Del fin del capitalismo, a las mismas recetas de ajuste de siempre
Nada de lo que iba a cambiar con el estallido de la crisis financiera internacional terminó cambiando demasiado. Al menos hasta ahora. Del supuesto fin del capitalismo mundial, a partir de la caída del sistema financiero en Estados Unidos por la crisis subprime en septiembre de 2008, a las medidas de ajuste impuestas en Europa para hacer frente al estallido de la crisis de la deuda. Y esto, más que cambios, suena a una película ya vista. En especial para los países de este lado del mundo y en particular para la Argentina.
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La ley antisindical de Wisconsin, en Estados Unidos, abre un debate ya no sólo sobre las crisis recurrentes del capitalismo mundial, sino sobre las medidas de ajuste impuestas por los Gobiernos para hacer frente a sus consecuencias. Sociabilizar las pérdidas y hacer cargar sobre los hombros de los sectores más desprotegidos (recortes de salarios, reformas en la seguridad social, reducción del Estado de bienestar) el mayor peso de la crisis no es nuevo y sus consecuencias ya fueron vistas en el pasado.
En Europa la historia no es distinta. Los feroces ajustes que se viven en Grecia, Irlanda, Portugal y España, donde también desde la Unión Europea se salió a rescatar a bancos e inversores que asumieron mayores riesgos tentados por jugosas tasas de interés, tienen como denominador común el recorte del Estado de bienestar que se extendió por el continente después de la Segunda Guerra Mundial, la reforma de las pensiones que retrasa la edad jubilatoria en países con desempleo récord (España es una muestra cabal de esto) y la flexibilización laboral.
Y es en este contexto donde vuelven a surgir paralelismos. Emulando a lo que se vive en Wisconsin, la Fiat, que salió a comprar a la quebrada Chrysler, logró torcer en la misma Italia y con la ayuda del gobierno de Berlusconi la fuerza de los sindicatos para que se apruebe un nuevo convenio colectivo de trabajo “revolucionario” donde los trabajadores debían renunciar a algunos derechos adquiridos, entre ellos el de huelga y representación sindical y algunas bajas por enfermedad, además de recortar las pausas y la comida y de reordenar los turnos. Era eso o perder el trabajo, ya que la empresa amenazaba con irse de Italia a un país en busca de menores costos relativos.
Una película ya vista
En la Argentina, el debate internacional sobre la crisis, las recetas aplicadas y lo que está pasando en el mundo del trabajo suenan a una película ya vista por todos. Basta recordar toda la década del 90 y sus consecuencias en el 2001/2. Pero lejos de festejar, aquí empieza a crecer la sensación de que se viven excesos.
Los avances en la investigación por la conocida “mafia de los medicamentos”, que está sacando a la luz la participación de sindicalistas de renombre como Juan José Zanola, de los bancarios, o Gerónimo “Momo” Venegas de la UATRE, está poniendo en el centro del debate el rol del sindicalismo y su alianza con el poder; el manejo de millonarias sumas de dinero de las obras sociales sindicales y la eternización en el poder de sus principales dirigentes. Tampoco escapa la alianza de la CGT de Hugo Moyano con el Gobierno nacional y el no reconocimiento de entidades cada vez más convocantes como la disidente CTA.
Pero sin duda la gota que desbordó el vaso fue la amenaza de paro y movilización que surgió de la CGT ante las versiones de que el Ministerio Público Fiscal de Suiza envió un exhorto a la Justicia argentina pidiendo información sobre Hugo Moyano y su familia dentro de una investigación por supuesto lavado de dinero.
La inmediata convocatoria de la CGT a un paro general y movilización en supuesta defensa de su líder y para bloquear una investigación judicial alertó sobre los alcances del poder sindical en la Argentina, sus métodos y la alianza política con un Gobierno nacional cada vez más dependiente.
En este contexto se abre un debate necesario sobre los logros alcanzados por la Argentina en los últimos años, su cambio de paradigma hacia una economía basada en la producción y el trabajo antes que en la especulación financiera, pero también con la obligación de no repetir errores ni excesos del pasado, controlar y castigar la corrupción y en la oportunidad de ganar calidad institucional democratizando incluso a los gremios y organizaciones del trabajo.