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El arbitraje argentino es un desastre, pero también hay que saber perder

El partido de este sábado entre Estudiantes y Rosario Central terminó explotando más por la previa y lo que pasó antes que por lo que ocurrió en cancha.

El partido entre Estudiantes y Rosario Central explotó más por la previa que por lo que pasó en el partido.

El partido entre Estudiantes y Rosario Central explotó más por la previa que por lo que pasó en el partido.

El arbitraje argentino es un desastre. Hay que decirlo sin vueltas. Está en uno de sus peores momentos, hay falta de criterio, decisiones difíciles de entender y una desconfianza que crece fecha tras fecha. El problema es real y no tiene sentido esconderlo. Pero hay otro inconveniente que también empieza a ser preocupante: en el fútbol argentino parece que cualquier equipo que pierde encuentra rápidamente una explicación en el árbitro. Una “chiquita” que no cobraron, un contacto dentro del área o una interpretación discutible alcanzan para transformar una derrota en un nuevo escándalo.

Lo que pasó este fin de semana con Estudiantes y Rosario Central es un ejemplo. El Pincha reclamó por distintas decisiones arbitrales durante el partido y la discusión terminó ocupando buena parte de la escena después de la derrota. Es lógico que un equipo reclame cuando considera que fue perjudicado. Lo que no puede ocurrir es que el arbitraje termine siendo siempre la explicación principal de lo que pasa dentro de la cancha. Porque también existen el rendimiento, los errores propios, las virtudes del rival (como el golazo de Di María de tiro libre) y las decisiones que toman los futbolistas durante los 90 minutos.

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Algo parecido ocurrió con Boca y Racing. Desde la Academia reclamaron una falta de Marcos Rojo en la jugada de uno de los goles de Enner Valencia. La acción generó discusión y volvió a poner al árbitro en el centro de la escena. Y así sucede prácticamente todos los fines de semana: una jugada discutible se transforma en una polémica enorme y, rápidamente, aparece la sensación de que el resultado quedó definido por esa acción.

Esto no significa defender a los árbitros. Todo lo contrario. Si el arbitraje tiene problemas de criterio, si las decisiones cambian de un partido a otro y si el VAR no consigue despejar las dudas, hay que señalarlo. El fútbol argentino necesita árbitros que transmitan seguridad y decisiones coherentes. Pero también necesita equipos, entrenadores, dirigentes y futbolistas capaces de asumir cuando el rival fue mejor o cuando ellos mismos no hicieron lo suficiente para ganar.

En el ascenso el problema es más evidente. Sin VAR, hay decisiones que tienen un impacto enorme y errores que se repiten fecha tras fecha. Acá toman más protagonismo los líneas que los árbitros. Es por eso que ahí sí hay una discusión urgente que no puede postergarse. Pero incluso con un arbitraje malo, no todo es culpa del árbitro. Si cada derrota termina explicándose por una jugada polémica, el análisis del partido queda reducido a una excusa.

El arbitraje argentino tiene que mejorar, y mucho. Tiene que recuperar credibilidad, criterio y autoridad. Pero los equipos también tienen que hacer su parte: saber perder. Porque si cada partido que termina mal se explica por el árbitro, llegará un momento en el que nadie hablará de fútbol. Y el problema del fútbol argentino no puede ser solamente quién cobró el penal, sino también qué hicieron los que estaban jugando para evitar tener que depender de ese penal.