer para que los chicos pudieran entender las complejas instrucciones de la carrera.
Así lo hicieron. Pusieron papelitos con la denominación de todas las herramientas, para que Manuel pudiera, visualmente, adquirir los conocimientos. Pero la cosa se complicó cuando algunas palabras abstractas no fueron entendidas por los alumnos especiales. “tuvimos que reestructura todo –contó Iris—hablamos con la asociación de sordos en Mendoza y desde allí nos sugirieron que fueran los mismos chicos los que “crearan” el lenguaje de señas, para denominar cosas como “resistencia”, “diodo”, “reactancia”, etc. “Eran palabras que no salían del plano concreto y no se podían abstraer”, continuó diciendo la docente.
Padecer de una discapacidad tiene aspectos positivos y negativos. Para Manuel, es positivo desde el punto de vista que se percibe la realidad con mayores detalles, pero es negativo porque la sociedad no está acostumbrada a tratar con personas discapacitadas.
“Una vez a me detuvo la policía en el Parque O´Higgins- dijo Manuel- yo intenté explicarles que no podía escuchar, pero no me entendieron. Me dieron vuelta y estaban por ponerme las esposas, pero por suerte un amigo pasó y al verme en esa situación, les dijo a los policías que era sordo. Gracias a eso me liberaron, pero la verdad es que me asusté mucho”.
Mariana Martínez (35), también debió tolerar la falta de asistencia para hipoacúsicos en las oficinas públicas. Cuando estaba realizando el trámite para obtener su licencia de conducir, en los formularios figuraba la opción de “sordo-muda”, pero no sólo de “sordo”. Ella se molestó mucho cuando el empleado no quiso entender su postura, pero no tuvo alternativas.
Mariana también está casada y tiene una hija de 2 años, que es oyente. Hoy esta joven mamá es una auxiliar “importantísima” (según sus colegas docentes integradoras) para enseñar a los chicos sordos. “Ella les explica a los chicos, desde la base de su propia experiencia, dijo una docente auxiliar. Temas simples como explicar el razonamiento de una operación de sustracción, es complicada para una persona no oyente, sin embargo ella lo hace fácil”.
Sin embargo, la falta de una definición en la Dirección General de Escuelas sobre la figura del auxiliar docente, hace que hoy Mariana “figure” en los libros como celadora.