Bodega Bonsái: qué es y cómo nació esta especial forma de hacer vino en Mendoza
Cristian Moor y Teresita Barrio llevan adelante Moor Barrio, un proyecto muy especial dentro de la vitivinicultura argentina. La historia de la bodega.
Cristian Moor y Teresita Barrio, los enólogos detrás de la única bodega bonsái de Argentina.
Milagros Lostes - MDZAmor, familia, detalles y legado. Esos son los conceptos que pueden definir a la única bodega bonsái que existe dentro de la vitivinicultura argentina y Mendoza. Se trata del proyecto liderado por Cristian Moor y Teresita Barrio, quienes con su pasión por el vino elevaron la definición de bodega de garaje que existía en el país.
Se trata de algo realmente único porque el término fue acuñado por ellos mismos y registrado como una marca propia. Es que la idea tradicional de una bodega de garaje quizás no se adaptaba a ellos y su acotada y artesanal producción de poco más de 1.000 botellas por año no es comparable con lo que hoy conocemos como una bodega boutique.
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Ubicada en pleno distrito de Dorrego, en Guaymallén, recibieron a MDZ y en una entrevista contaron cómo el milenario arte bonsái, caracterizado por el extremo cuidado de los detalles, los inspiró en su proyecto. Además, hablaron de la ecuación económica de este tipo de bodegas, cómo combinan la dinámica familiar con la laboral y otros temas.
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-¿De qué se trata este concepto de bodega bonsái?
- Teresita Barrio (TB): Lo basamos en el arte milenario del bonsái, que es el cuidado detallado de un árbol para mantenerlo en un tamaño pequeño. Crece con el paso de los años, pero su dimensión se mantiene. Eso implica un trabajo de torsión del tronco y de poda, tanto de la parte aérea como de las raíces. Es un trabajo muy minucioso y detallado, del mismo modo en que nosotros hacemos nuestros vinos. Tenemos todo lo que tiene una bodega grande, pero en miniatura.
-¿Cómo es el trabajo que realizan para lograr eso?
- Cristian Moor (CM): Para hacer este tipo de árboles, cada corte tiene un porqué, está estudiado y analizado. Nosotros queremos comunicar justamente eso, dar a entender que cada paso que damos tiene una razón de ser. Cuando uno hace vino a pequeña escala, no hay margen de error. Si bien todo puede estar mucho más controlado, la realidad es que no hay lugar para equivocarse, porque hacemos apenas tres o cuatro barricas por año. Si una barrica tiene un problema, estamos perdiendo entre el 25% y el 30% de la producción, por lo que no podemos darnos el lujo de dejar nada al azar.
Esto tiene que ver con el cuidado permanente del viñedo. Vamos con mucha frecuencia a podar, desbrotar y deshojar; si hay que ralear, se ralea. Es decir, realizamos un trabajo muy importante en el viñedo, con un seguimiento extremadamente detallado.
Después, somos una familia la que trabaja acá. Como pueden ver, es una bodega familiar en la que solo trabajamos nosotros: primos, hermanos, todos en el patio de lo que era la casa de Tere cuando era soltera. Hacemos una selección minuciosa de los racimos y controlamos la temperatura, la humedad, la fermentación y cada uno de los movimientos que hay que realizar. Estamos todo el tiempo encima del vino para tratar de que se mantenga en las mejores condiciones posibles.
No existe el vino perfecto, eso está claro, pero sí existe una metodología y un conjunto de procesos que buscan acercarse lo más posible a esa perfección.
-¿De dónde provienen las uvas con las que trabajan?
- CM: Siempre sacamos uva del Valle de Uco; siempre estuvimos enamorados de ese lugar. Al principio comenzamos con uvas de La Consulta, en San Carlos, desde 2011, que fue nuestra primera cosecha, hasta 2014. Ese año cambiamos a Gualtallary, donde encontramos una finca que nos gustó mucho.
En 2015 no elaboramos, y esto es importante remarcarlo. Si las uvas no son excelentes -no simplemente muy buenas, sino excelentes- directamente no las cosechamos. Si hubo alguna inclemencia climática, como granizo o heladas, o si no tenemos el tiempo necesario para corregir la situación en el viñedo, preferimos no hacerlo. Por eso, en los años 2015, 2021 y 2023 no elaboramos vinos tranquilos y solo hicimos espumantes. Esto tiene que ver con el concepto que venimos sosteniendo: apuntamos a hacer el mejor vino que esté a nuestro alcance, tanto desde lo intelectual como desde lo económico. Para lograrlo, sí o sí tenemos que ir a buscar las uvas al mejor lugar posible.
-TB: Partimos de una idea muy básica: no se puede obtener un vino mejor que la calidad de la uva que se tiene. Por eso, lo más importante es conseguir uva de excelente calidad. A partir de ahí, uno puede mantener esa calidad o empeorarla. Nuestra idea, obviamente, no es empeorarla, sino cuidar la uva que cosechamos para lograr el mejor vino posible en función de esa calidad.
-¿Cómo es la ecuación económica en un proyecto de este tipo y cómo es venderlo?
