ver más

Las ideas no se matan, se escriben, cambian, se degradan, se apropian, se aceleran

La famosa frase "las ideas no se matan" que inmortalizó Sarmiento antes de su exilio, la escribió en francés, para que sus opositores tuvieran que traducirla.


Según versiones históricas, el Padre del Aula, escribió con carbón: on ne tue point les idées, lo que traducido al castellano da por resultado aquello de que las ideas no se matan, o sea, nada tan inmortal como las ideas aunque los autores irremediablemente fenezcan.

Este hecho que data de 1840 fue en ocasión de su primer exilio, debido a la persecución por aquella otra grieta, la de unitarios y federales. Hay quienes sostienen que la escribió en lengua gala para que sus perseguidores tuvieran trabajo extra para traducirla. Una veleidad intelectual que resulta creíble. La otra versión es que, aunque no le dio el crédito a su autor, lo hizo en su lengua, ya que ese refrán pertenece al filósofo de la ilustración Denis Diderot, detalle menor cuando se trata de salvar el pellejo.

También la historia está supeditada a las preferencias

Toda pretensión de rigor implacable fracasa a poco de andar. Lo que para la Historia es vital, para los habitantes de a pie es insustancial y todo se reduce a lo que se recuerda. Síntesis posible de retener sin demasiado esfuerzo. Y esto no es nuevo. La adulteración en muchas ocasiones responde a decisiones de los propios protagonistas de la historia. En los registros civiles Domingo Faustino Sarmiento, no existió como tal. El personaje que hizo famosa aquella frase "las ideas no se matan", fue asentado como Faustino Valentín, y no sólo eso, el apellido era compuesto y -de no creer- era Quiroga Sarmiento, sí.

Así como esa rotunda frase no fue de su autoría aunque el relato se la atribuya, tampoco hizo mucho honor al concepto, el Chacho Peñaloza podría haber dado testimonio de esto que sostenemos, si no fuese porque el Gran Maestro mandó a degollarlo y exhibir su cabeza como trofeo amedrentador. Efectivamente, la idea no murió pero darle continuidad implicaba, al menos, una amenaza.

La escuela, un deteriorado espejo social

La Escuela, esa institución por la que tanto hizo y bregó Sarmiento, sigue siendo espejo de la sociedad, al menos en nuestro país. Por la -afortunada- obligatoriedad de asistencia; porque aún las hay gratuitas; porque es el segundo, cuando no el primer hogar, y porque en la Escuela, a chicos y chicas, les dan de comer, al cuerpo y al pensamiento.

La ciencia pudo corroborar lo que otras disciplinas sostienen desde siempre: la cognición y el afecto son indivisibles, y eso también es lo que hasta hoy garantiza la Escuela. El dato quizá más significativo en la actualidad es que tanto en las aulas como en los patios, en clases como en recreos, existe vinculación social en tres dimensiones. También hay que considerar que a propósito de la proliferación de pantallas individuales, de vidas simultáneas entre lo ambiental y lo digital, la Escuela ha perdido su rol protagónico como formadora intelectual y rectora de valores identitarios. Es un espejo que devuelve una imagen incompleta de la sociedad. El estímulo de mensajes, videos, Reels, juegos, luces, conspira con la necesaria atención, con la requerida concentración y con la indispensable reflexión. La tecnología de la comunicación y sus artefactos compiten de manera desleal con los modelos pedagógicos y los costos de esa transmisión de información es mucho más barata y asequible que edificios habitables, confortables, seguros.

La moda de la amenaza

La aparición de mensajes amenazantes en escuelas del país propiciaron medidas diversas, conductas informales y desconcierto. Resulta imposible ignorar una inscripción que promete dañar a estudiantes, por lo que se requiere de mejor conocimiento y dominio de los motivos que alientan una actitud de ese calibre, como también exige mejores respuestas y protocolos más aceitados. En cuando a los estímulos actuales para que jóvenes actúen de esa manera, basta con leer las redes sociales de dirigentes vernáculos y de otros países. La conmoción que despertó el presidente de la primera potencia mundial, un día cualquiera, ante una situación crítica, no ha sido anticipada ni por la literatura más bizarra ni por los humoristas más absurdos. Que el político de mayor incidencia en el Planeta comience con una cuenta regresiva y diga que a las horas, si un país soberano no se atiene a sus designios, acabará con toda una civilización, escapa a cualquier especulación sensata, pero terminamos agradeciendo a Dios o al azar que no haya prosperado su amenaza, esto describe la sutil frontera que existe entre la locura, la maldad y la estupidez, para lo cual aún no hay vacuna.

Vulnerabilidad adquirida

Así como el temor es un elemento de supervivencia y la temeridad es cuestión de héroes históricos o ídolos en la ficción, existen mecanismos de defensa, en el caso de las Escuelas, que hay que revisar y optimizar. Entre esos mecanismos hay uno que por sobreabundante pasa desapercibido: la comunicación. Clausurar edificios, no dictar clases, modificar sistemas de ingreso, llenar de policías los frentes de los colegios parece no ser la respuesta adecuada para un tipo de fenómeno que difícilmente no se repita. Como se supo, ese tipo de amenaza guarda estrecha relación con lo que transita en las redes sociales, canales de comunicación en los que nadie regula y la supervisión existente sólo está diseñada para atraer a más público a como dé lugar. Pues bien, con esos antecedentes bien vale instrumentar sistemas de comunicación fiables, efectivos y oficiales. Con mayor o menor penetración, aún rige un sistema de medios de comunicación, de gestión privada y de gestión estatal, regulados por autoridades federales , idóneos para transmitir aquello que no puede ingresar en el terreno de la preferencia o la especulación. Que la inasistencia masiva de alumnos obedezca a un auténtico temor por riesgos incalculables, nadie podrá cuestionarla, pero que no haya clases o que padres y madres no lleven a sus hijos al colegio por una comunicación apócrifa que aparece en redes sociales, es una inmejorable razón para que lo virtual reemplace definitivamente a lo que debemos defender, aunque suene en extremo dramático: al humano. Apenas una idea, que aún pobre y débil, no pretende suicidarse.