Receta incompleta para sobrevivir a la lluvia cuando viene, si es que viene
-¿En qué pensas cuando escuchas que la lluvia empieza a caer? –preguntó ella a su compañero, románticamente, mientras lo abrazaba. -En que tengo que salir corriendo a guardar la ropa –le respondió el mendocino patalarrastra. Y es que la lluvia, ausente como regla general en nuestra desértica provincia, cuando viene… viene.
Habitualmente acompañando a alguna tormenta, de esas que ya no ocurren solamente en verano, el aguacero es como de ir avisando entre truenos y relámpagos que la tarde puede que quizá se ponga brava; pero como no siempre ocurre, y en más de una ocasión las nubes pasan sobre nuestras cabezas y descargan sus virtudes y defectos en otras tierras, recién cuando las primeras gotas rebotan contra las baldosas de la vereda nos damos por notificados.
Y ahí sí, a correr a guardar la ropa, que se viene con todo. Hay que reconocerlo de una vez: Mendoza no es “Rain friendly”; o para escribirlo en el idioma que trajeron a estas tierras los representantes del imperio anterior al actual, nuestra provincia no acepta amigablemente a la lluvia. Aunque es más correcto afirmar que es a los habitantes de estos lares, por falta de costumbre, a quienes la lluvia termina por generarnos más molestias que alegrías.
-
Te puede interesar
El dolor no traga: cómo atravesar el barro sin quedar atrapado
La gran mayoría de nuestras viviendas tienen al menos un par de goteras, a través de las cuales esa tormenta rara y circunstancial nos recuerda (como ya lo hizo el verano pasado y como muy probablemente nos lo repita el del año que viene) que hay que llamar a alguien que entienda de la cosa, y que se suba al techo y las arregle. Pero como la tormenta llega, usa las goteras de nuestras
casas durante media hora y se va probablemente hasta el año que viene, bueno, nos olvidamos del asunto y volvemos a preocuparnos por cosas realmente importantes, como si el paso a Chile cerró o si el zonda en altura baja o no baja.
Muchos de nosotros tenemos también una puerta o una ventana a la que, apenas empezado el aguacero, debemos socorrer con el toallón más viejo para evitar que el líquido fluya desde sus márgenes hacia el centro de la habitación. Pocos tenemos un paraguas, salvo que circunstancialmente hayamos tenido que viajar a Buenos Aires en estos meses, o que nos dé pena tirar el viejo armatoste que guardamos en el ropero de la piecita del fondo; ese recuerdo de la abuela que tiene, además de dos varillas rotas, una punta en su extremo superior que la misma Nona advertía que podía atraer a los rayos.
Las instalaciones eléctricas y telefónicas menducas tampoco son muy propensas a resistir los embates de los fenómenos atmosféricos. Cuando las tormentas arrecian, los disyuntores nos dejan sin luz al son de los truenos, internet se corta, y hasta el viejo teléfono fijo deja de sonar, evitándonos contestar esa encuesta automática que insiste en saber a qué candidato a presidente votaríamos si las elecciones fueran este mismísimo domingo.
Nadie tiene en Mendoza, salvo que sea una persona que viaje empedernidamente, ropa impermeable. Y es que, a falta de lluvia, no se venden en los locales comerciales de la provincia camperas que realmente paren el agua. Y si alguien cree que sí tiene una chaqueta comprada por estos lares y que es realmente impermeable, lo reto a que salga cuando el chaparrón está en su mejor momento, y le aseguro, no con poca tristeza, que ese elemento que usted creía a prueba de agua, pesa mucho más que hace tan solo media hora atrás: sáqueselo urgente, que el líquido sigue fluyendo telas adentro, y su piel no está preparada para esas lides.
Pero en nuestra provincia tenemos solucionado el problema con un método ancestral difícil de superar: cada vez que llueve, las reuniones prepactadas se suspenden, y no es necesario avisar que uno no va a asistir a la misma. Nos comportamos todos como dueños de autos descapotables, y nos quedamos en nuestros hogares entrando la ropa, tapando rendijas con toallones y poniendo la cacerola debajo de la gotera. Total, siempre que llovió, paró.
