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¿Quién gobernará las finanzas mundiales?

Solo dos candidatos han hecho campaña puerta a puerta: la ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, y el gobernador del Banco Central de México, Agustín Carstens. Uno tras otro -el mexicano siempre a la zaga- han visitado Brasil, India, China y distintos países europeos. Pero las posibilidades de cada uno de ellos son muy dispares.

Estalló el debate en torno al proceso de selección del próximo dirigente del Fondo Monetario Internacional (FMI) tras la abrupta salida de Dominique Strauss-Kahn del organismo. Al arrancar el proceso de selección, el FMI se comprometió a llevar a cabo "un proceso abierto y transparente, basado en el mérito y no en la nacionalidad". Pero solo una gran sorpresa -o una improbable imputación judicial, por ejemplo, en el caso Tapie- evitará que Europa vuelva a dirigir el Fondo, con la imposición de Christine Lagarde, actual ministra de Economía de Francia, manteniendo así una tradición que se remonta a la fecha de creación del organismo y del Banco Mundial, 1944, revela hoy una nota publicada por el diario El País de España.

El buzón de candidaturas al cargo se cerró el pasado viernes a medianoche y no será hasta esta semana cuando el Consejo del organismo examine todas las propuestas y haga públicos los nombres. Si finalmente hubiera más de tres candidatos, se dará una semana más de plazo para proponer una terna y empezar así el proceso de entrevistas con cada uno de ellos. Todo con el objetivo de terminar el proceso de selección antes del 30 de junio.

Solo dos candidatos han hecho campaña puerta a puerta: la ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, y el gobernador del Banco Central de México, Agustín Carstens. Uno tras otro -el mexicano siempre a la zaga- han visitado Brasil, India, China y distintos países europeos. Pero las posibilidades de cada uno de ellos son muy dispares. "Algo muy raro tendría que pasar para que Lagarde no sea la próxima directora gerente del FMI", admite Ángel Ubide, profesor visitante del Peterson Institute en Washington y buen conocedor del Fondo.

El propio Carstens reconocía en una reciente entrevista que es muy difícil acabar de golpe con una tradición de 66 años, pero hay que reconocer que el sistema de voto tampoco favorece el cambio. La elección del director gerente corresponde al Consejo Ejecutivo del Fondo, compuesto por 24 directores -o sillas, como se denominan en la institución-. Con puesto propio en el consejo se encuentran EE UU, Japón, Alemania, Francia y Reino Unido, los miembros con mayor peso en el capital del organismo (16,7%, 6,2%, 5,8%, 4,3% y 4,3%, respectivamente). El resto de países se agrupa en torno a las sillas y sus integrantes se alternan como directores de la misma.

En el caso de España, esta comparte silla con Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Venezuela. Entre todos tienen un porcentaje de voto del 4,6%, y en este momento es México quien ostenta la presidencia de la silla. Por eso la vicepresidenta Elena Salgado admitía hace unos días que, como miembro de la Unión Europea, España deseaba que el próximo director gerente del Fondo fuera Christine Lagarde, pero que España, seguramente, votaría por el candidato mexicano. Todo porque el director de la silla ostenta el voto a título individual, y aunque cada silla establece sus propias normas de funcionamiento y si pacta o no las decisiones a adoptar, lo cierto es que es el director de turno quien tiene la última palabra. La silla de España, sin duda, votará por Carstens.

Ese puede ser todo el apoyo que reciba el gobernador mexicano. Aunque otros países latinoamericanos han expresado su apoyo oficial a la candidatura (como Belice, Bolivia, Colombia, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela), ninguno de ellos ostenta las sillas de sus grupos, y quienes lo hacen, como Argentina o Brasil, han dejado entrever los recelos intrarregionales y las dificultades para consensuar un candidato alternativo. Lo mismo sucede con el conjunto de países emergentes.

"La prensa y el mundo occidental tratan a los emergentes como si fueran un bloque único y unido, pero la realidad es que son muy diferentes entre sí y tienen intereses encontrados. En cambio, el G-8 encuentra puntos de acuerdo con facilidad", asegura desde China Michael Pettis, profesor de finanzas de la Universidad de Pekín y socio de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

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