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Crónica de viaje II: una Navidad lejos de casa y una fiesta que abraza a todos

En CDMX una artista trans pide terminar con los transfemicidios a metros de un pesebre. En México la Navidad es una fiesta de todos. Crónica de cómo la ciudad se viste de Papá Noel.

Desde Ciudad de México, México

Nunca me gustó mucho la Navidad. Siempre sentí la obligación de ver a los familiares que no ves en todo el año porque no tenés mucho en común, o porque te llevás mal. Aunque también es un poco injusto porque mis padres siempre hicieron lo mejor para que en mi casa se pasen lindas fiestas. Pero a mí, sinceramente, nunca me motivó. De chico me acuerdo de mis amigos que presumían de pasar una Nochebuena con una veintena de familiares, miles de regalos. Siempre me pareció una falsedad.

En Ciudad de México se vive distinto. El jueves por la tarde llegué al Zócalo y al ratito se hizo de noche y se prendieron todas las luces y la decoración navideña que la alcaldía local, a cargo de Clara Brugada, puso a la disposición para que los chavos no sientan la indiferencia que sentí yo con esta fiesta. En los 46.800 metros cuadrados que integran esta plaza histórica, la Navidad se vive como una fiesta popular.

A metros de un pesebre, Luisa Almaguer, una artista trans sube al escenario y da un mensaje claro y contundente: "Si en México se consume casi el doble de porno trans que en el resto del mundo, ¿por qué es el tercer país donde más nos asesinan?", se pregunta. "Es hora de ver por qué nos quieren pero al oscurito", insiste. Su público la aplaude y la festeja, los que pasan por la feria de artesanías y alimentos que también está dentro del Zócalo la escuchan, algunos se ríen. Después habló en contra de la monogamia y de la heterosexualidad. "No hay que policiarnos los gustos, si nos parece atractivo, ya", dispara.

Todo esto ocurre muy cerca de una nueva recreación de la llegada del niño Jesús, con la Virgen María de custodio y a espaldas de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Nadie se escandaliza demasiado, no hay marchas en repudio, ni pedidos de censura. En México la Navidad es una fiesta popular, de todos y todas. El mensaje lo escuchan chicos y familias que fueron al Zócalo a esperar la Navidad. Miles de personas llegaron la noche del 19 de diciembre por las calles Francisco I Madero, 20 de noviembre y Corregidora.

Sigo caminando y veo que la fiesta también es de los vendedores ambulantes, de los que se disfrazan y piden una foto por una propina, de los que llevan su comida regional en una carpa o en una canasta, de los que venden globos, los que llevan sus artesanías, los que van con un palo de selfie que gira alrededor de una base para que todos tengan su video, los que venden coronas con luces, máscaras de Papá Noel y del Grinch, globos y lucecitas que vuelan por el aire. También festejan los que se paran debajo de una máquina que fabrica una especie de espuma seca que no moja pero recrea la nieve que cae en las navidades del hemisferio norte, región a la que México pertenece, sin el beneficio de pintarse de blanco cada 25 de diciembre.

En este país se estima que este año las ventas por la Navidad crecerán un 8,6% respecto al año anterior. Así esperan que circulen 560.800 millones de pesos mexicanos, unos 28 mil millones de dólares. Esto es casi la misma cantidad de dinero que importó Argentina, según el Centro de Economía Internacional (CEI), o la mitad de lo que Mauricio Macri le pidió prestado al Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2018. Claro, estos números solo pueden compararse al entender que México tiene 130 millones de habitantes y nuestro país unos 46 millones.

Miles de personas vivieron la víspera navideña en El Zócalo. Foto: Antonio Riccobene/MDZ

La dimensión del movimiento de mercado que genera la Navidad en la tierra del mole también se ve en las calles que rodean la emblemática plaza. En una cuadra de la calle Del Correo Mayor conté 42 puestos de venta. Esto incluye a los que tienen un local y a los que tiran una manta, llevan un carrito, una canasta, una bolsa o lo que fuera para vender sus productos. Uno de ellos me contó que también tienen que pagar por estar ahí.

Ese dinero que pagan por pararse ahí lo hacen valer, principalmente, cuando un hombre mayor, que intenta caminar entre la vereda, el cordón y los adoquines coloniales que pintan un paisaje colmado de vendedores, patea un árbol miniatura de Navidad. "Órale, viejo. Ahora vas a tener que pagar por eso que rompiste", le dijo el vendedor que antes de salir al cruce le dejó a su mujer el bebé que tenía en brazos, con un tono que daba a entender que si el dinero no aparecía, lo podía resolver de otra forma. "Yo no rompí nada, wey. Sólo camino por la calle", dijo y siguió caminando. El otro lo siguió y le insistió a los gritos, pero nunca se dio vuelta. Una vez Martín Caparrós definió estos movimientos urbanos como "la historia fantástica de cómo una ciudad cae en las fauces de sus propias criaturas rechazadas" y agregó: que también merecen una feliz Navidad.

Los vendedores ambulantes de comidas son alrededor de 16 mil en CDMX. Foto: Antonio Riccobene/MDZ

Se estima que en la Ciudad de México hay 133 mil vendedores ambulantes, que tienen alrededor de 45 años. El salario promedio de quienes salen a la calle a vender es de 5.300 pesos mexicanos para los hombres (unos 270 dólares) y en el caso de las mujeres, 3.390 pesos mexicanos (unos 170 dólares), según los datos del tercer trimestre de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de la capital. La gran mayoría, unos 64 mil, se dedican a la venta de alimentos.

En esta misma columna la semana pasada escribí que mi relación con el picante en los primeros días había mejorado. Debo decir que esa curva creciente de tolerancia se estancó. Sé que hay cosas picantes que puedo comer, como desayunar huevos revueltos con frijoles y chile, algo impensado cuando llegué a estas tierras. Pero todavía no deja de sorprenderme con picores que se me vuelven insoportables. En la feria de Navidad del Zócalo probé una salsa de zapallo y arándano que hizo un productor regional. Al principio me encantó, la textura, la combinación de sabores y la distinción de cada uno de ellos. Hasta pensé en comprar un frasco. Pero a los dos segundos empecé a sentir un ardor insoportable en los labios que se fue trasladando a la garganta. Ahí, en ese mismo instante en el que mis labios se convertían en lava volcánica, entendí que el picante, para los que tenemos baja tolerancia, es como una tragedia natural: se sabe cómo empieza, pero nunca se sabe cómo ni cuándo termina.