“¡Hola, chiques!”: datos sobre uso del lenguaje inclusivo en la Argentina

“¡Hola, chiques!”: datos sobre uso del lenguaje inclusivo en la Argentina

Las actitudes hacia el lenguaje inclusivo dependen de la combinación entre ideologías lingüísticas  e ideas sobre el género. Son más las personas que aceptan el uso del lenguaje inclusivo en otras personas, que las que están dispuestas a usarlo ellas mismas.

Juan Eduardo Bonnin

OK: el lenguaje excluye. Cuando digo “nosotros” excluyo a “ellos”; cuando digo “ellos”, excluyo a “ellas”; cuando digo “elles”, excluyo a quienes les agarra alergia cada vez que se enfrentan al “lenguaje inclusivo”. 

¿A qué llamamos “lenguaje inclusivo” (LI)? Al uso de ciertas palabras que designan personas o grupos de personas en las que, en vez de utilizar el género gramatical masculino (“chicos”) o femenino (“chicas”), evitamos la marca de género, generalmente mediante el sufijo “-e” (“chiques”). Es un fenómeno que ocurre en todo el mundo, en muchísimas lenguas.

¿Por qué se dice que es “inclusivo”? Al evitar el masculino genérico -es decir, el género gramatical masculino para hablar de grupos de personas, sin importar su sexo o género social, extendido en el uso, y defendido por instituciones como la Real Academia Española -, nos permite hablar de personas que no son solamente varones (cuando digo “alumnos” en un acto escolar). Además, al evitar el género binario, incluyo a aquellas personas que no se consideran varones ni mujeres (que quedarían afuera si dijera “alumnos y alumnas”). Al decir “alumnes” no estoy dejando a nadie afuera. Claro que esto nunca es tan así: algunos grupos feministas anti transgénero se niegan a usar la “-e” porque argumentan que invisibilizan a las mujeres. Del otro lado, la Real Academia Española defiende el masculino a ultranza, en frases como “Su último hijo es una niña” o “Ana ha sido alumno mío”. En resumen: la gramática también es terreno político, y las luchas sociales se traducen, con frecuencia, en luchas gramaticales.

¿Por qué despierta tanto rechazo el lenguaje inclusivo? Podemos caracterizar las actitudes hacia él según 2 variables: las ideologías lingüísticas (en este caso, si una persona es más o menos abierta al cambio y la innovación lingüística) y las ideas sobre el género (básicamente, si identifica género con sexo, reconociendo varones y mujeres, o no, adoptando una mirada no binaria sobre el género). Combinadas, nos dan esta tipología:

La clave está en los matices: aceptabilidad y usabilidad. Como se puede ver en este modelo, de las 4 combinaciones posibles, sólo una se identifica plenamente con el lenguaje inclusivo entendido en estos términos. Obviamente, esto es un modelo típico ideal; en la realidad de las actitudes subjetivas, la situación es más compleja, y a menudo presenta múltiples matices.

Para entender un poco mejor esto de las actitudes hacia el lenguaje inclusivo, hice una encuesta que recibió 4205 respuestas en Twitter. Sí, es un montón; igual no es una muestra representativa de la población argentina, así que no podemos generalizar demasiado. Lo que sí podemos hacer es ver cómo se relacionan estas actitudes entre sí; por ejemplo: las personas que “aceptan” que les digan “chiques”, ¿están dispuestas a decirlo? ¿Puedo usar una expresión que me suena rara en otra persona?

Para responder estas preguntas, la encuesta se propuso varias hipótesis. Acá voy a presentar 2 de ellas:

La actitud hacia el LI es compleja: que yo acepte su uso en otras personas no significa que lo vaya a usar.

El LI es más aceptable, y las personas están más dispuestas a usarlo, en posición de vocativo, es decir, para interpelar a sus oyentes (generalmente al comienzo de la frase, como cuando decimos “¡Che, me alcanzás la sal!”).

Para poner a prueba estas hipótesis, hice un listado de frases que reflejan parcialmente la tipología que vimos más arriba (dejando fuera el caso b). 

Para evaluar la hipótesis (2), hice 2 series de mensajes de voz como si hubieran sido recibidos por Whatsapp, ocupando la posición de vocativo y no vocativo:

  • 1) Hey, chiques, ¿quieren venir al cine esta noche?
  • 2) Hey, chicos, ¿quieren venir al cine esta noche?
  • 3) Hey, chicos y chicas, ¿quieren venir al cine esta noche?
  • 4) Les dije a todes mis amigues que vinieran al cine.
  • 5) Les dije a todos mis amigos que vinieran al cine.
  • 6) Les dije a todos mis amigos y mis amigas que vinieran al cine.

Para evaluar la hipótesis (1), cada persona debía indicar si la frase le parecía aceptable, rara o inaceptable y, además, si la usaría o no la usaría.

¿Y entonces? Algunos resultados

Los datos generales (es decir, sin distinguir por género, lugar de residencia, edad, etc.) indican las siguientes actitudes para la opción no binaria, es decir, para “chiques”. 

En posición de vocativo, al comienzo de la frase, el 74% de las personas encuestadas lo encuentra aceptable, al 18% le suena “raro” y el 8,3% lo considera inaceptable. Esto indica que una gran cantidad de las personas que respondieron la encuesta acepta el uso del lenguaje inclusivo en distintas posiciones. En la hipótesis 2 decíamos que “chiques” es más aceptable en la posición de vocativo que en medio de la frase, y esta diferencia se verifica por 10 puntos: 74% en la posición de vocativo, y 64,7% en la posición no vocativa. En esta posición, aumentan las personas a quienes les suena raro (24,7%) y las que lo consideran inaceptable (10,6%). 

