Entre La Primavera y el infierno

Entre La Primavera y el infierno

Después del bochornoso espectáculo al que venimos asistiendo desde el lunes y ante la inminencia de la llegada de la Primavera recurrimos a la belleza del admirado Sandro Botticelli, de quien ya nos hemos ocupado, en la búsqueda de un poco de sosiego.

Carlos María Pinasco

Hace exactamente 700 años (el 14 de septiembre de 1321) moría Dante Alighieri. Se lo conmemora como el padre de la lengua italiana y su “Divina Comedia” es reconocida como poema supremo a nivel universal. Fue Botticelli uno de los primeros ilustradores de la obra y sus estampas sobre el Infierno vuelven recurrentes en estos días. No es ocioso recordar que de los nueve círculos del averno dantesco, los más profundos castigan al fraude y la traición.

Olvidemos, no obstante, el oprobio y, como el poeta, emerjamos de la mano de Virgilio para recrearnos en el renacer que el calendario nos trae.

Y nuevamente encontramos a Botticelli (1445-1510), hijo al igual que Dante de una Florencia ya en pleno Renacimiento, finísimo autor del “Alegoría de la Primavera

Alegoría de la Primavera, Botticelli

Comisionada por Lorenzo Pietrofrancesco de Medici, el retratado en la obra que reseñamos un mes atrás, esta obra forma parte de una trilogía gloriosa que se completa con “El nacimiento de Venus” y “Palas y el Centauro” todas ellas, actualmente en la Galleria degli Uffizi de Florencia (Italia). Para ratificar el rol de protector que el Medici tuvo sobre nuestro artista, digamos que fue también él quien le encargó las cien ilustraciones de la Comedia.

Leyenda

Pero, volviendo a la Alegoría de la Primavera, digamos que se trata de un cuadro de gran tamaño (203 x 314 cms.) pintado al temple sobre un tablero de nogal alrededor del año 1480. Sobre el mismo Botticelli aplicó un fondo blanco, de carbonato de calcio, en el que dibujó la compleja composición de la obra. El color es aplicado en capas sucesivas, intercaladas con manos de distintos barnices rematado con finas veladuras.

Evidentemente la obra tiene una fuerte connotación simbólica que durante siglos los historiadores del arte han tratado de interpretar. Giorgio Vasari, en 1551 se ocupó elogiosamente de ella al verla en la Villa del Castello, en las afueras de Florencia.

La obra representa una escena mitológica greco-romana, según la interpretación de la escuela neo-platónica en boga en la época. Esta temática marca una diferencia fundamental con los asuntos pre-renacentistas básicamente cristianos.

La figura central es Venus, la diosa del amor (Afrodita de la mitología griega) que convoca a la fiesta de Flora, según está descripto en los Fastos de Ovidio. En ella, Céfiro, el dios del viento raptado por una ardiente pasión, embate sobre la ninfa Cloris Arrepintiéndose, luego de su acto, el dios convierte a la ninfa en Flora, diosa de las flores.

Botticelli pinta los dos momentos en forma simultánea, haciendo aparecer a la ninfa y a la diosa una junto a la otra, todo esto en la parte derecha del cuadro. A la izquierda están las tres Gracias, diosas del encanto, la belleza y la fertilidad que danzan apuntadas por Cupido que las inspira en el amor.

El dios Mercurio en el extremo izquierdo sería un homenaje al comitente de la obra.

En suma, un edén donde la armonía, la belleza y el amor se suman para conformar una obra maravillosamente apropiada para recibir la primavera y darnos un poco de sosiego.

 

*Carlos María Pinasco es consultor de arte

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