Exclusivo: Empezá a leer "El mismo fuego", de Majfud

"El mismo fuego" es una novela y es una autobiografía existencial del escritor uruguayo Jorge Majfud (autor de una amplia obra multifacética y traductor de  Noam Chomsky)  basada en las experiencias del autor durante la pasada dictadura militar en su país. Los hechos reales, los nombres, el país y la posterior evolución de diferentes tragedias han sido alterados para proteger la verdad. Con una estructura sintáctica que carece del pronombre relativo que, la novela expresa en el lenguaje las mismas ausencias funcionales que existen en la memoria absoluta de su protagonista, el niño José Gabriel, sin por ello impedirle representar un mundo que su exagerada memoria registra en detalle pero su comprensión no puede abarcar en su totalidad.
“Una mañana, los niños jugaban en una vieja carreta cuando sonó un balazo. ¿Por qué nacemos, si tenemos que morir? Los años van pasando, como pasan los árboles ante la ventana del tren; y Jorge sigue buscando la respuesta”. Eduardo Galeano. Aquí publicamos en exclusiva un anticipo de su último libro .

Jorge Majfud

Detalle de la tapa del libro.

Despertar

En uno de esos bancos de plaza de antes, un niño le contaba un sueño extraño a un hombre mientras un soldado los vigilaba. El niño había nacido con hipertimesia, con la enfermedad de no olvidar ni el más irrelevante detalle de su vida. El hombre intentaba reconstruir sus sueños luego del desencanto de la derrota. El soldado ya no tenía dudas. Había logrado comprender y su servicio era un servicio a la patria. No había surgido, pensaba o quería pensar, por el hábito de una profesión ni por las más conocidas e irremediables urgencias del

estómago sino por algún tipo de convicción contraria a la de aquel hombre pensativo mirando al niño desde un rincón del patio.

—¿Cómo son tus sueños cuando estás allá adentro?- preguntó el niño.

—No, no… Sólo sueño. Si uno no puede controlar los sueños, entonces uno no es libre y sólo nos damos cuenta del engaño cuando despertamos. Es como ese dicho, En este país somos libres, gracias a Dios, libre como los pájaros…

—Al menos los de allá afuera son libres.

—Si los comparas con nosotros aquí adentro, puede ser. Aunque tampoco estoy seguro de esto último.

—En la escuela, la maestra siempre nos habla sobre la libertad. Gracias a Dios, vivimos en un país libre…

—Hasta el día cuando uno despierta, y entonces…

—¿Puede alguien despertar cuando ya está despierto?

—Tal vez… O tal vez eso nunca ocurre.

—¿Entonces seguimos soñando hasta el final? ¿Soñamos hasta morir?

—Más o menos. Aunque de vez en cuando abrimos un ojo, escuchamos algo, pensamos un poco, y eso debe ser como despertar un poquito.

—Un día, en la feria, una señora se dio cuenta de haber perdido a su hija y en lugar de correr a buscarla se desmayó. A mí me pasa algo parecido cuando sueño con los soldados golpeando a mi padre.

Me despierto.

El libro.

El Zorro

Su primera vez fue por encargo de la abuela Juanita. En la familia se hablaba de la mala salud del tío Carlos. Probablemente no aguantaría un año más en aquellas condiciones, decían, y por eso necesitaban alguien para decirle la buena nueva. La única forma era pasando información en el patio de juegos. Cuando llegaba la media hora de la visita de niños, los soldados se encargaban de controlar a los malditos insoportables bien peinados ruidosos inquietos demonios, pero generalmente no podían escucharlos. Se ponían furiosos cuando alguno se trepaba en los caños del columpio en lugar de columpiarse correctamente. Una vez uno de los verdes bajó a uno de un mamporro en la cabeza para salvarlo de una posible caída del tobogán y enseguida debieron retirar de arrastro al padre por desorden y desacato. El insoportable pequeño pichón de demonio subversivo no volvió más y el padre tampoco.

La abuela eligió a José Gabriel por su memoria. La tía Noemí no sabía nada de estos encargos, pero si bien, pensaba, Gabriel no podía hablar correctamente por sí mismo, sí podía memorizar páginas enteras de cualquier libro. Ese juego lo descubrió el tío Arturo una mañana cuando le comentó a la tía Noemí sobre las variaciones del precio del crudo en el mundo y Gabriel le recitó la lista de precios de enero a setiembre con fracciones incluidas. El tío Arturo dejó su vaso de whisky en la mesita del rincón de la biblioteca (reservada sólo para ese vaso a las siete de la noche y eventualmente para su libreta de croquis), se levantó, fue directamente al ejemplar de The Economist del 13 al 19 de setiembre de 1975 y lo abrió en la penúltima página. El tío le preguntó si podía repetir lo dicho, eso de los precios del crudo, y Gabriel volvió a recitar la lista de números con sus respectivas fracciones. Arturo (recordaba la tía Noemí) volvió a su sillón mudo. Luego dijo, No es posible, debe haber un error.

