Alegrías y desilusiones, en pleno uso de mis libertades
Tengo hambre, mucha hambre; y tengo también mi libertad para alimentarme, gracias a las bondades del libre mercado. Aunque claro, no tengo un mango, por lo que esos derechos son más bien teóricos; tengo libertad para irme de vacaciones al caribe, o de pagarme un viaje para pasarme unos días en la estación espacial internacional orbitando alrededor de la Tierra, pero en definitiva, como no tengo un peso, me puedo guardar mis libertades en el mismo armario del fondo en donde tengo todas esas cosas que nunca uso. La única libertad que al parecer puedo utilizar por ahora, es la de andar pasando hambre.
Ya llevo casi dos meses desde que me pagaron el último sueldo, y uno más sin pagar los servicios básicos; el corte de la luz y del gas ya me los han notificado, así es que estoy disfrutando de ellos quizá por última vez. Tres años y medio me duró el laburo, bah, el contrato que me hicieron en la ya lejana pandemia. La gente se les enfermaba y hasta algunos directamente volcaban, las vacunas aún eran solo una esperanza lejana, y en aquella oficina pública, sucursal de la principal que funciona en Buenos Aires, necesitaban a “héroes” que siguieran haciendo girar la rueda. Después de la pandemia, los héroes y heroínas pasamos a ser tan solo algunas más de entre varias personas laburantes; en mi caso, como en el de tanta otra gente, no recibimos el trabajo por ser del partido de Gobierno, sino simplemente porque nos necesitaban, y nadie quería agarrar la papa caliente en aquel momento. Lo mío no fue tanto de heroicidad, sino más bien de necesidad, es así; aunque iba todos los días al laburo con mi miedo al contagio a cuestas, eso es innegable, e imposible de olvidar.
Pero esa es ya historia vieja. Sin haber disfrutado nunca de las supuestas virtudes que te da el ser parte de un partido político, quedé con la marca de tener un contrato del Gobierno anterior, con vencimiento anual, y ahora soy una más entre todas esas personas que formamos la banda de nuevos desocupados. Pero libre, eso sí, como la misma mierda; aunque ya no me da ni para el sarcasmo.
¿Por qué tendré que andar pensando tanto? ¿No era más fácil haber nacido como un bichito de esos que andan por ahí? Un día vivís, otro te morís y chau. Bueno ahora que lo pienso, es como nos pasa a los seres humanos, pero sin andarse preocupando en el mientras tanto. No, si al final, el problema va a terminar siendo de mi mente, sería más fácil estar todo el día sin pensar en nada, como vegetando, hasta que la muerte me separe. Si en definitiva, eso de andar sacando conclusiones, interactuando unas personas con otras, socializando, creando gobiernos que nos regulen, nos termina generando más quilombos que soluciones. Aunque sin gobierno capaz que viviríamos la mitad del tiempo, a los cuarenta somos boleta, si es que no nos come alguien más grande mientras aún somos carne tierna, cómo saberlo.
Llega el final de la jornada, y solo me queda el hambre; y las últimas horas antes de que me corten los servicios básicos. Así que, libremente, me voy al cuarto de baño y empiezo a llenar la bañera, que tan poco he usado en estos años por miedo a la factura del gas. Pero hoy, ya nada me importa, todo es pasado, solo pasado. El futuro llegó hace rato, dijo una vez un poeta, y a mí me pasó por arriba sin que me diera ni cuenta.
El agua sube, bastante caliente, por las paredes de la bañera. Me meto mientras aún se sigue llenando y el calor me invita a salir, pero me aguanto. Mientras más temperatura tenga, al parecer, mejor circulará la sangre por mi cuerpo. Cierro los ojos, como si fuera por última vez, mientras relajo, libremente, con pocos dolores que me molesten. El tramontina que aún agarro con la izquierda, es de mis últimas adquisiciones; su filo está casi virgen de bifes, listo para funcionar al momento en que se lo necesite. La noche se me vuelve cada vez más nebulosa, cada vez más difusa, cada vez más…
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
Instagram: @prgmez

