En un país en donde funciona casi todo mal, ¿por qué el fútbol debería hacerlo bien?
El deporte que más amamos y mejor jugamos los argentinos tocó fondo. Y la paciencia, y la pasión, se agotan.
El fútbol argentino atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, y la gente lo expresa.
En menos de 48 horas, el fútbol argentino sumó tres acontecimientos a su larga lista de escándalos que volvieron a poner en debate la actualidad de un deporte que, en este país, sufre cada golpe como si fuera el último. Se mantiene, estoico, firme, con cara de malo, pero las rodillas ya empezaron a flaquear y la mandíbula se debilita lentamente.
Es que al bochornoso partido entre Deportivo Madryn y Deportivo Morón, que terminó con una escena propia del fútbol callejero, o no siquiera, se sumó el fallo de la justicia que archivó la causa Gimnasia de Jujuy-Lucas Comesaña, por falta de pruebas, y el alborotado encuentro entre Barracas y Huracán, con amenazas de un árbitro a un entrenador después de 90 minutos sin tapujos ni vergüenza.
Por todo esto, más todo aquello y un poco más de allá, es que el futbolero argentino, el hincha de sus clubes, el socio de su escudo, el de ADN de tablón y con una idiosincrasia bien marcada, dijo basta. No quiere más. No puede más.
Y bajo una exigencia propia de una cultura que nació pateando una pelota, es que piden piedad. Que se apiaden de todo y de todos. Que por un rato, los que mandan adentro de una cancha, y afuera, miren para el costado. Entiendan de pasión. Escuchen.
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Ahora bien, en un país en donde funciona casi todo mal, donde corrés una baldosa y brota la desidia y la impunidad, en donde el que no afana es un gil y en el cual nadie se salva sólo, ¿por qué pretendemos que el fútbol sea una excepción a la regla general, a los mandamientos, a la forma de vida?
¿Será que tanta gloria y tanto fútbol desplegado por el mundo nos pone en un peldaño de extremistas? ¿Será que tanto talento desparramado por esta patria no nos permite aceptar tanta injusticia? ¿O será simplemente que el escenario actual del fútbol argentino es tan perverso y siniestro que supera cualquier acto o conducta de cualquier otro ámbito?
Seguramente serán interrogantes que muy difícilmente tengan una respuesta concreta, certera, que convenza. Pero lo que sí está claro es que por este camino no se puede seguir. Que la patria futbolera dijo basta. Que el mundo del fútbol argentino todo, o casi todo, ruega por un cambio. Y que, más allá que nuestras raíces y nuestra percepción nos hagan pensar que el fútbol debería ser una excepción a la regla general, por ahí es hora de agachar la cabeza y aceptar las condiciones. Porque en Argentina, se juega como se vive.