Graciela Maturo, una defensora del humanismo latinoamericano

Graciela Maturo, una defensora del humanismo latinoamericano

Una de las intelectuales más destacadas de la Argentina defiende en su último ensayo ‘La identidad latinoamericana. Problemas y destino de una comunidad’ (Ediciones Culturales Mendoza) la legitimidad del humanismo y el mestizaje como fuentes fundamentales de la unidad cultural regional.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

Siendo una de las intelectuales más destacadas de la Argentina, Graciela Maturo defiende en su último ensayo ‘La identidad latinoamericana. Problemas y destino de una comunidad’ (Ediciones Culturales Mendoza) la legitimidad del humanismo y el mestizaje como fuentes fundamentales de la unidad cultural de la región, frente a las amenazas de crisis y fragmentación que azota a la comunidad global y que se han potenciado con la pandemia de coronavirus.

En esta obra originalmente concebida en 1997 pero que en su presente edición demuestra su absoluta vigencia temporal, Maturo coloca la literatura como espacio de expresión de la identidad de América Latina, desde las primeras crónicas redactadas en los años de la Conquista española hasta los movimientos americanistas contemporáneos del siglo XX, desde los viajes de Cristóbal Colón hasta los textos de Alejo Carpentier, Alfonso Reyes y Jorge Sánchez Aguilar

Al mismo tiempo, la autora no abandona sus reflexiones filosóficas, políticas y religiosas, en las que valoriza la fenomenología filosófica, la hermenéutica y la teología judeocristiana como campos para la concepción de elementos significativos en aquellos pensamientos de carácter regional como la transmodernidad y la eutopia.

Humberto Podetti lo expresa cabalmente en su prólogo: “En medio de graves desencuentros universales, su voz inconfundible afirma el diálogo y el encuentro, elude la fragmentación y el fundamentalismo y describe nuestra cultura tal como es, formidable unidad que alberga muchas diversidades”.

Para Maturo, la riqueza y singularidad cultural de América Latina destella en la mitología y simbología de sus pueblos, en el proceso de mestizaje de distintas etnias y en ese humanismo teándrico (en palabras de Podetti) que vincula la fe y la razón. “Está la riqueza de nuestra cultura, las provincias y la gente no alienada con los aparatos. Practicar el ‘pensamiento de la complejidad’ es oportuno”, manifiesta en una entrevista con MDZ.

- En su ensayo menciona al humanismo como rasgo distintivo de la identidad cultural latinoamericana. ¿Cómo se expresa hoy este concepto frente a las turbulencias causadas por la fragmentación cultural, el hiperindividualismo y los fundamentalismos sociales, políticos y religiosos?

- No se trata de una ocurrencia personal, sino que lo muestra la cultura popular, con sus peregrinaciones, santuarios, creencias sincréticas y poco formalistas: por otro lado lo constatan los antropólogos, filósofos y escritores de América Latina. Se ha dicho que nuestros grandes escritores son nuestros grandes filósofos. Por otra parte lo confirma la Historia, al mostrarnos la concreta integración de la base indígena –con culturas milenarias, algunas extinguidas antes de la llegada del invasor ibérico–  y la áspera pero efectiva mestización que fue prevaleciendo.

- Hay una estrecha relación entre el humanismo cultivado en Europa en las postrimerías del Renacimiento, con la mitología judeocristiana y la idea de ‘utopía’ representada por Tomás Moro ¿Qué tan compatibles son con el concepto de transmodernidad que usted aplica para América Latina?

- Por mi parte considero que América Latina siempre fue, algo o mucho, anacrónica con relación a la Modernidad. Por eso empecé a usar la categoría de Transmodernidad, pero la uso en un sentido amalgamante de Oriente y Occidente. En efecto, la Historia de Occidente muestra un trazado de asombrosa coherencia, que Leopoldo Marechal explicaba así: ‘El libreto no lo escribimos nosotros’. Esto no niega la libertad del hombre, sino lo enmarca en un sentido que sobrepasa su racionalidad. 

Seamos creyentes o no, nos sorprende hallar en la cultura griega y en el profetismo judío la idea de un “Más allá” de la ecumene antigua, un “lugar”  donde realizar lo que por mi parte llamo eutopia, el buen lugar. Tomás Moro, un mártir del Cristianismo que tanto influyó en el desarrollo de la Nueva España (México) lo llamó Utopia, el No-Lugar, pero basta leerlo para comprobar que habla de las costas americanas exploradas por un marinero que viajaba con el florentino Américo Vespucio, de quien se ha tomado el nombre para el continente.

- Cuándo explica que “la complejidad del proceso histórico cultural latinoamericano, su riqueza, surge justamente de la condición mestiza”, refiere a la conjunción de las culturas aborigen e hispana surgida después de la Conquista. ¿Qué otros aportes enriquecieron ese mestizaje?

- Siempre hubo mentalidades, y aun pueblos enteros que son refractarios a la mestización, proceso fecundo que se dio especialmente en Grecia y en los pueblos latinos de Europa, antes de verificarse en el centro y Sur de América Latina, donde la base indo-ibérica integró el aporte del África y de otros pueblos. Por cierto que la humanidad debe sentir vergüenza por el modo como fueron traídos los africanos en barcos donde muchos morían, para utilizarlos como mano de obra agrícola en sustitución del indígena. La población negra se extendió de Norte a Sur de América, y aportó la música, los bailes, las comidas y muchos otros elementos que forman parte de la identidad criolla americana.

- ¿Qué papel juegan las peculiaridades nacionales en la singularidad cultural de América Latina?

- Hablar de identidad no significa referirse a una cartilla rígida ni a un modelo sin matices nacionales y regionales. Sería necio afirmar la uniformidad –que no existe tampoco al interior de cada nación– pero nos reconocemos como hermanos por la lengua predominante que hablamos, que es justamente la de los pueblos invasores, colonizadores, que se fueron diferenciando de su origen. Ya en la América indiana, o sea colonial, se distinguía muy bien el “indiano”, fuera o no mestizo, del español a quien llamaron “gachupín”. Los trabajos del Padre Furlong, Enrique de Gandía, Roberto Levillier o de folklorólogos como el mendocino Juan Draghi Lucero, por dar algunos nombres, nos ilustran sobre el tiempo indiano de la Argentina, que las jóvenes generaciones desconocen. 

Nos ha invadido una cultura mediática, superficial, una globalización que no es realmente universal, pero eso no es todo. Está la riqueza de nuestra cultura, las provincias –anteriores a la nación– y la gente no alienada con los aparatos (que son muy útiles). Practicar el “pensamiento de la complejidad” es oportuno.

- La literatura juega un rol preponderante en el proceso histórico latinoamericano, con el rescate del mito y el simbolismo en la cultura regional. ¿En qué medida persiste este perfil revalorizador y pensante en estos momentos donde el pragmatismo y racionalismo influyen en las letras universales?

- Ciertamente vivimos una profunda crisis mundial, el término de una gran etapa histórica, que nos desafía. Pero los hombres siempre apuestan a la continuidad de la vida y el proyectar que son propios de la humanidad. Algunos hombres de ciencia hablan de que estamos rozando el final de la especie, a tal punto ha llegado el daño al planeta y al hombre mismo, pero hay también muchos datos en sentido contrario. Los grandes escritores del siglo XX se han convertido en nuestros clásicos: releer a Alejo Carpentier, por ejemplo, es frecuentar un pensamiento auroral que es uno de los rasgos de nuestra identidad.

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