Darío Mastrosimone, tras las huellas de un grande: Georg Miciu

Darío Mastrosimone, tras las huellas de un grande: Georg Miciu

Dos artistas de distintas generaciones apasionados por los mismos paisajes del fin del mundo.

Carlos María Pinasco

Georg Miciu, el Maestro

Cinco años atrás en un viaje a San Martín de los Andes me convertí en un ferviente admirador de Georg Miciu. La visita al magnífico museo que tiene el artista en aquella ciudad sirvió para ratificar en forma absoluta algo que ya intuía: se trata de uno de los grandes maestros figurativos de nuestra pintura contemporánea.

Mago de la espátula que con impronta segura y frescura única captura la belleza que ve con ojos del alma, escribí entonces. Hoy agregaría que la magia de Georg Miciu logra, además, transmitir el movimiento (obsesión de los futuristas) y capturar en el lienzo los efectos fugaces de la luz (norte de los impresionistas): “Un impresionista que despliega el gesto y la materia con la audacia de un informalista” en palabras del crítico Alberto Belucci.

De él solo agregaremos unas pocas obras, por aquello de que más vale una imagen que mil palabras, para pasar al hallazgo de una nueva visita a la encantadora ciudad neuquina.

Dos luces, de Georg Miciu
Guacho ‘e m…, de Georg Miciu
Rinconada Hereford, de Georg Miciu

Su discípulo, Darío Mastrosimone

Desde hace trece años radicado en San Martín de los AndesDarío Mastrosimone (1964) recaló en aquel paraíso en la búsqueda de la paz interior que Buenos Aires -su ciudad natal- y su profesión de Contador Público le negaban.

Poseía ya desde niño el duende de la pintura incorporado, pero por circunstancias imaginables lo tuvo reprimido un largo tiempo. A la par que cursó la facultad primero e hizo una exitosa carrera profesional luego, en sus tiempos libres pintaba y nunca dejó de concurrir a algún taller. En el de Daniel Salaverría adquirió las técnicas y secretos del arte.

Exposiciones periódicas, algunas distinciones y horas sobre el caballete robadas al sueño convivían malamente en aquella época con balances, asesoramientos contables y empeños profesionales.

 También formó una familia con Paula y tres maravillosos hijos. Pero la vida que llevaba no le cerraba.

Fue entonces cuando, en unas vacaciones en el sur dedicadas a la pintura, cambió todo. Después de una jornada entera de pintar en el bosque patagónico, su amigo, maestro y modelo Georg Miciu disparó: “Tenés que quemar las naves”, “Tenés con qué”.

Así lo hizo: en enero de 2008, después de haberse desprendido de lazos materiales -profesionales y patrimoniales- y afectivos de la gran ciudad, Darío Mastrosimone, con el apoyo incondicional de su mujer, que siempre creyó (con un optimismo increíble) en su arte y en la providencia, recaló en San Martín de los Andes para iniciar su aventura de artista.

Miciu guio sus primeros años y lo introdujo en los secretos del óleo modelado con la espátula, en buscar el encuadre y la luz, captar el movimiento y llevarlo a la tela.

Generoso el maestro y aplicado en alumno, el duende afloró. Mastrosimone sondeó temáticas alternativas en la amplia naturaleza que lo rodea. De a poco se fue identificando consigo mismo.

Todo esto me lo contó Darío en una reciente visita a su casa-taller enfrentada a la cadena del Chapelco. La familia hoy tiene un miembro más ya que hace unos años nació su cuarto hijo. Allí viven en armonía con la belleza que los rodea.

Honorarios, balances, reuniones de directorio forman parte de la prehistoria del artista en cuya agenda solo hay alguna muestra futura. Para ella prepara una serie de “tropas y tropillas” maravillosas que adelantamos a todos ustedes.

El vado, de Darío Mastrosimone
Pingos en el agua, de Darío Mastrosimone
Tropa, de Darío Mastrosimone

*Carlos María Pinasco es consultor de arte

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