A José Gabriel, en cambio, le sorprendía la sorpresa de los adultos. Por entonces no entendía cómo la gente podía vivir y saber quiénes eran si permanentemente estaban olvidando cosas como el número de teléfono usado por años antes de mudarse unos meses atrás, como el nombre del hotel donde habían pasado las mejores vacaciones de sus vidas. La gente nunca se acuerda de cuánto arroz debe poner en la olla para cinco personas, aunque han repetido esa misma tarea por cuarenta años. ¿La gente no se olvida de sus hijos porque los pequeños demonios siempre andan ahí a la vuelta, molestando y recordándoles sus meritorias y demandantes condiciones de hijos?

El tío Carlos, el tío preso, no estaba de acuerdo. Para él, no se trataba sólo de memoria; si a veces Josesito recordaba muchas cosas sin repetir las mismas palabras, pensaba, era porque entendía perfectamente cada cosa a su alrededor, sus causas y consecuencias, aunque más no fuese de una forma muy elemental. Al fin y al cabo, no dejaba de ser un niño y no mucho más se esperaba de los otros niños de la casa. Casi nadie pensaba como el tío Carlos. En la escuela la maestra lo sentaba adelante para ver si entendía mejor sus explicaciones, pero otra señora (un día lo llevó a una habitación cerrada y le mostró varias figuras simétricas, como mariposas, mientras le preguntaba por su pene, si miraba mucho la cola de sus compañeritas y si sentía culpa cuando ocurría algo malo después de haberlo pensado, como la caída de su tío en una escalera o el choque del auto), dijo Su problema es su indomable distracción, y si no entendía algo era porque no se concentraba en nada y, para peor, recordaba de todo sin separar lo importante de lo irrelevante. En casa de la abuela, menos la abuela, todos estaban de acuerdo: José Gabriel no oía muy bien porque de chico se había caído de cabeza de la cuna tratando de escapar de su primera cárcel. La cuna era de madera con rejas altas y para escaparse debía trepar con mucha dificultad. El piso era de unas baldosas verdes y negras, muy duro, suficientemente duro como para cortarle la respiración por el dolor. La abuela, en cambio, decía, No, no, el pobrecito nació con un problema, producto de la enfermedad de su padre, razón por la cual no alcanzaba a distinguir cuándo alguien se reía de tristeza y cuándo lloraba de alegría, habilidades elementales en cualquier ser humano condenado a vivir en este mundo.

En esto último tenía razón. Yo no me confiaría tanto, decía el tío Roberto, el hermano del tío Carlos. El niño entiende bastante y eso no sólo es malo para él. Un día será un problema para nosotros también. Si al menos se olvidara de todo después de recordar cada cosa tal como se lo pedimos. Pero no, el chico insiste en recordarlo todo. Hace un año los abogados de Fernando Otega le habían prometido sacarlo en dos meses y todavía sigue allá, mirando el techo, y el niño se acordaba de la fecha. Si no estamos todos allá adentro, haciéndole compañía, es de puro milagro.

Según decían, el tío Roberto iba a caer también, pero por suerte lo sacaron por la embajada de Italia y nunca más se supo de él. Italia no, había aclarado el tío Arturo, el hombre se suicidó poco después de llegar a París. Carlitos andaba por ahí y alcanzó a escuchar la conversación y preguntó por el significado de suicidarse. El tío dijo A tu edad no se pueden entender algunas cosas. El tío Roberto se había ido a otro país, aclaró, y había adquirido una nueva ciudadanía, la ciudadanía suiza, es decir, se había suicidado.

Después de una risa reprimida, el hombre del bigote finito dijo Tal vez era el más implicado de todos ellos con los revoltosos grandes y vaya Dios a saber si no fue la mejor decisión por entonces, hacerse ciudadano suizo, como dice usted.

