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El daño es irreparable, pero el festival de secretos valió la pena
Los dilemas éticos sobre las publicaciones de Wikileaks y la utilización que los medios hacemos de ello. Tapar el sol con la mano, versus la velocidad de la información.
Pasaron algunos días, bajó un poco la espuma y ahora sabemos de qué se trata. Unos diplomáticos de los Estados Unidos diseminados por todo el mundo le transmitieron al Departamento de Estado todo tipo de chismes por decenas de miles, algunos de baja factura, otros no, y unos cuántos secretos sensibles. Y así, por obra y gracia de un chico de infancia tortuosa que ingresaba a su trabajo militar simulando escuchar Lady Gaga, pero que accedía 14 horas diarias a unos servidores con los secretos más sabrosos del mundo, pudimos descubrir la gran hipocresía universal y el enorme cúmulo de falsedades y mentiras en que se desarrollan las relaciones entre los países. Para ello, contó con la inapreciable colaboración de Wikileaks y de su editor no convencional, y de cinco de los diarios más prestigiosos del mundo, comandados por sus editores cortados con las tijeras sanas del periodismo serio.
Todo el mundo miente y simula, según los cables de Wikileaks. Berlusconi vive de fiesta y no puede ni atender una llamada, Afganistán, Marruecos, China, son enormes fuentes de corrupción, los fondos de los Kirchner son sospechosos como buena parte de la obra pública que han hecho, los fiscales y jueces españoles son permeables a las sugerencias de la diplomacia americana, el ejército mexicano no puede contra los narcos, y Bachelet habló mal de Cristina.
Todo el mundo miente y simula. No es esa la novedad. La noticia es otra: “El efecto benéfico de esta publicación es que la gente ahora sabe en qué andan los gobernantes. Los gobiernos deben trabajar primero para sus conciudadanos, para los gobernados” dice con lógica de hierro el catedrático Carlos Espósito, profesor universitario de Derecho Público Internacional en España, a quien entrevistamos hace algunas horas.
Ahora sabemos de qué viene el asunto. Y la diplomacia deberá mejorar, como mejorarán sin duda la calidad de las relaciones entre los países, dice también Espósito, a quien podrán leer el domingo en una entrevista completa en MDZ Online.
Otra certeza: el mundo cambió para siempre. El sismo que sacudió el planeta ha dejado las cosas de manera tal que ya nada volverá a ser lo mismo. El viaje de Hillary por el concierto de países amigos logrará que la diplomacia absorba el papelón enorme que ha sufrido. Aun así el daño es irreparable. El ciudadano común, el que vota aquí o en España, Alemania o Estados Unidos, Chile, y en todos los países en los que el hombre es libre y puede votar, ya sabe que sus destinos están conducidos por políticos venales, corruptos en la mayoría de los casos, autoritarios, mentirosos, y que la mayor parte del tiempo simulan lo que no son y gestionan sus gobiernos en función de intereses sectoriales, o de grupos de poder. ¿Les suena la historia? Ello, cuando no utilizan asuntos que son sensibles a la población, para ganar posiciones. Basta el ejemplo argentino para entenderlo: El ex canciller Taiana le dijo al entonces embajador estadounidense Anthony Wayne que una protesta argentina sobre Malvinas se debía a un problema de agenda electoral interna. “Si leen el reclamo cuidadosamente, verán que nuestro lenguaje respeta todas las provisiones del Tratado Antártico” le atribuyó el embajador Wayne a Taiana en su relato al Departamento de Estado.
Ahora el “mundo organizado” irá con todo lo que tiene tras Julian Assange y su sitio Wikileaks, que deberá cambiar de servidores cada tanto. Y él irá preso, a no dudarlo, si es que tiene suerte y no lo matan. Será otro ejemplo de castigo al mensajero, tan habitual en la historia de la humanidad desde que los reyes hacían ejecutar a los portadores de malas noticias. Pero no se puede tapar el sol con la mano, como les decimos todo el tiempo a los políticos que intentan que tal o cual noticia no se publique, o se haga de una manera más piadosa. A la larga, esa práctica se terminará volviendo contra quienes las admiten, porque –ya sabemos- la información viaja a una velocidad que no se puede controlar. No depende ya de los periodistas, ni de la política, ni de las empresas editoras, sino del ser humano que está al otro lado de la pantalla de manera activa, buscando y opinando, encontrando y compartiendo. Ese es el nuevo mundo de la información.
El poder miente y simula. No es novedad. La noticia es diferente, y dice que gracias a la tecnología, Internet, las redes sociales y un tipo con el suficiente grado de valentía, o de locura, millones de personas en todo el planeta han descubierto que nos están tomando el pelo la mayor parte del tiempo. Y eso que aun no hemos visto nada, apenas una ínfima porción de los 255.000 cables que están analizando The New York Times, El País, Der Spiegel, Le Monde y The Guardian. La sociedad entre los editores serios y Julian Assagne, el director de Wikileaks, ha sido una verdadera bomba que aun no explota en todo su poder.
Tardará mucho tiempo el mundo en saldar un dilema ético. ¿Está bien haberse enterado de todo esto, cometiendo originalmente el delito de robo? Sólo el haberle transferido a la humanidad este festín de secretos valió la pena. Ahora los gobiernos deberán ser menos hipócritas, decir un poco más de la verdad, y cuidarse en sus actos. Alguien, en cada país, en cada hogar, detrás de cada computadora, los está mirando.
Ahora el “mundo organizado” irá con todo lo que tiene tras Julian Assange y su sitio Wikileaks, que deberá cambiar de servidores cada tanto. Y él irá preso, a no dudarlo, si es que tiene suerte y no lo matan. Será otro ejemplo de castigo al mensajero, tan habitual en la historia de la humanidad desde que los reyes hacían ejecutar a los portadores de malas noticias. Pero no se puede tapar el sol con la mano, como les decimos todo el tiempo a los políticos que intentan que tal o cual noticia no se publique, o se haga de una manera más piadosa. A la larga, esa práctica se terminará volviendo contra quienes las admiten, porque –ya sabemos- la información viaja a una velocidad que no se puede controlar. No depende ya de los periodistas, ni de la política, ni de las empresas editoras, sino del ser humano que está al otro lado de la pantalla de manera activa, buscando y opinando, encontrando y compartiendo. Ese es el nuevo mundo de la información.
El poder miente y simula. No es novedad. La noticia es diferente, y dice que gracias a la tecnología, Internet, las redes sociales y un tipo con el suficiente grado de valentía, o de locura, millones de personas en todo el planeta han descubierto que nos están tomando el pelo la mayor parte del tiempo. Y eso que aun no hemos visto nada, apenas una ínfima porción de los 255.000 cables que están analizando The New York Times, El País, Der Spiegel, Le Monde y The Guardian. La sociedad entre los editores serios y Julian Assagne, el director de Wikileaks, ha sido una verdadera bomba que aun no explota en todo su poder.
Tardará mucho tiempo el mundo en saldar un dilema ético. ¿Está bien haberse enterado de todo esto, cometiendo originalmente el delito de robo? Sólo el haberle transferido a la humanidad este festín de secretos valió la pena. Ahora los gobiernos deberán ser menos hipócritas, decir un poco más de la verdad, y cuidarse en sus actos. Alguien, en cada país, en cada hogar, detrás de cada computadora, los está mirando.