- CM: En realidad, a nosotros los costos se nos incrementan un poco por la escala. No es lo mismo ir a una cristalería y pedir 10 o 15 pallets que comprar solo uno, que equivale a unas mil botellas. Lo mismo nos pasa con los corchos y con las etiquetas; tiene que ver, sobre todo, con la escala.
Eso lo compensamos, en parte, con la presentación. Si bien la botella no define la calidad del vino, sí lo presenta muy bien. Creemos que es la mejor, o al menos la más linda, que hoy ofrece el mercado. La etiqueta es muy compleja. Solo hacemos unas 1.300 etiquetas, con todos los recursos que puede tener el diseño gráfico: serigrafía volumétrica, stamping, relieve. Además, firmamos las etiquetas a mano; las más de mil botellas que hacemos cada año están firmadas y etiquetadas manualmente, porque ya tenemos muy aceitado ese proceso.
Después está la caja de madera. Presentamos el vino en cajas individuales, de tres o de seis botellas. Las cajas también están numeradas y firmadas, y llevan una dedicación vinculada al vino que estamos vendiendo actualmente, el 2019, que coincide con el nacimiento de nuestra segunda hija, por lo que también tiene una dedicatoria especial para ella.
En definitiva, tratamos de personalizar todo lo más posible para que quien compre una botella no sienta que está adquiriendo un vino más. Es parte de nuestra historia, de nuestro legado, y buscamos que quien lo compra también sea parte de eso. De hecho, quienes compran una botella de Initium pueden acceder al Club Initium. No se trata solo de comprar vino: los socios tienen acceso a nuestra biblioteca de cosechas anteriores, pueden adquirirlas, participan de eventos, degustaciones y tratamos de conseguirles entradas cuando estamos presentes. Es una forma de devolver la confianza: quien apuesta por este vino, confía en nosotros, y nosotros intentamos darle algo a cambio.
-¿Cómo nació el proyecto?
- TB: Todo nació cuando éramos estudiantes en la facultad. Somos licenciados en Enología, recibidos en la Universidad Maza. Nos conocimos durante la carrera, empezamos a salir y, con el tiempo, nos pusimos de novios. En 2010, Cris me propuso hacer vino, simplemente para compartir con la familia y con amigos.
En ese momento teníamos este espacio ocupado con cosas; era un depósito de mi papá. Le pedimos permiso para usarlo y armar una pequeña bodega. Nos dijo que sí y nos tocó sacar todo lo que había adentro. En ese entonces el lugar nos parecía enorme; hoy se ve todo mucho más chico, pero así fue como empezó todo.
Comenzamos de a poco, compramos algunas barricas usadas y, con la ayuda de nuestros padres, incorporamos un tanque, la prensa y luego otro tanque de 500 litros, además de la despalilladora. Años más tarde pudimos sumar un tanque de 1.000 litros. Siempre buscamos hacer lo mejor posible y recibimos muchísima ayuda. Ese acompañamiento, de personas que a veces no nos conocían o con las que apenas habíamos tenido algún contacto, fue lo que también nos terminó de enamorar de la industria. Los consejos y el apoyo que recibimos al armar el proyecto fueron fundamentales y, en parte, también nos llevaron a crear el programa de radio.
Por todo eso decidimos llamarlo Moor Barrio, principalmente en honor a nuestras familias, que estuvieron desde el principio y siguen estando detrás para que este proyecto pueda seguir adelante.
-CM: En parte, en honor a ellos, decidimos poner también nuestros apellidos. Fue una forma de agradecer ese pequeño empujón inicial, sabiendo que el primer paso siempre es el más difícil. Arrancar toda esta maquinaria y esta tecnología, por más pequeña que sea, no es sencillo. De hecho, cuanto más chica es la escala, más caro resulta, porque requiere más mano de obra y más trabajo artesanal.
Una bodega pequeña, en relación con una grande, siempre termina siendo más costosa: una bomba chica es proporcionalmente más cara, los tanques también, porque los accesorios prácticamente son los mismos. Cuando después dividís esos costos por un volumen tan reducido, el resultado es alto. Aun así, fue un compromiso y también un incentivo. Sentimos que, una vez que nos dieron casi todo para poder hacer un buen vino, el desafío era ir por más y tratar de hacerlo lo mejor posible.
-¿Cómo combinan la dinámica familiar/laboral?
- TB: En época de cosecha ayudamos todos. Las chicas, por lo general, están en el colegio: a la mañana van a clases, después las busco, almuerzan y venimos para acá. A lo largo del año, cuando no es época de vendimia, las chicas tienen sus actividades y, por ahí, él está más al frente del trabajo, mientras que yo cuento con más disponibilidad de tiempo por las mañanas.
De todos modos, siempre estamos los dos. Si surge un pedido, nos cubrimos entre nosotros: uno lo prepara y el otro lo retira. Yo soy la encargada del etiquetado, más que nada por una cuestión de obsesión por el detalle. Generalmente preparo los pedidos y, si puedo, los llevo yo; y si no, ahora Cris también me da una mano.
