Aparentar para que no se note

Aparentar para que no se note

Desde que tenemos memoria aprendemos a escondernos cuando no encajamos en los parámetros externos y, en ese acto, nos perdemos a nosotros mientras el disfrute y los momentos importantes se postergan de manera infinita.

Diana Chiani

Diana Chiani

Desde hace unas semanas, un colectivo de mujeres realiza una campaña en redes sociales que tiene que ver con mostrar o soltar la panza con el fin de visibilizar el mandato sobre los cuerpos perfectos que no solo han influido en la posibilidad de aceptación y disfrute personal sino también en postergaciones infinitas de celebraciones hasta lograr “la figura adecuada”. Algo que nunca llega porque lo que no se alcanza es la propia aprobación.

Hemos dejado –en especial las mujeres- que el imperativo de la delgadez minimice momentos o espacios que de verdad son importantes y, en lugar de disfrutar del casamiento de un ser querido, nos pasamos la noche a escondidas de las fotos y sin probar bocado para que “nada salga de su lugar”. Incluso, hay quienes han preferido excusas para el faltazo por no sentirse cómodos con su cuerpo.

Y esto no tiene que ver con darnos –en la medida de nuestras posibilidades- alimentos que nos hagan bien sino con la manera en que nos miramos, en cómo podemos destruirnos sin piedad de pie frente al espejo y en cómo nos privamos de compartir o disfrutar con la idea de que “todo el mundo” mirará lo que en teoría nos sobra.

Y eso se extiende, entre otras, a arrugas, narices, orejas y –en el top ten- la edad. “Ser grande” es prácticamente un insulto en más de un círculo y ni hablar del modo en que parte de la sociedad destrata –tal vez porque cree que la vejez es un mito- a las personas mayores.

La campaña de “mujeres que no fueron tapa” y la infinidad de testimonios del modo en que pretendemos esconder cualquier rasgo que se escape del ideal de belleza, provocó diversas e interesantes reflexiones y una me hizo especial sentido ya que, de tan obvia, es fácil pasarla por alto.

Se trata de la manera en que, desde que tenemos memoria, aprendemos a disimular o intentar esconder cualquier cosa que salga del parámetro estipulado desde afuera.

Que no se note que estamos tristes, que de repente la vida nos dio una vuelta entera, que engordamos unos kilos, que recién parimos y estamos agotadas, que tenemos esta edad, que nos gustaría estar solos, que estamos solos, que no tenemos pareja, que estamos mal con ella, que nuestra situación económica pende de un hilo; entre infinitas situaciones posibles.

No tiene que ver con vociferar a los cuatro vientos nuestras penas ni quejarnos todo el tiempo por lo que no somos o no tenemos sino con dejar de hacer el esfuerzo de “meter la panza”, sonreír si queremos llorar o endeudarnos por mil años para no desentonar. Es que una cosa es nuestra intimidad y otra es preguntarnos hasta qué punto nos esforzamos por parecer lo que no somos, pensamos o vibramos.

Porque mientras “parecemos” también tensamos una cuerda que corre el riesgo de cortarse en cualquier momento, con todo lo que ello implica. ¿Qué tipo de vínculos construimos? ¿Para qué quedarnos en donde no está permitido soltar la panza, las penas o lo que sea?

Porque, por más que escondamos, simulemos, actuemos, nos maquillemos, nos hagamos cirugías y mintamos sobre nuestra edad –aunque todo eso está genial si nos hace sentir bien- no podremos controlar lo que otros piensen u opinen de nosotros. En todo caso, eso hablará más del otro y no tenemos injerencia allí.

Sin embargo, y para ser justos, también es bueno comenzar a observar cómo actuamos nosotros frente a lo que se sale de nuestro molde. Si les decimos a los hijos que sean ellos mismos, pero nos aterramos cuando lo hacen y qué pensamos (o expresamos ante otros) de alguien que tiene otro ritmo, respuestas distintas, valores diferentes, relatos disímiles.

Es que para empezar a dejar de aparentar, un primer paso es darnos cuenta del desprecio con que a veces nos dirigimos la palabra. Otro, tal vez sea pensar que no somos los únicos en esta situación. No se trata de “consuelo de tontos” sino de no poder compartir para alivianar la carga así como de no sentirnos, como a veces lo hacemos, el único bicho raro de todo planeta o la humanidad.

Un tercer punto tiene que ver con ser honestos. Porque si pretendemos ser aceptados como somos, es clave empezar por aceptar a quien está al lado, que no implica estar de acuerdo sino saberlo diferente.

Aunque estemos lejos de la vida resuelta, se trata de estar en paz con nosotros sin mirar para afuera para poder construir espacios más sanos y libres, en los que esté permitido ser más que parecer.

 

Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional 

@milyunrelatos www.milyunrelatos.com

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?