El Eternauta llegó a Mendoza y no pudo conseguir lo que buscaba
Una radio a onda corta. Lámparas a querosén. Garrafas de gas. Así se defendían del desastre los protagonistas de El Eternauta. En plena nevada mortal, sin electricidad ni servicios, recurrían a lo esencial para resistir. Esa historieta, escrita hace más de medio siglo, hoy parece una radiografía de miles de familias en Mendoza y en todo el país. También en la montaña.
Te puede interesar
La serie argentina que no podés perderte en Netflix
Porque en 2025, mientras el Estado habla de “modernización energética”, miles de mendocinos siguen usando garrafas como única fuente de gas. Y lo más grave: lo hacen sin protección, sin precios cuidados, sin controles. Como en la historieta, cada uno queda librado a su suerte.
En lugares como Uspallata, donde el frío llega antes y se va más tarde, esa garrafa no es una opción: es una trinchera. Pero el precio la convirtió en un artículo de lujo.
La garrafa: cuando el derecho se convierte en emergencia
En teoría, el gas licuado envasado está pensado como una “solución provisoria” para las zonas donde no llega la red de gas natural. En la práctica, se ha convertido en la única opción para millones de argentinos.
En Mendoza, más del 40% de los hogares depende de la garrafa para cocinar, bañarse o calefaccionarse. Pero desde enero de 2025, el Gobierno Nacional desreguló el precio de las garrafas mediante la Resolución 15/2025. La medida eliminó los precios máximos que habían estado vigentes durante años, dejando librado todo al mercado.
El resultado fue inmediato: en solo tres meses, el precio promedio de una garrafa de 10 kg pasó de $8.500 a más de $14.000, y en algunos barrios se paga hasta $16.000. Todo esto mientras el salario mínimo no alcanza ni para cubrir la canasta básica.
El Programa Hogar: sigue, pero ya no alcanza
El Programa Hogar —el subsidio estatal para quienes no tienen gas natural— sigue vigente, pero quedó totalmente desfasado. Sin actualización desde diciembre de 2023, el monto cubre hoy menos del 15% del valor de una garrafa, cuando años atrás llegaba al 80%.
En los papeles, es una ayuda. En la realidad, es apenas un consuelo simbólico. Los requisitos para acceder son estrictos, los pagos llegan tarde, y ni siquiera se fiscaliza si los puntos de venta respetan los valores de referencia.
Un mercado concentrado y sin controles
En Mendoza, el mercado de las garrafas está controlado por pocos jugadores. Las principales distribuidoras concentran no solo el reparto, sino también los puntos de venta habilitados. En muchos barrios y zonas rurales, hay una sola empresa que reparte y pone el precio que quiere. No hay competencia, ni transparencia, ni opciones reales.
Y mientras tanto, el Estado provincial mira para otro lado.
El área de Fiscalización y Control —que debería garantizar el abastecimiento, los precios de referencia y las condiciones mínimas de seguridad— brilla por su ausencia. No hay inspecciones en los barrios. No hay sanciones visibles. No hay defensa concreta del consumidor. Solo excusas burocráticas mientras la garrafa se convierte en un artículo de lujo.
El oligopolio funciona porque nadie lo controla. Y eso no es casualidad: es complicidad por omisión.
La garrafa como herramienta de control político
Mientras el precio se dispara y el Estado se retira del control, aparecen los programas provinciales y municipales como “La garrafa en tu barrio” o “Operativos de gas social”. Pero lejos de ser soluciones estructurales, terminan siendo herramientas de presencia territorial selectiva y de uso político.
Estos operativos suelen llegar de manera esporádica, sin cronograma claro, sin precios realmente subsidiados y —lo más grave— condicionados a la intervención de punteros, cooperativas amigas o referentes barriales vinculados al poder de turno.
Así, la garrafa pasa de ser un derecho básico a convertirse en una moneda de cambio. Un recurso que se reparte como dádiva en lugar de garantizarse como política pública seria, universal y sostenida.
Porque cuando el acceso al gas depende del favor de un municipio o del contacto con un puntero, no hay política social: hay clientelismo energético.
La garrafa no es libertad: es resignación
Mientras nos venden discursos sobre “el libre mercado” y “la eficiencia”, la garrafa se convirtió en un símbolo del abandono estatal. No es una elección: es lo único que queda cuando el Estado se retira, cuando las redes no se expanden, y cuando el control público se borra.
En El Eternauta, las garrafas eran parte de la resistencia en un mundo colapsado. Hoy, en la Argentina real, son el combustible de la injusticia cotidiana.
Porque no se trata de ciencia ficción. Se trata de derechos que se apagan.
