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Martínez de Hoz, el atraso cambiario y la quiebra de la industria nacional

Durante el gobierno militar se implementó una política económica con apertura indiscriminada y atraso cambiario, que sólo favoreció la especulación financiera y perjudicó al aparato productivo.

El proceso militar iniciado el 24 de marzo de 1976 aplicó un programa económico surgido de un equipo liderado por José Alfredo Martínez de Hoz, quien se mantuvo al frente del Ministerio de Economía durante toda la gestión Jorge Rafael Videla.

Esta gestión se caracterizó por introducir una serie de conceptos, muy de moda en esa época, que eran atribuidos a las enseñanzas de la escuela de Economía de la Universidad de Chicago, que lideraba Milton Friedman y por la cual habían pasado muchos de los miembros del grupo que acompañó al ministro. De ahí que los integrantes del equipo económico eran conocidos como los “Chicago boys”.

Los principios básicos que sustentaron esa política fueron la apertura económica, el retraso cambiario peso/dólar - con una pauta diaria de devaluación, conocida como la “tablita de Martínez de Hoz”- la desregulación financiera y un aumento descomunal del gasto público. Todo esto bajo la consigna de “liberar las fuerzas del mercado”.

En aquella época, y por efecto del crecimiento del gasto y la emisión monetaria, más el endeudamiento, floreció la inflación y el atraso cambio se hizo cada vez más notorio

La falta de ejercicio de las libertades públicas y la anulación de las instituciones democráticas, se manifestaban en gobernadores militares designados por cada una de las armas (según como se habían repartido el país).

El resultado de la política de Martínez de Hoz fue la parálisis del aparato productivo, reemplazado por la importación, aumento del desempleo y el viaje desenfrenado de los argentinos por el exterior, haciendo compras y popularizando el famoso “deme dos” posible gracias al poder de los “argendólares”.

Ya se hablaba de “la plata dulce”, que popularizó una película de Fernando Ayala, pero también de la “patria financiera”, porque, en aquellos años” muchas entidades financieras pagaban altísimas tasas con garantía del Banco Central, lo que llevó a muchos argentinos a vender sus inmuebles y a vivir de la renta que le producían los plazos fijos.

Pero dado el sistema imperante, se generó también un clima apto para negocios espurios, donde el Estado intervino empresas en forma arbitraria, muchas de las cuales terminaron vaciadas (Sasetru, Greco). También generó la desaparición de personas para robarles sus empresas (Will-Ri).

Ante la parálisis del aparto productivo, el entonces secretario de Comercio, Alejandro Estrada, defendió la política estatal y lanzó una de las tantas frases famosas de la economía nacional, cuando dijo que “da lo mismo producir acero que caramelos”.

Terminada la gestión de Martínez de Hoz, le siguió Lorenzo Sigaut, quien cuando asumió, y ante los rumores de devaluación por el atraso cambiario, lanzó otra frase célebre: “el que apuesta al dólar, pierde”. En realidad, todos los que apostaron al dólar, ganaron.

Después del año ‘81, la crisis económica se había desatado. Argentina tenían cada vez más endeudamiento con los bancos extranjeros, donde el Citibank lideraba el sindicato de acreedores. Sobre fines de 1981, la Junta Militar convoca al economista Roberto Aleman, quien intenta darle un poco de racionalidad al manejo de la economía, pero la declaración de la guerra de Malvinas, en abril de 1982, abortó cualquier intento y lo obligó a tomar medidas de emergencia.

La dictadura se caía. La crisis económica, sumada a la derrota de Malvinas y a la forma de manejo del conflicto, le puso punto final, mientras las denuncias por violaciones a los derechos humanos florecían en el exterior, pero no tenían la respuesta apropiada de la población.

La época del gobierno militar fue la primera experiencia de atraso cambiario (luego vendría la de Carlos Menem). Mientras  la plata fue dulce, casi nadie veía nada. El mundial de fútbol fue parte de un circo carísimo. La guerra de Malvinas, donde la gente vitoreaba en Plaza de Mayo a Galtieri, les hizo creer que podían pensar en un futuro “con las urnas bien guardadas”.

Cuando la plata dejó de ser dulce y no se pudo financiar ningún circo más, aparecieron todos los defensores de la democracia, la mayoría de los cuales, había aplaudido el golpe, incluidos muchos políticos. Mientras tanto, muchos que no se sumaron al coro de conformistas habían desparecido o se habían exiliado o estaban presos.