Mujeres pobres, viejas y dementes: la epidemia silenciada

Mujeres pobres, viejas y dementes: la epidemia silenciada

Mujer, vieja, pobre y demente, historia triste que se repite más de lo que creemos. Atributos que irrumpen y toman cuerpo en una realidad que nos incomoda.

Cecilia Ortiz

Carmen vino a verme acompañada por Alejandra, trabajadora social del área del programa provincial Mayor Respiro, destinado a la asistencia de familiares que cuidan a pacientes con demencia.

Bajita, con ojitos de cansada picardía y voz de aturdida soledad, dijo que ya estaba perdida. Alejandra me contó que Carmen se presentó diciendo que vivía sola y que tenía miedo, porque se daba cuenta que hacía cosas sin sentido.

Detrás de algún hueco, de esos que se asoman en punta de pie cuando la demencia duerme, se coló una gotita de lucidez que le señaló a Carmen que dejar el gas abierto, perder dinero y no encontrar su casa cuando salía, no estaba bueno.

Los estudios arrojaron que Carmen tiene enfermedad de Alzheimer en grado moderado. Vive sola, en condiciones de suma pobreza y está en situación de vulnerabilidad.

Si bien el Alzheimer no tiene cura, detectado en etapas iniciales, puede instaurarse una terapéutica que apunte a retrasar la evolución, garantizando que el paciente sea autónomo el mayor tiempo posible. Si la familia está atenta y tienen recursos económicos o una buena obra social, esto ocurre.

El problema se presenta cuando la pobreza mete la cola. Y, entonces, no hay obra social o la que hay da turnos muy alejados, hay familiares desatentos porque están poco o porque no hay información sobre qué síntomas requieren consulta. Además, se sabe que la educación es un factor protector, y en contextos de pobreza, con bajos índices de escolaridad, el avance de la demencia es más rápido aún.

Los datos demográficos dicen que la prevalencia de la demencia ha crecido, porque ha aumentado la expectativa de vida. Uno de los factores de riesgo es la edad (a mayor edad, mayor probabilidad de tener demencia) y es más frecuente en mujeres. Esto es porque vivimos más que los hombres y porque somos más.

Según informes sobre la población de Mendoza, en nuestra provincia viven 178.378 personas mayores de 65 años, de las cuales 103.442 son mujeres y 74.936 son varones. La esperanza de vida es de 78 años para los varones y de 82 para las mujeres. De todas esas personas adultas mayores, aproximadamente un 16% necesita de otra persona activa (familiar) para sobrevivir.

De acuerdo a un informe realizado en 20171, el 2,2 % de la población mayor de 65 años no tiene obra social. Y el 1,7 se ubica dentro de la línea de pobreza.

Justo el domingo fue el día de la mujer, y en medio de los saludos pertinentes, me puse a pensar en que ser mujer, pobre, vivir sola y con demencia es un combo desgraciado, doloroso, amargo.

Punto uno, no hay un programa que apunte al diagnóstico precoz de demencia en los centros de salud. Ni hablemos de zonas rurales.

Punto dos, no hay campañas educativas que apunten a concientizar, sobre todo en zonas urbano marginales, sobre qué es una demencia, cuáles son sus síntomas y a dónde recurrir.

Punto tres, cuando hacemos marchas por los derechos de la mujer, ¿pensamos en las viejitas? ¿Incluimos en el reclamo a las ancianas abandonadas, solas, locas, demenciadas? Quizás peco de ignorante y sea así. Ojalá.

Porque en Carmen condensé e imaginé un montón de mujeres que no pudieron pedir ayuda y que permanecen ahí, quietas, sumergiéndose en su olvido y en el olvido de una sociedad que no está preparada para una epidemia triste y de la que nadie habla: la de ser mujer, pobre y tener demencia.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com

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