Ahora bien, en la hipótesis 1 propusimos que aceptar su uso en otras personas no es lo mismo que decidirse a usar esa forma. Por eso es que, aunque el 59,5% lo usaría en posición de vocativo, sólo el 49,1% haría lo mismo en posición no vocativa. En ambos casos verificamos una diferencia de casi 15 puntos menos con respecto a la aceptación. 

¿Qué significa esto? Que hay una actitud que podríamos llamar “tolerante” hacia el lenguaje no binario: todo bien con que lo uses, pero yo no estoy tan dispuesto a adoptarlo. Y menos aún en medio de una frase. Al contrario: en la posición no vocativa, crece el rechazo (no aceptación), del 8,3% al 20,3%.

Uno de los temores que despierta el uso del LI entre quienes lo rechazan es que va a “deformar” el idioma, es decir, que quienes lo usan van a abandonar las formas habituales de indicar género gramatical. También ese “miedo” es injustificado, porque las actitudes hacia el uso del masculino genérico muestran que está vivito y coleando:

Como vemos en esta tabla, la opción del masculino genérico, “chicos”, es la que más se acepta, tanto en posición de vocativo (el 81,1% la encuentra aceptable, contra un 11,7% al que le suena raro, y un 7,2% que la considera inaceptable) como en posición de no vocativo (en la que el 81,2% lo encuentra aceptable, el el 11,5% lo encuentra raro y el 7,3% lo encuentra inaceptable). En este caso, no cambia la actitud hacia “chicos” genérico si se usa en posición de vocativo o no. 

En una medida un poco menor, pero con una diferencia poco significativa, “chicos” es también la forma que más se usaría: 77,4% como vocativo y 77,7% como no vocativo. Quienes no lo usarían también mantienen una actitud parecida en ambas posiciones: tiene un 22,6% de rechazo como vocativo y un 22,3% en posición de no vocativo.

Vale la pena destacar que, a diferencia de la opción no binaria, en el caso del masculino genérico no se registra una diferencia de actitud según su posición (vocativo o no vocativo); es decir, tiene el mismo nivel de aceptación o de rechazo, y de uso o no uso en ambas posiciones. 

Es bastante lógico: al ser la opción “no marcada”, es decir, la que incorporamos al aprender la lengua, nos suena igual de bien en cualquier posición. La opción no binaria, en cambio, nos suena mejor donde la usamos de modo más estratégico: al inicio, como vocativo.

¿Qué pasa con la opción más inclusiva pero binaria, con quienes dicen “chicos y chicas”?

Esta opción, “chicos y chicas”, no es tan conservadora como el masculino genérico, pero tampoco es innovadora en términos lingüísticos o de género. A diferencia de las opciones anteriores, su uso suena bastante raro: aunque un 66,1% lo encontró aceptable como vocativo, al 32,2% le resultó raro y casi nadie (1,6%) no encontró inaceptable. En posición no vocativa, en cambio, resultó más aceptado (72,9%), menos raro (25,5%) e igual de inaceptable (1,6%). Está claro que en medio de la frase suena mejor que al comienzo.

En cuanto al uso, también son más las personas que están dispuestas a decir “chicos y chicas” en posición no vocativa (61,4%) que vocativa (54,9%). Es muy alta, sin embargo, la cantidad de personas que no lo dirían: el 45,1% en posición de vocativo y el 38,6% en posición de no vocativo.

A semejanza de la opción no binaria, “chiques”, en este caso hay más personas que están dispuestas a aceptar que digamos “chicos y chicas” que a decirlo. El motivo, sin embargo, seguramente sea el inverso: lo aceptamos porque sabemos que es “correcto”, pero suena tan feo que no queremos decirlo. ¿No están de acuerdo, lectores y lectoras?

Algunas conclusiones

Las dos hipótesis planteadas parecen probadas por los datos presentados.

En efecto: la diferencia entre aceptar y usar se observa en la evaluación de las 3 formas (no binaria, masculina y binaria) en las 2 posiciones (vocativa y no vocativa). En ese sentido, claramente la forma innovadora (no binaria) es más aceptada que usada. Lo opuesto sucede con el masculino genérico: aunque me resulte menos aceptable (en niveles muy bajos), igual estoy dispuesto a usarlo. Esa es la fuerza de la norma lingüística que se le impone al individuo. 

Vale la pena destacar que la posición no vocativa es la que menos acepta la innovación; al contrario, ese lugar al comienzo de la frase es donde mejor se instala la opción no binaria, el “chiques”. ¿Por qué? Bueno, creo que porque el vocativo nos sirve para proponer una identidad y definirnos mutuamente, la persona que habla y su oyente: si digo “usted”, establezco una relación formal; si te digo “che”, propongo un vínculo más cercano. Decir “chiques” nos lleva más esfuerzo cognitivo, porque es la opción nueva; pero al usarla, estamos creando un vínculo en común, nos estamos reconociendo como personas que compartimos una concepción no binaria del género, aún cuando nos cueste -o no queramos, o no nos guste- usarlo de manera extendida en nuestra habla.

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