La primera vez de José Gabriel la abuela le preguntó si estaba nervioso. No, no estoy nervioso, dijo. Más de una vez intentó parecer nervioso, posar con ese signo de adultez, de conciencia, de responsabilidad, pensaba, y nunca le había salido bien. La gente con miedo, pensaba, debe estar en un estado diferente, como si viese este mundo desde el otro. Una vez se tiró desde el techo de la casa y se rompió una pierna. El tío Arturo se enojó mucho, sobre todo con

Daniela. Ella debía cuidarlo y, en lugar de eso, se la pasaba mirando revistas de moda y espiando un vecino por la verja. Gabriel sólo quería saber cómo es eso de sentir miedo, quería estar nervioso. No lo logró, aparte de un dolor horrible en el tobillo derecho y 49 días de llevar un yeso pesado. Como consecuencia, casi se descompone la espalda.

Cuando pasó su primer mensaje no estaba nervioso ni fingió estarlo, de lo contrario nunca lo hubiesen dejado hacerlo. Se lo había prometido al tío Roberto, el suizo, y cumplió. Las palabras de la abuela Juanita no podían decirse dos veces y por eso, aunque hoy recuerda el mensaje, palabra por palabra, dicen, aún hoy se niega a repetirlo, ya no con las inconsistencias propias de un niño enfermo sino con la indiferencia de un adulto desinteresado por casi todas las cosas.

Tal vez esa vez iba a sentir miedo, pensó en cierto momento, el mismo miedo de Carlitos cuando habría los ojos grandes, el mismo de Claribel cuando se quedaba durita como una estatua de mármol blanco. Por las noches los dos lloraban cuando los tíos apagaban la luz. Debía ser algo horrible, algo como una pierna rota. Lloraban y se tapaban con las sábanas hasta la cabeza. Entonces Gabriel se levantaba para preguntarles qué les pasaba, por qué le tenían miedo a la noche si era igual al día, y entonces ellos gritaban como si los estuvieran matando. Enseguida aparecían los tíos y lo sacaban del cuarto y se enojaban con Claribel. No lo quiero en mi cuarto, decía ella. Gabriel la miraba sin decir palabra y ella volvía a gritar Vete de aquí, demonio. La ponía muy nerviosa verlo caminando de noche como si fuese de día, como si fuese un fantasma, un enfermo. Enfermo, enfermo, José Gabriel, el enfermo. No conoce la diferencia entre el día y la noche. La tía decía Josesito es un poco sonámbulo, no es para tanto. Eso les pasa a muchos niños, sobre todo cuando han pasado demasiado estrés para su edad y luego no saben procesar determinadas experiencias y caminan dormidos.

No debes darle tanta importancia. Pero para Claribel el loquito caminaba despierto por las noches porque tenía un pacto secreto con no sabía exactamente quién o no quería decirlo por no pronunciar el nombre maldito.

La diferencia entre el día y la noche, decía Gabriel, es una sola: por las noches hay menos luz, mucha menos luz, la gente se mueve menos y los niños se asustan. Esa es la única diferencia. Pero decirlo no mejoraba las cosas. Claribel se enojaba aún más, gritaba furiosa o aterrorizada. La incapacidad de Gabriel para creer en los monstruos o en  los demonios era una prueba de la seriedad del caso. Tal vez los monstruos no existen o son como tú, decía ella, pero los demonios sí existen, y si tienes dudas pregúntaselo al padre Daniel. Pero claro, tú no vas a preguntarle nada porque igual nunca creerás en los demonios ni aprenderás a dormir de noche ni a hablar como la gente normal. La tía la hacía callar y la obligaba a pedirle disculpas y después de varios intentos Claribel decía Disculpas sin ninguna gana y mirando hacia una pared.

Cuando la tía se fue, Daniela le dijo a Gabriel, en voz baja: para ella era igual, para ella no había mucha diferencia entre el día y la noche porque no creía en los monstruos ni en los demonios. Claribel la escuchó y la amenazó con contarle a su padre. Seguramente él la iba a despedir por enseñar cosas del Diablo.

—Te irás a vivir debajo de un puente —dijo— porque Dios castiga a quienes no creen en Él.

—Yo sí creo en Dios —dijo Daniela— aunque no creo ya en los demonios del pastor Daniel ni en ninguno de los santos penitentes del padre Roberto…

—¿Por qué no crees? No crees más porque el Diablo te ha seducido, como sedujo a tu padre.

—¿Quién te dijo eso?

—No puedo decirlo.