-CM: La verdad es que, aunque a veces puede sonar poco común, es un placer trabajar con ella. Tener un proyecto junto a la mujer que uno ama le da un valor agregado enorme, porque es algo propio, es lo que uno ve crecer y es, en definitiva, lo que vas a dejarles a tus hijas. Nosotros también pensamos este proyecto para que nuestras hijas, desde chiquitas, puedan vivir lo lindo que es el mundo del vino. El vino tiene un lenguaje propio: habla de sacrificio, de valores, de cuidar la tierra, del trabajo duro. Y creemos que está bueno educar con el ejemplo.
Ese legado del que tanto hablamos no tiene que ver solamente con dejarles, aunque sea, una pequeña empresa, sino con que crezcan viendo y entendiendo que hacer vino es muy complejo, que lleva mucho trabajo y sacrificio, y que lo vivan más de lo que lo escuchen.
-TB:También prueban el vino desde antes de que sea vino. Prueban la uva porque nos acompañan al viñedo. Muchas veces dicen: “Mamá, esta uva está horrible”, y claro, está verde, todavía no está madura. No le hacen asco a nada. Después está la fermentación, con todos los aromas que se desprenden, que son una delicia, y eso a las chicas les encanta. A medida que el proceso avanza, ya se dan cuenta de que aparece el alcohol, así que ahí frenamos un poco la degustación con ellas. De todos modos, les gusta oler los vinos y participar desde ese lugar.
-CB: Es muy lindo ver a la familia involucrada y disfrutando del proceso, aunque sea ayudando con cosas simples: traer una caja, buscar otra, dar una mano en lo que haga falta. Compartir todo esto en familia y que lo vayan viviendo es algo muy especial. También que te vayan preguntando: “Papá, ¿cuándo vamos a probar la uva?”, “¿Cuándo traen la uva?”, “¿Cuándo hacemos vino?”, “¿Cuándo degustamos?”. Ellas huelen, vuelven a oler y se interesan por todo. Son cosas muy lindas de ver y, en parte, era nuestro sueño y nuestra meta: tener esta bodega familiar y que ellas puedan disfrutarlo, ser parte del proceso y acompañarnos mientras hacemos el mejor vino posible. De hecho, la más grande a veces prueba y dice: “Esto no es Initium”. Y tiene razón. A veces identifica el estilo con mucha claridad; tiene muy buena nariz.
-¿Qué opinan del momento que está atravesando la industria, con menor consumo y la premiumización?
- TB: Opino que hay muchos gustos, que el mercado es muy amplio y que nosotros, en particular, hacemos esto porque surgió así, lo mantuvimos en el tiempo y es en lo que creemos. Eso no significa que, en un futuro, no podamos hacer algo un poco más masivo si las condiciones lo permiten. Hoy estamos acotados a este formato.
En la medida de lo posible, hay que tratar de buscar y satisfacer a todos los consumidores. Para eso también están las grandes bodegas, que pueden trabajar con grandes volúmenes, y eso no las hace peores; al contrario. Argentina tiene un nivel de calidad de vino de primer nivel, realmente se elaboran vinos excelentes en todo el país.
No creo que haya que despreciar ni tenerle miedo al consumidor que busca algo distinto. Si lo está buscando, es por algo, y hay que tratar de atender esas necesidades. También lo hablamos en el programa de radio: es clave comunicar el vino de una manera que se adapte a todos. Hay consumidores a los que les gusta saber más y profundizar, y hay que saber identificarlos. Y hay otros que simplemente quieren disfrutar del vino, con una propuesta más relajada y no necesariamente tan premium. Eso también es válido. Por eso, la comunicación es muy importante.
-CM:Una de las cosas que creo que también tenemos que hacer dentro del sector es un poco de autocrítica y sumar más imaginación para volver a acercar el vino a la mesa de todos los argentinos. Veo lo que sucede en otras industrias, como la de las gaseosas, la cerveza o los destilados, donde el marketing, la comunicación y las campañas son realmente muy buenas, y siento que el vino, del cual también somos parte, se ha quedado un poco atrás.
Muchas veces se comunica como si el vino fuera solo para algunos, cuando en realidad hay vino para todos. Hay vinos premium, vinos más masivos y vinos de gama media, como en cualquier otra industria. Pero es cierto que tenemos que volver a acercar el vino a la mesa a través de una mejor comunicación.
Cada uno puede hacer el negocio que quiera o que le sirva: vinos de alto precio, de bajo precio o intermedios. Pero es clave volver a comunicar que el vino es para todos, que tiene que estar presente en la mesa de los argentinos y que es un alimento. No es lo mismo consumir una gaseosa que un vino, siempre en medidas razonables.
Incluso un vaso de gaseosa puede resultar dañino, ni hablar de las bebidas energizantes o de los destilados, que tienen una graduación alcohólica mucho mayor. Por eso creo que nos debemos, como sector, un trabajo conjunto. Instituciones, productores, especialistas en marketing y comunicación tenemos que sentarnos a pensar y a construir estrategias en conjunto para que, especialmente en este contexto de crisis, el vino vuelva a ocupar el lugar que históricamente tuvo en la mesa de los argentinos.



