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Luchar contra la inflación no es siempre recesivo

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En un proceso inflacionario, ¿cómo averiguar qué es causa y qué consecuencia? Al mismo tiempo, ¿de qué depende que un programa antiinflacionario no sólo no sea costoso en términos de caídas de producción y empleo, sino que reactive la economía? Estas preguntas se volvieron relevantes en la Argentina actual.

Al respecto entrevisté al húngaro Esteban J. K. Cotelly (1905-1995), quien en su carácter de alto funcionario del Banco Nacional Húngaro en 1944 lideró el traslado del oro del banco a Occidente, para que no cayera en manos rusas, una sacrificada, pero exitosa operación que duró varios meses e involucró a 250 personas, y que migró a nuestro país, donde volcó sus conocimientos en el Banco Central y en el Boletín Informativo Techint, y al brasileño Mario Henrique Simonsen (1935-1997), profesor en la Fundación Getulio Vargas, pionero (no reconocido) de los modelos macroeconómicos en los que se paga por adelantado, ministro de Economía, notable ajedrecista y -según uno de sus alumnos- "una fascinante máquina de pensar".

- Como nadie quiere aparecer como el malo de la película, todos los aumentos nominales (de salarios, tarifas de servicios públicos, cantidad de dinero, etc.) son calificados como consecuencia de la inflación, pero no su causa.

Cottely: -Cuestión que, por su naturaleza, genera un debate eterno y, por consiguiente, estéril. En el caso de la inflación recurrente, difícilmente puedan encontrarse respuestas nítidas aplicando las pruebas de causalidad propuestas por Christopher Albert Sims y Clive William John Granger.

- Pero hay casos específicos, donde la causalidad es clara.

Simonsen: -Así es. A lo largo de 2002 los precios al consumidor aumentaron 41% y los mayoristas, 118%, lo cual fue un subproducto del abandono de la convertibilidad (cuando el tipo de cambio sube de manera abrupta, los precios mayoristas aumentan más que los precios al consumidor; cuando se estabiliza o se atrasa, ocurre lo contrario). Pero elaborar una teoría con base en lo que ocurre en un instante y proyectarla en el tiempo no sirve ni para entender ni para actuar.

- ¿Entonces, en la Argentina 2011?

Cotelly: -En un país donde, en la variación interanual, el gasto público, la cantidad de dinero, los salarios nominales efectivamente pagados y cobrados aumentan más de 30%, en vez de discutir causas y consecuencias (la acción antiinflacionaria debería darse en todos los frentes, de manera simultánea), las autoridades deberían ponerse a pensar qué hacer para que el nivel general de los precios, bien medido, aumente menos o deje de subir.

- Se niegan porque, según ellas, esto implicaría recesión y desocupación.
Simonsen: -Depende. En la experiencia argentina, generó recesión el plan antiinflacionario aplicado por Arturo Frondizi a comienzos de 1959. Por el contrario, no sólo no hubo recesión sino reactivación con los planes lanzados en 1967 (Adalbert Krieger Vasena), 1985 (Juan Vital Sourrouille) y 1991 (Domingo Felipe Cavallo).

- ¿De qué depende que un programa antiinflacionario sea recesivo o reactivador?

Cottely: -De la situación económica existente en el momento de su lanzamiento y de la credibilidad que las autoridades generan ante la población. Cuando a mediados de junio de 1985 el gobierno radical lanzó el Plan Austral, la economía hacía un semestre que estaba en recesión, de manera que en este caso la caída del PBI fue anterior al lanzamiento del programa antiinflacionario. Por otra parte, la enorme mejora en las expectativas que crearon estos programas explica por qué no se tuvieron que pagar los temidos costos del ajuste.

- ¿Cuán importante es la credibilidad?
Simonsen: -Muy importante. Un programa antiinflacionario es medidas, discursos, explicaciones, etc.; pero por sobre todo transmitir que se cree en lo que se dice y que se cumplirá con lo que se promete. En 1967, 1985 y 1991 las autoridades eran creíbles, hoy no. Las actuales autoridades lo saben y, por consiguiente, más allá de la ideología, ni lo intentan.

-Caballeros, muchas gracias.

Fuente: La Nación