—Quien te lo dijo fue quien entregó a mi padre… — dijo Daniela y enseguida se quedó callada. Daniela la abrazó y trató de consolarla:

—No te pongas malita, mi niña —le dijo—; eso te hará mal y no podrás dormir esta noche.

Sin mucho éxito.

Esa noche, mientras Daniela llevaba a José Gabriel a su cuarto, Gabriel dijo No quiero irme a dormir debajo de un puente y ella dijo Eso nunca iba a pasar, olvídate del asunto. Vete a dormir y duerme tranquilo, dijo. Mañana tienes un día muy largo.

Tal vez le pida a la abuela un favor de tu parte. José Gabriel se metió en su cama y antes de recostarse miró hacia la puerta, porque antes de apagar la luz ella

siempre le guiñaba un ojo y Gabriel se quedaba con el recuerdo de su cara sonriendo entre su pelo rizado, aquel pelo rojo de día y misteriosamente cobrizo de noche, y se dormía porque ya no pensaba en nada más. Sólo pensaba en su cara, sonriendo, mirando como si abriese un abismo por dos segundos.

—Dime si es verdad —dijo Gabriel. Ella lo miró como sin comprender.

—Lo del río…

—¡Otra vez con eso, Josesito!

—Dime si es verdad.

—Te lo he dicho muchas veces: no es verdad, no hay muertos en el río.

—Pero yo los vi. El tío Arturo también los vio. Pregúntale. Los ataron a unas maderas y les pusieron cemento en los pies.

—Lo habrás soñado.

—Pero ¿cómo uno sueña con cosas desconocidas?

—En los sueños uno inventa. Igual pasa con las novelas de la biblioteca del tío. Son inventos, esas cosas nunca ocurrieron.

—¿Y por qué uno recuerda esas cosas si nunca ocurrieron y no recuerda todas las demás?

—No lo sé Josesito, ya deja eso. No vas a poder dormir así. Hasta a mí me da miedo.

—A mí no me da miedo.

—Bueno, mejor entonces. Ya deja eso.

—Daniela, ¿la gente debajo de los puentes, está viva? ¿Recuerdas el mensaje para el tío Carlos? le preguntó la abuela en el baño de la estación, antes de llegar al penal.

Sí, le dijo Gabriel. A ver, ¿qué vas a decirle? Insistió ella. No puedo decírtelo, le dijo él; le prometí al tío Roberto decírselo al tío Carlos una sola vez y no volver a repetirlo.

La abuela lo miró un momento. Por aquella época José Gabriel deseaba tener la habilidad de poder leer la mente de la gente. Hubiese cambiado su memoria absoluta por unos oídos capaces de escucharlo todo, capaces de escuchar las voces y los pensamientos. Después de todo, hay un pequeño, minúsculo, infinitesimal paso entre las palabras y los pensamientos (en un libro son la misma cosa, pensaba), y si las palabras decían, también decían los silencios, pero de una forma oscura.

Tiempo después comprendió mejor. Es mil veces preferible no conocer los pensamientos ajenos a sospecharlos siquiera. ¿Qué importa si su madre pensó alguna vez abortar si ahora está muerta? ¿Qué importa si el tío Arturo engañó alguna vez a la tía con una aventura si nunca prosperó? ¿Qué importa si para Daniela alguna vez Gabriel fue un pobre niño enfermo y limitado si de todas formas terminó queriéndolo? ¿Qué podía importar si todos lo considerasen un idiota si él nunca lo hubiese sospechado, como es el caso de todos los verdaderos idiotas?

La abuela salió de sus pensamientos cuando una señora entró diciendo un hombre se ha infiltrado en el baño de las señoras y ella la miró muda, pero con un odio de calar los huesos mientras le cerraba a Gabriel el cierre del pantalón.

Habían visto esa señora antes; era la mujer de uno de los guardias de compras en el pueblo. Un día me la vas a pagar todas juntas, le dijo la abuela a José Gabriel. Ya verás; un día Dios se acordará de ti y te llegará el día. La mujer la miró con los ojos grandes de Claribel cuando lo veía a Gabriel de

noche y salió del baño como una sombra. Enseguida la abuela le dijo Bueno, no da para tanto, no te preocupes, en realidad nada de aquello era para él sino para otra persona, para ella misma; lo hacía siempre cuando estaba cansada, hablaba sola, se había acordado de un mal momento ocurrido hacía mucho, mucho tiempo atrás…

—¿Hace cuántos días no vas a la escuela, abuela?

—Como mil.

—Eso son dos años y 270 días…

—¿En serio? No, entonces deben ser como diez mil.

—Eso son 27 años y 147 días.

—Bueno, tal vez un poquito más… Deja de hacer tantas preguntas tontas y no olvides lo importante.

Después de recorrer el habitual camino de asfalto hasta el primer edificio, la abuela Juanita entregó unos papeles a un soldado enojado hasta las patas. El soldado le puso un sello como si matara una mosca. (Los papeles siempre temblaban en las manos de la abuela, porque tenía frío por dentro y por fuera, según dijo una vez para responder a una de sus preguntas estúpidas mientras esperaban el bus al costado de la carretera.) Después pasaron dos revisiones. La primera fue por unos dibujitos de mariposas, demasiado parecidas a los prohibidos pájaros (hubo alguna discusión crítica sobre cómo interpretar aquellos dibujos, pero primó el hecho de haber sido hechos por la hija del arquitecto MacCormick) y la segunda para ver si no llevaban algo peligroso entre la ropa.

A José Gabriel le descubrieron una pluma de oro en uno de los bolsillos del pantalón. La había tomado sin permiso del escritorio del tío Arturo y terminaron por desnudarlo completamente para ver si no llevaba algo más. La

abuela se enojó por lo de la pluma mientras Gabriel extendía los brazos y una señora le revisaba las nalgas y los gemelos. Gabriel trataba de girarse tratando de evitar la mirada de una niña en la fila. Giraba la cadera lo más posible para no ser visto e frente, pero la mujer soldado lo agarraba con fuerza por los brazos y lo obligaba a estarse quieto como si fuese un recluta. Luego le levantó los brazos y se quedó un largo rato como un Jesucristo, haciendo equilibrio por dos mil años mientras le temblaban las piernas. La niña se rió un par de veces detrás de su madre.

Ellos buscaban algo, pensó entonces Gabriel, pero no estaba por ahí ni por allá. Donde estaba no se podía ver y no se lo iban a escuchar decir. La mujer soldado se enojó cuando Gabriel se sonrió pensando en esto. Esa vez ellos no habían podido ganar, había pensado, y de repente sintió un fuego secreto.

—¿De qué te ríes, pequeño delincuente? —dijo la mujer, apretando los dientes — Deberías sentir vergüenza.

Razones no te faltan.

La abuela miraba con cara de mala, tal vez por la pluma, tal vez porque quería decir algo y no podía, porque cualquier cosa sospechosa o del desagrado de los guardias, decía siempre, terminaba cayendo sobre el tío Carlos de las formas más insospechadas.

José Gabriel pensó, quiso pensar en el miedo. Todo debía hacerle sentir mucho miedo, los miedos de Claribel y Carlitos en las noches oscuras, pero no había pasado  nada. Nada de nada, y por eso mismo Claribel le tenía tanto miedo. No sólo Claribel. La gente le tiene miedo a la gente sin miedo. Él no podía sentir miedo ni nada de eso propio de los niños a su edad y no alcanzaba a sospechar sus beneficios. Sentía vergüenza, pero no miedo, y cuanta más vergüenza, más rabia y menos miedo.

Cuando pasaron al área IV, como era la norma, separaron a los adultos de los niños. Allí José Gabriel se encontró a la niña de la fila. Ella sí era bonita. Sólo le faltaban cuatro alitas para parecerse al hada Campanita de Disney.

Lo miró y se rio exactamente igual, como si él siguiera desnudo delante de ella. A esa edad (por su conocida mala memoria los adultos asocian a la ternura y la inocencia) los niños nunca pierden la oportunidad de ejercitar la crueldad y la mentira. En otro momento de su vida, desplantes como estos no hubiesen tenido ni el más mínimo efecto. Pero por entonces, cuando comenzaba a sangrar por alguna parte, perdía la cabeza.

En un descuido del soldado encargado de acompañar a los niños, José Gabriel se salió por una puerta y llegó hasta una salita oscura donde un guardia escuchaba un partido de fútbol. Pasó por sus espaldas y subió unas escaleras muy empinadas. Subió y subió hasta llegar a una salita desde donde se podía ver toda la prisión y se veía el grupo de prisioneros marchando como hormigas al encuentro de los niños sombras frías borrosas en la neblina esperando obedientes el abrazo apurado de sus padres. No  pudo ver al tío Carlos, pero vio a Campanita, la niña mirona, esperado en la fila de los niños, muy obediente ella, con las manitos juntitas delante y la mirada en el suelo, como avergonzada por algo. Continúa en el libro.

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